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El COVID-19 y la guerra que nunca termina

por 12 mayo, 2020

El COVID-19 y la guerra que nunca termina
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El COVID-19, un virus recientemente surgido en China, se ha cobrado la vida de miles de personas y ha infectado a millones en todo el mundo. Una de las industrias más afectadas por el COVID-19, además del comercio global, ha sido el turismo y la hospitalidad. Los expertos y profesionales del sector sugieren el pasaporte sanitario como una alternativa válida para retomar las actividades, mientras que los médicos recomiendan practicar lo que llaman el distanciamiento social. Aun cuando poco se sabe sobre la potencial evolución del virus, los medios de comunicación hablan del COVID-19 como un evento fundacional que puede cambiar los cimientos económicos de Occidente y del mundo. Las estrategias de contención son claras a grandes rasgos. Aquellas naciones que apelan a no cerrar el comercio interno (principalmente economías desarrolladas) y aquellas que apuestan a una cuarentena estricta (economías subdesarrolladas).

Desde una perspectiva multidisciplinar, el coronavirus se encuentra lejos de ser un evento fundacional, sino que forma parte de una tendencia que nace con el 11 de septiembre de 2001 y se refuerza con la crisis bursátil de 2008. Ambos eventos marcan a fuego a Occidente, alterando –de manera radical si se quiere– la forma en que El Otro no occidental es comprendido. En una nueva cultura global, donde el miedo al otro es el valor principal, el terrorismo inaugura una nueva cultura donde cualquiera y en cualquier momento puede ser víctima de un ataque. Dicha cosmología, la cual se encuentra acompañada de discursos políticos, narrativas, cierra a Occidente sobre sí, desarrollando una mirada etnocéntrica sobre el mundo.

Si el turismo como industria próspera tiene su ancestro en la literatura de viajes que ha caracterizado a la época colonial, y en donde ese Otro no occidental es objeto de miedo, admiración y curiosidad, el terrorismo instala una nueva tendencia: el enemigo vive dentro, luce como nosotros, va a nuestras universidades y se camufla en la cotidianidad de una vida normal. La guerra contra el terrorismo no es nueva, sino que es la consecuencia directa de otras guerras en otras décadas, todas ellas apoyadas sobre una cultura del temor.

En los años sesenta y setenta, los gobiernos occidentales le declararon la guerra al cáncer, una enfermedad que estaba y sigue haciendo estragos en el sistema de salud. En los ochenta, ese lugar (enemigo) lo ocupaba el crimen local. Dentro de los Estados Unidos, la figura del fiscal empieza gradualmente a ser de relevante importancia en la lucha contra el crimen, incluso sobrepasando las propias funciones institucionales del procurador general. Luego del 2001, la guerra contra el terror, declarada por George W. Bush, movilizaba los esfuerzos del pueblo estadounidense contra un nuevo enemigo. En nuestros días, la metáfora del terrorismo muta hacia una nueva dirección, pero con una tendencia bien clara, un nuevo enemigo invisible conocido como COVID-19.

Si luego de 2001 cualquier ciudadano era sospechoso de ser un terrorista, sobre todo si había viajado a Medio Oriente, en la actualidad todos nosotros somos potenciales terroristas o si se quiere asesinos que transportan el COVID-19. Por decisión personal o no, al movernos podemos afectar seriamente a otros y, al hacerlo, contaminar y saturar los sistemas de salud. El orden democrático del Estado nacional moderno, el cual ha dispuesto de la movilidad y la hospitalidad como dos grandes baluartes de sociabilidad, se subvierte hacia un clima de inmovilidad donde se prohíbe el contacto. Sin mencionar los nefastos efectos económicos y, sea de forma temporal o definitiva, lo que es importante observar es que la tendencia es la misma.

Luego de 2001, el otro diferente ya no es un objeto de curiosidad, ni alimenta la base de una industria cultural asociada al consumo de patrimonio y cultura, sino que, por el contrario, el “Otro” es considerado un enemigo que se agazapa y se camufla esperando el momento de atacar. Desde el instante en que nadie sabe el momento del ataque, se llevan a cabo medidas precautorias donde la vida del presente es regulada por un futuro imaginado, un futuro que puede ser pero que no es. Esta lógica precautoria donde la racionalidad está dispuesta a detectar y erradicar riesgos, no solo falla muchas veces en sus diagnósticos, sino que puede afectar la división de poderes que prima en la democracia, sentando las bases hacia una nueva cosmología. Esta cosmología, como les gusta decir a los antropólogos, genera un clima de gran temor y ansiedad que, raramente, puede ser controlado sin derivar en formas cerradas de control o la violación de los derechos individuales.

Es importante resaltar que el turista de los siglos XIX y XX era considerado un agente ejemplar poseedor de una racionalidad innata y que desde el aspecto cultural o económico ponía en marcha una industria en la cual los actores locales se veían beneficiados. Estos turistas, que se movían por consumos culturales o para apoyar los propios prejuicios sobre los locales, eran bienvenidos y cuidados por los estados anfitriones.

En nuestros días, los estados anfitriones cierran sus cielos en una medida desesperada por aplacar al virus, y a la vez dejan a miles de sus ciudadanos varados en los diversos y lujosos destinos alrededor del mundo. Aquellos turistas repatriados son objeto de miedo y de hostilidad por sus propios connacionales, quienes abogan por medidas más extremas. El turista ya no es ese actor que promueve el crecimiento económico, sino un potencial enemigo (riesgo) al cual hay que encapsular.

Cuando el sociólogo John Urry nos hablaba de la mirada turística (tourist-gaze) se refería a una economía global donde la fluidez y la movilidad eran los valores constitutivos de Occidente. En días de COVID-19, dicha metáfora debe ser reconceptualizada como la mirada maldita (o wicked-gaze). El extranjero en forma general y el turista en lo particular son signos visibles de lo maligno, aquello que puede destruir nuestros cimientos y nuestro ethos colectivo.

Por último, pero no por eso menos importante, el COVID-19 afirma una desconfianza cultural y estructural en el Otro, a la vez que hace del miedo una forma de gobernanza efectiva e implacable. Dicho esto, cabe mencionar que en la cultura del miedo subyace y se hace fuerte una nueva tendencia, la cual hemos llamado en otros escritos: la muerte de la hospitalidad Occidental.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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