Las artes importan
Señor director:
Nuevamente, en la discusión sobre el financiamiento de la investigación en Chile se instala una pregunta que creíamos superada: qué conocimientos consideramos necesarios para una sociedad.
Las bases del concurso Fondecyt de Postdoctorado 2027 establecen diez áreas prioritarias a las que podrá destinarse hasta un 70% de las adjudicaciones. Artes y Humanidades no aparecen entre ellas como áreas prioritarias de manera autónoma. A ello se suma la discusión en torno a los recientes cambios en los instrumentos de financiamiento público para la cultura. No se trata de medidas aisladas. En conjunto, dibujan un escenario que debería preocuparnos más allá de quienes trabajamos directamente en estos campos.
La discusión se vuelve aún más significativa cuando, desde la propia autoridad, se cuestiona el financiamiento de investigaciones, porque pueden terminar en “un libro precioso” sin traducirse inmediatamente en empleos. El problema de esa afirmación está en la concepción de un tipo de conocimiento en donde se valida solo aquel que renta a corto plazo.
Estas medidas se justifican como decisiones presupuestarias, pero son también síntomas de una forma de gobernanza que parece asumir de antemano qué conocimientos son necesarios, para quiénes y bajo qué criterios deben producirse. En ese desplazamiento, las artes, las humanidades y la cultura dejan de ser comprendidas como formas de conocimiento y derechos culturales, para convertirse en ámbitos cuya existencia debe justificarse permanentemente en términos de utilidad.
Con esto no queremos negar la relevancia de establecer prioridades en un país con financiamiento limitado. Tampoco discutir la importancia de invertir en biomedicina, inteligencia artificial, cambio climático, minería, seguridad o tecnologías de frontera. Son desafíos fundamentales para el país. Pero nos interesa reflexionar sobre qué ocurre cuando comenzamos a jerarquizar las formas de conocimiento y decidimos que algunas son estratégicas, mientras que otras pueden esperar.
Comenzamos la carta con un nuevamente, porque pareciera que cada cierto tiempo las artes parecen obligadas a explicar por qué existen. Quizás llevamos demasiado tiempo explicando lo mismo.
Las artes existen, y un sistema cultural robusto comprende su relevancia. Su importancia radica en que hacen otras cosas. Una práctica artística conecta lo improbable, puede trabajar durante años alrededor de una imagen, un archivo, un cuerpo, un territorio o una memoria. Se detiene allí donde otras formas de conocimiento necesitan avanzar. Puede formular una pregunta para la que todavía no tenemos palabras.
Las artes permiten detener aquello que la velocidad cotidiana vuelve invisible. Hacen aparecer cuerpos que una sociedad no quiere mirar, memorias que incomodan, territorios que han quedado fuera de los mapas, violencias que aprendimos a considerar normales, pero también deseos, afectos y formas de vida que todavía no sabemos nombrar.
Su valor, por eso, no puede reducirse exclusivamente al objeto producido ni al número de personas que asistieron a una exposición, entraron a una sala de cine, presenciaron una obra, escucharon un concierto o leyeron un libro. Una parte fundamental de ese valor está en los procesos.
Investigar un archivo y encontrar en sus vacíos una pregunta. Trabajar durante meses con una comunidad y modificar, a partir de ese encuentro, la pregunta inicial. Experimentar con un material sin saber exactamente qué ocurrirá. Escuchar un territorio. Crear una imagen. Equivocarse. Volver atrás. Comenzar nuevamente. Todo eso también produce conocimiento.
Producir desde las artes implica reconocer otras formas de aprehender, de conocer, que van más allá de las palabras, cifras o demostraciones científicas. No se trata de enfrentar las artes a las ciencias; se trata de comprender que los desafíos complejos que enfrentamos requieren nuevas y más formas de conocimiento.
