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Derecho a soñar: «Me hicieron saber que ese espacio que sentía tan mío, no era mío» BRAGA

Derecho a soñar: «Me hicieron saber que ese espacio que sentía tan mío, no era mío»

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Cómo comenzar a escribir de feminismo y deporte, de mujer y deporte, de activismo y deporte. A veces se me pierden las palabras para explicar su relación, bueno tendría que partir diciendo que soy futbolista, desde que tengo memoria que lo soy. Desde que tengo memoria que corro detrás de la pelota, mis primeros y mejores recuerdos de la infancia siempre transcurren en una cancha, en una calle, jugando arco peleado.

Es el lugar en el que más feliz me siento, incluso de niña lo pude reconocer, ese espacio en el que todo el resto desaparecía, como si hubiese nacido para estar en ese lugar. Bueno podría divagar mucho al respecto pero lo que quiero compartir, es que incluso sin saberme feminista, sin entender aún lo que significa transitar esta vida como mujer, supe —y me hicieron saber— que ese espacio que sentía tan mío, no era mío. No era ni debía ser mío, era de niños, de hombres. Por qué no vas a jugar con tus amiguitas? Por qué no haces un deporte más femenino? La niña-hombre, ahombrada. 

En un periodo de mi infancia estas eran las únicas palabras que escuchaba, les tuve miedo de tanto escucharlas, les tuve rabia, y a veces me llegué a cuestionar si debía escucharlas, si debía entenderlas. Recuerdo una tarde en particular en la que volví llorando a mi casa porque me habían echado de una cancha –tu eri niña no pode jugar con nosotros- aún recuerdo que me tire en el piso de mi casa a llorar y llegué a desear ser hombre. —Sería tan fácil, nadie me molestaría— Era una niña, pero tenía razón incluso más allá de lo que me daba cuenta, no sabía aún que lo que vivía en mi pequeño mundo se replicaba en la sociedad toda. 

[cita tipo=»destaque»] Esa tarde que desee ser hombre se me quedó grabada, porque inmediatamente me sentí avergonzada [/cita]

Desde el mundo del fútbol al de las artes, desde las empresas a los sistemas judiciales, desde la selección al club, del club al colegio, del colegio al barrio. Se pierde la cuenta —si quisiéramos llevarla— de todos los ámbitos y esferas en las que permea la cultura patriarcal que ha excluido y limitado a las mujeres y niñas a lo largo de la historia. 

No tenía como darme cuenta, ni menos tenía las herramientas, pero esa tarde que desee ser hombre se me quedó grabada, porque inmediatamente me sentí avergonzada, pensé que mi mama se defraudaría por pensar que necesitaba ser hombre para poder hacer las cosas que me hacían feliz, incluso por buscar un camino fácil. Sentí decepción personal. Me prometí a mi misma jamás renegar de quien soy, ni permitir que me echen de la cancha de nuevo. Fui creciendo y construyendo mi identidad en base a ese deseo. Mirando hacia atrás, a pesar de no haberme reconocido feminista de chica, fui feminista desde el minuto en el que puse un pie en una cancha, desde que me resistí a que me trataran distinto por ser mujer, desde que me negué a que me quitaran la cancha. Finalmente soy feminista desde que comencé a soñar con ser futbolista. 

Como a la mayoría de las mujeres, las futbolistas nos hemos visto desplazadas y tratadas como futbolistas de segunda categoría. Si habláramos a nivel mundial, basta solo mencionar que en Inglaterra y Brasil, países considerados “cuna del fútbol” en sus respectivos continentes, fueron también dos de los países que tuvieron prohibido por ley que las mujeres jugáramos al fútbol. Se podrán imaginar las repercusiones socioculturales que eso significó, si hasta el día de hoy nos encontramos con resistencias, formales e informales, para reconocer que el valor de un futbolista debe ser el mismo que el de una futbolista.

