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Transdisciplina y complejidad para la investigación chilena

por 5 octubre, 2020

Transdisciplina y complejidad para la investigación chilena
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Una reciente columna de Sebastián Edwards publicada en El Mercurio llamaba, de forma bastante apresurada, a que Becas Chile se concentre en “menos economistas, sociólogos, cientistas políticos y literatos; más ingenieros, técnicos, matemáticos y científicos”, con el objetivo de hacer más compleja la producción nacional e integrarse a  las tendencias económicas globales. Consideramos que, además de apresurada, su propuesta es simplista y básica.

Antes de decidir qué áreas hay que priorizar en Becas Chile –o si hay que cortarlas, como anunció recientemente el Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación respecto a las becas de posgrado en el extranjero–, es necesario identificar los problemas de la investigación nacional y, aún más, intentar reflexionar sobre el tipo de desarrollo que queremos impulsar. Ya no es evidente, como fue en la prensa oficial durante los años 90, el tipo de sociedad “que queremos”. Y por eso, hay que sopesar con algo de mesura académica tanto la investigación como el desarrollo y no caer en un simplismo digno de trasnochados publicistas neoliberales.

A inicios de la pandemia del 2020, los investigadores en humanidades, ciencias sociales y artes vimos cómo en Chile los conocimientos generados por nuestro trabajo fueron constantemente postergados y relegados a un periodo pospandemia debido a la emergencia sanitaria. Lo cierto es que, al pasar los meses, se hizo evidente que los asuntos y desafíos que plantea la pandemia del COVID excedían con creces lo meramente sanitario y lo económico.

Vimos con rapidez que los problemas de la pandemia son esencialmente multidimensionales e involucran también lo político (toma de decisiones, formas de fiscalización, articulación con las autoridades locales), lo social (desigualdades, exclusiones, brechas, acceso), lo espacial (ubicación en la ciudad, lejanía del trabajo, metros cuadrados de la vivienda) y lo cultural (prácticas culturales, significados de la pandemia, formas de enfrentarla). Fenómenos que ya existían se vieron agudizados, como la desigualdad de género, las diferencias etarias, o la brecha digital que afecta a la educación, el trabajo, las relaciones interpersonales, el acceso a servicios del Estado, entre otros.

Todos estos temas –que bajo la mirada de una improvisada gestión política fueron considerados de “pospandemia”– deberían haber sido considerados desde el inicio. El Gobierno, así, ha demostrado una falta de perspectiva integral y multidimensional: se han desaprovechado conocimientos ya instalados en las áreas mencionadas para, por ejemplo, sopesar las determinantes sociales de la salud, o revisar cómo se enfrentaron otras pandemias en la historia de la salud pública en Chile.

Se ha acumulado bastante evidencia respecto a la catastrófica situación medioambiental mundial, el agotamiento del modelo chileno de extracción de materias primas y la baja en la productividad, y las condiciones de desigualdad multidimensional que este modelo ha generado. Estos elementos nos fuerzan a pensar un nuevo modelo de desarrollo.

La sociedad del conocimiento, dicen las autoridades, debe poner la investigación en el centro, con el objetivo de avanzar hacia una forma de desarrollo que aproveche las capacidades instaladas en Chile, desarrolle innovación, y nos permita alcanzar un modelo económico que vaya más allá del extractivismo y la agricultura para generar productos con “valor agregado”. Solo así se podrá cuidar el ecosistema y disminuir la desigualdad social.

Todo ello suena bien, de hecho, es una de las razones por las cuales se creó el Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación. “Un ministerio para el país, no para los científicos”, solía repetir el ministro Couve como un lema atractivo y de consenso. No obstante, este lema se quedó solo en las palabras. El manejo de la pandemia es solo un ejemplo de una perspectiva que insiste en abordar problemas complejos de forma reducida y binaria, especialmente privilegiando una mirada estadística que reduce la sociedad a cifras económicas y la vida a datos.

La complejidad de los fenómenos sociales requiere de distintas miradas, disciplinas, métodos y sensibilidades. Solo mediante estos diálogos y tensiones inter y transdisciplinarias se puede hacer un diagnóstico plausible de esa complejidad. Uno de los problemas del pensamiento binario y economicista es pensar lo social como una mera sumatoria de consumidores individuales y aislados. Un ejemplo, el teletrabajo. Necesitamos estadísticas y modelos predictivos que permitan saber cuánta gente está trabajando de esta forma, las condiciones en que lo hacen, si cuentan con equipos y conexión necesarios, si los costean los trabajadores o sus empleadores, así como también cómo aumentará y puede variar esto en el futuro. Pero también necesitamos comprender lo que esto significa para las personas, cómo comparten sus experiencias, las narrativas que construyen respecto al uso de las tecnologías, las relaciones espaciales, laborales y familiares.

Tener una mirada panorámica del problema, que considere sus diversos aspectos, nos permitirá contar con insumos para pensar mejores políticas públicas. Una sociedad se define no solo por sus indicadores productivos, elementos materiales y “capital humano”, sino también por los discursos e historias que ella cuenta sobre sí misma. Son estos los que producen y articulan los sentidos colectivos y personales.

Desde el 18 de octubre de 2019, ciudadanos y ciudadanas han salido a la calle con esperanza y valentía para modificar el estado de cosas y un orden naturalizado. Entre los gritos, consignas y letreros que se enarbolaban se encontraba, repetidamente,  la posibilidad de otro modelo de desarrollo, uno que no se reduzca exclusivamente a la dimensión económica. Se demanda un bienestar básico, cierta igualdad mínima, dignidad. Por supuesto que mejores condiciones materiales entregan bienestar, pero el Estallido social nos dejó claro que eso no es lo único.

Si no somos capaces de mirar los cruces entre distintas dimensiones –entre los datos, lo social y los discursos–, seguiremos pensando la realidad de forma parcelada y simplista. El conocimiento experto y especializado no es valioso en sí mismo de forma aislada, sino que cuando conversa con otros saberes y se articula con otras experiencias.

Es momento de cambiar la mirada limitada de meros administradores y movernos hacia una forma transdisciplinaria de abordar los problemas país. Para esto se requiere abandonar visiones utilitaristas e instrumentales del conocimiento, y apostar por miradas de largo plazo, que no tengan miedo a la complejidad. Para esto no solo hay que valorar las distintas formas de investigación y los diversos tiempos que requieren para lograr avances y resultados, sino también fomentar el rol público de la investigación y hacer conversar distintas áreas, respetando sus diferencias y énfasis.

 

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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