Una crisis climática no es solamente un problema de mediciones atmosféricas o tecnologías energéticas: modifica territorios, comunidades, imaginarios y maneras de habitar. La inteligencia artificial no es solamente un desafío computacional: transforma nuestra relación con las imágenes, la autoría, el trabajo, la verdad y la memoria. La violencia no puede comprenderse solamente mediante estadísticas: se inscribe también en cuerpos, lenguajes, representaciones y formas de mirar.
Las universidades deberían ser precisamente los lugares donde esas distintas maneras de conocer puedan encontrarse. Donde la certeza conviva con la incertidumbre; donde investigar no signifique únicamente comprobar aquello que ya podemos formular, sino aventurarnos también hacia aquello que todavía no comprendemos. Las artes trabajan de manera constante en ese territorio inestable.
Vivimos un tiempo de afirmaciones rápidas, imágenes veloces y posiciones cada vez más cerradas. Un tiempo en que pareciera que debemos saber inmediatamente qué pensamos sobre todo. Permanecer frente a una pregunta, sostener una contradicción o aceptar que nuestra mirada puede modificarse no son gestos menores: son también aprendizajes democráticos.
Una democracia no necesita solamente ciudadanas y ciudadanos informados. Necesita personas capaces de interpretar críticamente aquello que ven, escuchar experiencias diferentes a las propias, revisar sus convicciones e imaginar que el mundo existente podría organizarse de otra manera.
El Informe de Desarrollo Humano en Chile del PNUD (2012) ya advertía que el desarrollo no puede evaluarse sin considerar el bienestar subjetivo. Las personas construyen una imagen de sí mismas, de los otros y del mundo mediante narrativas individuales y colectivas, formadas por emociones, imágenes, percepciones, deseos y evaluaciones. Incorporar la subjetividad como un objetivo políticamente relevante exige, por tanto, capacidad para reflexionar y producir esas narrativas. Ese es un terreno en el que las artes trabajan de manera sostenida: no como un complemento del desarrollo, sino como parte de aquello que permite definir qué entendemos por él. Y es justamente ahí donde las artes importan.
En una sociedad atravesada por millones de imágenes que producimos, recibimos y compartimos diariamente, aprender a mirar críticamente es también aprender a habitar el presente. Es sostener las condiciones para que ese sistema social pueda observarse a sí mismo, interrogar sus relatos, disputar sus imágenes, cuidar sus memorias e imaginar aquello que todavía no existe.
Por eso, la discusión sobre los sistemas de financiamiento para las artes no debiera entenderse solamente como la preocupación corporativa de un grupo de investigadoras, investigadores y creadores que reclama una porción mayor de los recursos disponibles. Lo que estamos discutiendo es algo más profundo: qué conocimientos considera valiosos una sociedad y quién tiene la posibilidad de producirlos.
Priorizar es inevitable. Todo Estado debe hacerlo. Pero priorizar no debiera significar instalar una jerarquía permanente entre conocimientos considerados productivos y otros tratados como prescindibles. Mucho menos cuando aquello que dejamos en los márgenes son precisamente las disciplinas capaces de preguntarse por los sentidos, las consecuencias, las memorias y las formas de vida que acompañan cualquier transformación tecnológica, económica o social.
En lugar de preguntar una vez más para qué sirven las artes, deberíamos preguntarnos como sociedad qué perdemos cuando dejamos de considerarlas necesarias. Esto porque las artes no vienen después de las cosas importantes. Las artes nos permiten discutir qué cosas importan.
Andrea Josch Krotki — Universidad Diego Portales
Andrés Antonio Kalawski Isla — Pontificia Universidad Católica de Chile
Felipe Palma Irarrázabal — Universidad Academia de Humanismo Cristiano
Francisco Javier Albornoz Farías — Universidad UNIACC
José Miguel Morales Malverde — Universidad de Concepción
Luis Andrés Montes — Universidad de Chile
Luis Fernando Sebastián García Lara — Universidad Católica de Temuco
Kurt Matías Petautschnig Arancibia — Universidad Gabriela Mistral
María/Rosario Montero — Universidad Finis Terrae