En Chile, como en tantos otros lugares, está prohibición si bien no está ni estuvo consagrada en la ley, estaba arraigada en lo profundo de la construcción social y cultural que dictaba que las mujeres y los hombres tenemos roles y capacidades diferentes, por tanto, también espacios y valores diferentes. 

El movimiento feminista y su lucha vienen a desafiar esta construcción, a cuestionarla, exponerla y desarmarla, como futbolistas y deportistas somos parte de eso, lo sepamos o no. 

La realidad del fútbol femenino es la realidad de la mayoría de los deportes en Chile, pero se hace aún más evidente la desigualad en el fútbol al ser una realidad mucho más cercana y propia de nuestra sociedad. Nos guste o no el fútbol, es innegable que la cultura-fútbol es parte la construcción identitaria del país, con sus vicios y virtudes. Me atrevo a decir, porque lo he vivido, que el fútbol es dueño de espacios excesivamente sexistas, lgbtqi+ fobicos y machistas. Entendamos que estamos hablando de un deporte que le cerró las puertas a las mujeres, y casi cómo un pacto colectivo quisieron construirlo como espacios por y para hombres. Tristemente aún nos encontramos con muchos que siguen esa línea de pensamiento, y se hace terrible pensar que son personas que dirigen clubes, que trabajan en el fútbol y que siguen poniendo trabas y resistiendo a abrir estos espacios y entender que el fútbol es de todas, todes y todos. 

Ante esa realidad, y queriendo transformarla, es que las futbolistas nos organizamos. Nuestra resistencia no bastaba con seguir pisando la cancha, aguantando condiciones inaguantables, esperando que las cosas cambiaran algún día cambiaran. Nos dimos cuenta de que si nadie nos defendía, lo debíamos hacer nosotras mismas. La creación de la Asociación de Jugadoras es la consecuencia de eso, creamos la primera asociación en Sudamérica que tenía el fin de agrupar y defender a las jugadoras que subsistíamos en un medio precarizado, dónde cada vez que exigíamos mejores condiciones y que denunciábamos malos tratos recibimos un portazo en la cara; “agradezcan lo que tienen porque no tenemos ningún deber con ustedes”. 

Nos cansamos de normalizar eso, los abusos, las faltas de respeto y las faltas de condiciones de trabajo. Nos cansamos de tener el último camarín que no tiene agua ni luz, o que el baño no funciona, nos cansamos que nos pasen el camarín que usan como bodega, que nos pasen los uniformes que le sobran a los cadetes hombres, que no nos tomen en serio para poner un cuerpo técnico y una dirección técnica a trabajar con objetivos claros, nos cansamos de que no nos valoren, que se acuerden de nosotras solo para campañas de marketing.

Y así tantas cosas más. ¿Suena familiar no? Siempre he pensado que el deporte es reflejo de la sociedad y en nuestro caso, el fútbol es espejo. Los mismos vicios; Hasta hace poco las jugadoras que se lesionaban representando a sus clubes no contábamos con seguro médico, y era una realidad semana a semana ver como se levantaban tallarinatas, completadas, rifas y campeonatos a beneficio para pagarle la operación a alguna compañera. 

Hemos sabido también cómo clubes les han prohibido expresamente a jugadoras participar en manifestaciones sociales como la marcha del 8m, y también en actividades de nuestra Asociación. Nos llegan además cientos de denuncias de malos tratos por parte de entrenadores y dirigentes, amenazas, humillaciones, dichos homofóbicos y racistas. 

Nos toca como dirigentas sentarnos a a hablar con directivos de clubes que tiene un doble estándar tétrico, tanto así que en una ocasión un directivo defendió a un entrenador que tenía más de 12 denuncias en su contra—entre las cuales, una por violentar físicamente a una jugadora menor de edad— argumentando que son cosas del fútbol, de la pasión, de las ganas de ganar. Y no es así, tuvimos que hacerle el paralelo con su hija, ¿qué pasa si el profesor de educación física zamarrea a su hija porque no hace bien el ejercicio?” – “lo mato. No dejo que vuelva a trabajar ahí.” Tétrico.

