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Carlos Altamirano Orrego: un grande del socialismo

por 20 mayo, 2019

Carlos Altamirano Orrego: un grande del socialismo
Altamirano tuvo la mayor capacidad para hacer una de las más soberbias autocríticas políticas a fines de los años 70 y se le acusó de reivindicar las reformas que, finalmente, fueron completamente asumidas 10 años después para desembocar en la Concertación. No obstante, a diferencia de muchos de los posteriores dirigentes del PS concertacionistas, Altamirano no renegó de los objetivos sociales y políticos del socialismo. En 2005 opinó sobre la situación política, sentenciando que la Concertación era un muy buen Gobierno “para administrar el modelo”.  
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Carlos Altamirano Orrego nació el 18 de diciembre de 1922. Abogado. Fue secretario general del Partido Socialista de Chile entre 1971 y 1979, además de diputado (1961-1965) y senador de la República (1965-1973). En el plano académico se desempeñó como profesor de Hacienda Pública y Derecho Económico en la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, su alma mater.

Fue el único político que conocí que trataba de Salvador al Presidente Allende, pese a que no eran de la misma generación universitaria.

En enero de 1971, tras el XXIII Congreso del PS, celebrado en La Serena, Altamirano fue elegido de manera unánime como secretario general del partido. Adonis Sepúlveda obtuvo el cargo de subsecretario. El secretario general anterior era Aniceto Rodríguez, un socialista moderado en la época y que no se le reconoció capacidad para liderar el período que se avecinaba.  

En este congreso el partido se comprometió a colaborar y obedecer el programa de Gobierno del "Compañero Presidente", como se denominaba a Allende. Cinco meses más tarde, Altamirano redactaría un documento titulado "El Partido Socialista y la Revolución Chilena", donde hizo una fuerte autocrítica al partido (incluyéndose) por los congresos efectuados en Linares y Chillán, en los cuales aseguró que fue un error denunciar la vía electoral en 1965, ya que se terminaría accediendo al Gobierno por esta vía. Sin embargo, en el documento se anunciaba –hoy con justa razón– una fuerte crítica al comportamiento "imperialista" de Estados Unidos, mediante la Alianza para el Progreso.

Altamirano fue electo senador gracias a un error electoral de la DC en 1965, que pudo haber sacado cuatro senadores pero solo presentó tres candidatos. Empero, para las elecciones parlamentarias de 1973, Altamirano es reelecto con una importante votación por la provincia de Santiago. En este momento la derecha buscaba declarar al Gobierno  de la UP fuera de la legalidad. Con la elección de Altamirano y otras figuras importantes de la coalición, la Unidad Popular logró un sorpresivo e incremental 44% de adhesión.

No fui –ni podía haberlo sido por mi edad– un amigo de Altamirano. Empero, estuve muchas veces con él, especialmente en Francia, y hoy puedo decir que era un gran socialista. No de esos que estrujan compromisos militantes para terminar votando por cualquier cosa. ¿Cuantos socialistas de hoy podrán decir que han mantenido un discurso y han votado permanentemente contra los abusos de las grandes empresas? Altamirano quizás se equivocó, pero jamás fue limitado en sus decisiones por aportes de las grandes empresas. Altamirano, al igual que Allende, jamás renegó de la democracia sino planteó que la defensa de ella debía hacerse por todos los medios que estuviesen a nuestro alcance y que, como la historia lo demostró, fueron escasos e insuficientes.

Altamirano  tuvo la mayor capacidad para hacer una de las más soberbias autocríticas políticas a fines de los años 70 y se le acusó de reivindicar las reformas que, finalmente, fueron completamente asumidas 10 años después para desembocar en la Concertación. No obstante, a diferencia de muchos de los posteriores dirigentes del PS concertacionistas, Altamirano no renegó de los objetivos sociales y políticos del socialismo. Invitado por Pancho Olea a mi casa alrededor de 2005, opinó sobre la situación política sentenciando que la Concertación era un muy buen Gobierno “para administrar el modelo”.  

Hay muy serias sospechas de que Pinochet habría planeado su asesinato, como lo hizo comprobadamente con Frei Montalva. De hecho, con un puñado de compañeros en París lo acompañábamos, cuanto nos permitían nuestros trabajos, a sus actividades. Más de alguna vez tuvimos la intuición de que se le seguía. Probablemente, esta decisión de nosotros, jóvenes socialistas de la época, evitó que el compañero Altamirano hubiese terminado como Bernardo Leighton,  Carlos Prat, Orlando Letelier o Eduardo Frei.

Su participación fue decisiva en el XXIV Congreso celebrado en la clandestinidad y en Francia en 1980. Esto le dio, luego de confusas negociaciones, la secretaría general a Ricardo Núñez, quien finalmente se enfrentaría a la otra fracción del PS, ubicada en la Alemania Oriental y que dirigía Clodomiro Almeyda –allí participaban los más acérrimos partidarios de la alianza con el PC, entre ellos, solo por nombrar algunos famosos de hoy, Camilo Escalona y Michelle Bachelet–.

Las asperezas en las dos tendencias del PS solo se limaron poco antes del plebiscito del 88. Altamirano, odiado por el pinochetismo por considerarlo un “guerrillero”; alejado de los socialistas pro PC de la época por considerarlo un socialdemócrata, y puesto en segundo plano por la llamada megatendencia del PS (los más autocríticos del proceso de la UP), pues más allá de sus reflexiones su imagen no le era conveniente en ese grupo.

Don Carlos, como le decían algunos compañeros de las bases de seguridad, tuvo la enorme capacidad de reconocer que se había convertido en un chivo expiatorio conveniente para moros y cristianos. Su inteligencia le permitió, en lugar de intentar reivindicaciones estériles, retirarse de la actividad pública. Aun así, fue siempre un socialista claro, lúcido y consecuente.

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