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Entre el pesimismo y el optimismo

por 26 octubre, 2021

Entre el pesimismo y el optimismo
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La atmosfera política está caldeada. Las pasiones arremolinadas giran en torno a dos centros de gravedad: el del optimismo y el del pesimismo. La opinión pública carente de quilla fácilmente transita de un polo a otro. Pero no solo zigzaguea de manera súbita, también la índole de los polos se ha desdibujado. Así, la expresión mar de confusiones adquiere su pleno sentido. Todo lo cual constituye un indicio de que la crisis no es solo política. En tal contexto, no resulta del todo inoficioso preguntarse qué peculiaridades tienen los pesimistas y cuáles los optimistas, aunque sea solo para saber de qué lado está cada uno de nosotros como persona singular.

La palabra pesimismo tiene mala reputación. Quienes más la difaman son los ilusos. Pero no solo ellos, pues para la mayoría de las personas las actitudes y las opiniones pesimistas huelen tan mal que se afanan en condenarlas e incluso en combatirlas y silenciarlas. Tal condena no tiene sus orígenes en la sociedad hedonista, viene de antes, quizás, desde el período de la Ilustración.

Ser pesimista no significa en modo alguno andar cabizbajo o deambular triste por el mundo. Un pesimista perfectamente puede ser un gran juerguista y un gozador de la vida. Ser pesimista tampoco implica quedarse de brazos cruzados y renunciar a todo plan de mejora o de perfección de aquello que sea por naturaleza perfectible.

El pesimista no alienta el sufrimiento, pero tampoco lo oculta; porque lo asume como inherente al mundo, en cuanto lo considera consustancial a la condición humana. Por eso, no anda con remilgos dulzones ni con maquillajes ad hoc para embellecer las tortuosidades de la realidad, comenzando por las de la vida misma. Tampoco lo justifica apelando a consuelos trasmundanos. Ser pesimista es tener sentido de realidad, es plantarle cara a las asperezas de la existencia. Es, en definitiva, darle el sí a la vida.

Como se sabe, en las antípodas del pesimismo está el optimismo. ¿Cómo suelen ser los optimistas? Soñadores, ilusos, idealistas. Cuando la realidad los interpela y los despierta de sus ensoñaciones, suelen sumirse en la desesperación. Peor aún, en la desesperanza. Y, en última instancia, en la negación de la realidad, lo cual implica maldecir al mundo (cuya máxima expresión es el suicidio), porque no estuvo a la altura de sus ideales.

El optimista suele ser crédulo y suele ningunear la realidad. Debido a ello no es insólito que se deje seducir fácilmente por espejismos evanescentes. Tampoco es insólito que, acicateado por el frenesí del entusiasmo que lo desborda, se sienta animado a empujar a los demás a correr tras las sombras de los ídolos que a él lo deslumbran. Por cierto, algunos optimistas tienen la extraña propensión a imponerle sus alegrías, sus ideales, sus metas, en definitiva, sus sueños al prójimo. Quieren obligar a los demás a vivir sus propias ilusiones. Ese tipo de optimistas, que no escasean en el campo de la política, son, paradójicamente, unos egoístas filantrópicos.

¿Quién es más perjudicial, el optimista o el pesimista? Tanto el uno como el otro pueden ocasionar daños. No obstante, el optimista puede causar un mayor daño a terceros (y, desde luego, a sí mismo al negar, en última instancia, su propia vida) que un pesimista, porque aquel se afana en obligar a los demás a vivir sus propias ensoñaciones, arrastrándolos así al desastre. El pesimista, debido a que es escéptico, no se siente motivado a convencer a nadie de sus puntos de vista y, menos aún, a imponer convicciones. Una de las pocas cosas que sabe con certeza el pesimista es que el radiante optimismo es al final del día un usurero, un fascinante especulador de ilusiones, que hace pagar caro el costo de los sueños, de las utopías, de las fantasías.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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