Podría seguir y seguir. Pero lo que me interesa reflexionar aquí es como el deporte y el fútbol en particular, a pesar de ofrecer todos estos vicios, nos ofrece y da también una herramienta, una luz, una plataforma de innegable esperanza para potenciar luchas y transformaciones necesarias.

¿Por qué nos aferramos tanto al fútbol si parece no querernos? ¿Por qué queremos y luchamos tanto por defender los colores de clubes que poco y nada le importamos? Podríamos decir que es nuestra relación más tóxica, y a pesar de que hace cierto sentido y nos podemos hasta reír de eso, estaríamos en un error. El fútbol no es una pareja que no te valora y te trata mal y que seguimos amando. El fútbol es un espacio que nos han quitado, es un sueño que nos han prohibido. Es un lugar por el que sabemos vale la pena luchar. Desde aquí nos construimos, desde aquí entendemos al mundo y desde aquí nos podemos expresar también con total libertad. El activismo por nuestros derechos en el futbol traspasa la cancha y lo sabemos. La creación de nuestra asociación y el trabajo que hemos llevado estos 5 años permitió cambios profundos en lo que era el mundo del fútbol femenino. 

Lograr levantar la discusión sobre la discriminación en el futbol femenino, la desigualdad y la equidad de género en el deporte parecía una tarea imposible, veníamos denunciando esto hace años, sin estar organizadas y sin tener garantías de cambios. Por eso la irrupción de la Anjuff fue una sorpresa incluso para mí. Admito que muchas de las decisiones que tomamos fueron improvisadas, aprendíamos a medida que avanzábamos, pues no teníamos formación sindical, no teníamos ninguna referencia de organización de este tipo en Sudamérica, ni sabíamos si esta era la mejor manera de avanzar. Solo estábamos seguras de que no podíamos seguir así.

Creamos una organización que tenía como objetivo defender a las jugadoras, sin embargo no teníamos las competencias para ello, por lo que nuestra estrategia se enfocaba en poder responsabilizar a las instituciones que si las tenían; ANFP/FEDERACIÓN, Ministerio del deporte, Ministerio de la Mujer y Equidad de Género, SIFUP, ANJUFF.  Nos presentamos con cada autoridad, les contamos nuestra realidad, les contamos nuestras ideas, nuestras necesidades, nos pusimos a disposición para trabajar, gratis, de forma voluntaria, de la forma que pudiésemos. Fuimos cuidadosas, en un principio no hablábamos de sindicato ni gremio, no solo porque legalmente no podemos serlo (el fútbol femenino aún no es profesional en Chile) si no que por que son palabras a las que les entregaban connotación negativa, al igual que al feminismo.

Partimos pidiendo permiso, casi disculpándonos por molestar, por traer este tema a la mesa. Comiéndonos —o al menos a mí me pasó así— la rabia y las ganas de gritar ¡ESTO ES INACEPTABLE! Pero teníamos que ser más inteligentes, ser diplomáticas, ser cuidadosas, porque sabíamos que seguimos dependiendo de la buena voluntad de la autoridad de turno.

La mayoría de las personas nos dijeron que perdimos el tiempo, que las cosas no iban a cambiar, que siempre habían sido así. Otras, que debíamos ser más radicales, hacer un paro, no presentarnos a jugar. Sobre lo primero, sabíamos que podía ser cierto, pero nuestra resistencia era negamos a aceptarlo, sobre lo segundo, hubiese sido el escenario ideal para que los clubes se deshicieran de nosotras, del cacho que les representa el fútbol femenino, sin mencionar que las que más perderíamos seriamos las jugadoras, que nos quedaríamos sin jugar, y en ese punto, jugar en malas condiciones era lo único que conocíamos y todo lo que teníamos.

