Cuando la ciencia empieza a tener fronteras
Señor director:
Hace pocas semanas, el Pentágono pidió a 30 universidades estadounidenses, incluyendo Harvard, MIT y Johns Hopkins, que revisaran sus lazos académicos con instituciones extranjeras consideradas riesgosas para la seguridad nacional. Las universidades tienen hasta fin de mes para identificar colaboraciones que puedan implicar transferencia indebida de tecnología o propiedad intelectual y, si corresponde, ponerles fin. Si no lo hacen, podrían perder financiamiento federal.
La investigación científica genera conocimiento que puede tener valor económico, estratégico y militar. Algunas tecnologías pueden usarse tanto para fines civiles como militares. Hay países que han creado políticas claras para acceder al conocimiento, talento y tecnologías desarrolladas en otros lugares, lo que puede ser un riesgo. Sin embargo, lo importante es encontrar un equilibrio entre aislar la ciencia y protegerla.
Durante décadas, el progreso científico ha dependido en gran parte de que investigadores de diferentes países trabajen juntos. Las universidades más destacadas crearon redes internacionales, compartieron datos, intercambiaron investigadores y formaron estudiantes de todo el mundo. Muchos de los grandes avances científicos actuales son resultado de ese intercambio de personas y conocimientos.
Por eso preocupa que la respuesta a los riesgos de seguridad sea avanzar hacia una especie de separación científica. Este dilema es especialmente relevante porque Estados Unidos enfrenta este debate justo cuando China se ha convertido en un competidor científico y tecnológico de primer nivel. La reacción de Estados Unidos no viene de un lugar de monopolio del conocimiento. China ya es una potencia científica y tecnológica, y varios indicadores muestran su gran crecimiento en investigación y desarrollo.
Así, si Estados Unidos limita demasiado sus lazos científicos con China para evitar que su conocimiento llegue a su competidor, también podría estar dificultando que sus propios investigadores accedan al conocimiento que se produce en China.
Chile es un país pequeño en ciencia, pero está muy conectado con el mundo. Nuestra capacidad para investigar en áreas como inteligencia artificial, cambio climático, astronomía, minería, biotecnología o salud depende mucho de nuestra conexión con investigadores, universidades, empresas e infraestructuras científicas internacionales.
Por eso, Chile debe observar con atención esta nueva geopolítica del conocimiento. Debemos proteger nuestra investigación, nuestros datos y nuestra propiedad intelectual, pero también mantener nuestras redes internacionales. En ciencia, aislarse puede ayudar a proteger el conocimiento, pero también puede impedirnos acceder al generado por otros.
A veces, las fronteras son necesarias para proteger la ciencia, pero no podemos dejar que terminen alejándonos de ella.