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Planificar para prevenir: el imperativo de la resiliencia en nuestras ciudades

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Por: Alberto Texidó Zlatar


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Señor director: 

Los recientes eventos climáticos que han afectado al norte de Chile vuelven a recordarnos una realidad que ya no es excepcional. Lluvias intensas en territorios desérticos, activación de quebradas, remociones en masa, inundaciones, marejadas y olas de calor forman parte de escenarios que el cambio climático está haciendo más frecuentes y difíciles de predecir.

Chile aprendió durante décadas a construir frente a los terremotos. Normas, ingeniería, arquitectura y una cultura de prevención nos permitieron transformar una amenaza permanente en una capacidad reconocida internacionalmente. Hoy necesitamos desarrollar esa misma cultura frente a los riesgos climáticos.

La primera lección es económica y social: prevenir es considerablemente más eficiente que reconstruir. Diversos estudios internacionales estiman que cada dólar invertido anticipadamente en resiliencia puede ahorrar varias veces ese monto en pérdidas, reconstrucción y recuperación posterior. Pero el beneficio más importante es proteger vidas, comunidades, actividades productivas y la continuidad de los servicios esenciales.

Por ello, obras como piscinas aluvionales, defensas fluviales, canalizaciones, sistemas de alerta temprana y obras de drenaje no pueden entenderse como inversiones aisladas que se activan únicamente durante una emergencia. Deben formar parte de una planificación territorial permanente, capaz de anticipar escenarios futuros y actualizar infraestructuras diseñadas para condiciones climáticas que están cambiando.

Aquí el diseño y la relocalización gradual adquieren un papel fundamental. La infraestructura resiliente del Siglo XXI deberá ser también adaptativa y multipropósito. Una calle puede conducir aguas durante una lluvia extrema y funcionar normalmente el resto del año; un parque puede transformarse temporalmente en área de inundación controlada; una quebrada puede combinar seguridad hidráulica, paisaje y espacio público. La infraestructura verde y azul y las “Soluciones basadas en la Naturaleza” permiten precisamente comprender la estacionalidad, trabajar con ella y no solamente contra ella.

Esa capacidad de resolver más de un problema con una misma inversión debe extenderse a nuestra infraestructura. Frentes marítimos que compatibilicen protección costera, actividad portuaria y espacio público; soterramientos de autopistas o ferrovías que recuperen continuidad urbana; proyectos hídricos que incorporen energía, paisaje y nuevos usos territoriales. Innovar significa también multiplicar los beneficios de cada proyecto.

El país requiere aumentar sostenidamente su inversión en infraestructura, pero también mejorar la forma en que la concebimos. La resiliencia no consiste únicamente en resistir un evento y reconstruir después. Consiste en anticiparlo, adaptarnos y diseñar territorios capaces de seguir funcionando bajo nuevas condiciones.

El cambio climático nos obliga a invertir más, pero sobre todo a planificar antes y diseñar mejor. Esa, probablemente, será una de las inversiones públicas más rentables que podamos hacer para las próximas generaciones.

Alberto Texidó Zlatar

Arquitecto urbanista, académico Universidad de Chile y consejero del Consejo de Políticas de Infraestructura (CPI)

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