Sin embargo construimos gremio, ya las rivales pasaron a ser compañeras y nos pudimos escuchar contando historias que de una u otra forma nos había tocado vivir a todas; ser la única mujer jugando, no encontrar club para entrenar por ser mujer, llegar a un lugar donde se aprovechen de ti, donde te traten mal. Nos llegábamos a reír con las similitudes; a algunas nos había tocado en jugar en canchas que parecían potreros, a otras les había tocado entrenar en la plaza o en la calle. A todas nos había tocado vivir con eso, ser mujeres y querer ser futbolistas, aunque fuese amargo, esa memoria colectiva nos unía. 

Cada paso que debamos nos dio más fuerza, cada actividad, cada foro, cada centímetro que avanzábamos parecía de oro. Las jugadoras nunca habíamos tenido alguien que velase de esa forma por nosotras. Pasar de un activismo individual o de acciones esporádicas a una agrupación organizada y coordinada nos entregó un espacio de refugio. Al igual que la cancha lo ha sido para nosotras durante toda la vida, nos dimos cuenta que juntas avanzar si era posible. Pudimos levantar estos temas a la palestra publica y también cuestionar la institucionalidad, los sistemas la regulación o la falta de la misma. Convocamos a las autoridades competentes y las emplazamos a hacerse cargo de esta problemática y así hoy podemos decir que estamos tangiblemente muy cerca de lograr la profesionalización de nuestro futbol. Cosa que hace 5 años era un sueño casi inalcanzable. Y no tan solo eso, además del proyecto de ley para la profesionalización, estamos sentando precedentes legales en el juicio de 5 ex jugadoras contra su club, por vulneración de derechos fundamentales y reconocimiento del vinculo laboral. Asimismo fuimos parte de la creación del Protocolo contra acosos y abuso en el deporte, que hoy también es ley. 

Me emociono cuando me toca escribir sobre los avances y los logros que hemos conseguido este último tiempo, no solo en cuanto a visibilización, sino que también en estos cambios que tienen y tendrán un impacto mayor a medida que pase el tiempo. Estamos corriendo ese cerco, estamos rompiendo el techo de cristal que ha querido relegarnos a un espacio menos e inferior dentro de nuestra vida. Me emociona tanto para bien como para mal, son cambios que pensamos eran imposibles, pero a la vez no alcanzan, tal vez aquí me juega a contra mano el no tener paciencia, o tal vez es la rabia o las ganas de tener 15 años de nuevo y poder disfrutar el futbol de una forma que no pude. Pero el pasado no se puede cambiar, solo nos puede enseñar.

Me hubiese gustado una Anjuff cuando comencé a jugar futbol, me hubiese gustado escuchar a alguien hablando de nuestros derechos, de los que merecíamos, de lo injusto que era tener condiciones tan dispares a nuestros colegas hombres. Me hubiese gustado tener referentes mujeres en mi deporte, haberlas conocido antes. Tal vez por eso he tomado este propósito, me gustaría que esta fuerza de cambio que hemos podido construir siga alimentando la esperanza, siga sumando fuerzas y siga avanzando a paso firme para lograr traer justicia. 

Justicia para todas esas mujeres y niñas que sueñan con ser futbolistas, científicas, doctoras, presidentas, y lo que sea que se les ocurra. Justicia para todas a las que se les ha negado espacio, derechos, apoyo y valor. Justicia para todas las que no pudieron, no alcanzaron, no llegaron. Justicia para todas las que han dedicado su vida a trabajar por los derechos de las mujeres. Justicia por las que ya no están. 

Porque el feminismo no empieza ni termina con nosotras, las del presente, las que estamos aún vivas, las que seguimos luchando, nosotras llevamos los sueños de todas, seguimos construyendo y organizándonos. 

Y cuando logremos —porque lo vamos a lograr— erradicar el machismo del fútbol y sus instituciones, estoy segura de que también lograremos erradicar el machismo de gran parte de la sociedad.

La cancha está —y se han encargado de que siga estando— dispareja. Pero eso nunca nos ha impedido jugar. Lo seguiremos haciendo, en equipo, hasta que el sueño se cumpla. Porque todas merecemos poder soñar, incluso con ser futbolistas.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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