Inteligencia estratégica
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La inteligencia artificial y el ocaso de los especialistas
Quizá lo más importante no sea qué podemos hacer con IA, sino qué sucederá con organizaciones construidas sobre principios que la IA está dejando obsoletos.
“Con este hacha, me ahorro el carpintero”
Friedrich Schiller, Guillermo Tell
La inteligencia artificial nos obliga a repensar ideas tan arraigadas en nuestra forma de entender el mundo que rara vez las cuestionamos. Una de ellas es la división del trabajo. ¿Qué podría resultar más natural que formarse para ejercer una profesión especializada y dedicarse a realizar ciertas funciones?
Pero la idea de dividir la actividad laboral en tareas especializadas es más reciente de lo que imaginamos. Fue Adam Smith, en el s. XVIII, quien identificó en la división del trabajo el principal factor para aumentar “la riqueza de las naciones”.
Smith lo ejemplifica con una fábrica de alfileres. Una persona a cargo de todo el proceso como mucho terminaría 20 alfileres al día; mientras que, si se dividiera la tarea, diez personas lograrían producir más de 48.000. La conclusión obvia se convirtió en uno de los fundamentos de la economía moderna: para aumentar la producción, se requiere especialización funcional.
Este principio de organización ha estructurado la vida económica desde la Revolución industrial, pero su alcance va mucho más allá de las empresas. El sociólogo francés Émile Durkheim observaba, a finales del s. XIX, que todas las instituciones de la sociedad moderna -desde hospitales y escuelas hasta el ejército o el Estado mismo- responden a esa misma lógica.
Nuestra sociedad se basa en la diferenciación y la interdependencia de funciones. Cada persona se forma para realizar unas pocas tareas que, coordinadas con las de muchos otros, terminan produciendo todo lo que consumimos. Esta interdependencia silenciosa de cada especialista con todos los demás es, para Durkheim, el principio de cohesión de una sociedad formada por individuos cada vez más distintos entre sí.
Sin embargo, este fundamento de la sociedad moderna empezó a resquebrajarse en la segunda mitad del s. XX. El primer síntoma de su desintegración fue un fenómeno en apariencia inofensivo: el “hágalo usted mismo”.
A finales de los años sesenta, Adorno detectó en la afición a realizar en el tiempo libre tareas habitualmente reservadas a especialistas —como cortar el césped o reparar un mueble— una pequeña traición a uno de los principios fundamentales de la sociedad moderna. “El conjunto de la actividad”, escribe Adorno, “sólo se mantiene por el intercambio de habilidades especializadas.” El auge del Do it yourself parecía horadar el principio sobre el que descansa la prosperidad colectiva.
Pero lo que hasta hace poco constituía una anomalía sin mayores consecuencias adquiere, con la inteligencia artificial, un potencial verdaderamente disruptivo. Hoy es posible analizar datos, diseñar, traducir o programar sin poseer los conocimientos que tradicionalmente distinguían al especialista. A diferencia de tecnologías anteriores, que automatizaban tareas dentro de una misma especialidad, esta puede reemplazar los más diversos flujos de trabajo al completo. De ese modo, la IA amplifica el “hágalo usted mismo” hasta un punto que podría alterar profundamente el sistema que ha estructurado nuestras sociedades en los últimos dos siglos.
Si esta tendencia se profundiza, las consecuencias no serán únicamente laborales, sino también económicas, políticas y sociales. Económicas, porque buena parte de la prosperidad moderna se explica por las ganancias de productividad asociadas a la especialización. Políticas, porque el Estado de bienestar y la clase media se basan en la existencia de empleos especializados y estables para una amplia mayoría. Sociales, porque si la cohesión entre individuos depende de la interdependencia de funciones, cabe preguntarse qué otra forma de cohesión seremos capaces de desarrollar.
La conversación que se abre
La conversación dominante en las organizaciones gira en torno a cómo utilizar la IA para automatizar y mejorar la productividad. Es una pregunta urgente y legítima, pero asume que la generación de valor seguirá basándose en la especialización de funciones: los mismos roles, aumentados o reemplazados por IA.
La pregunta realmente estratégica es otra: ¿Estamos ante una tecnología que mejora el trabajo especializado o que cuestiona la especialización misma como principio organizador?
Si lo segundo fuera cierto, las decisiones que hoy parecen tácticas —cuántos niveles tiene una organización, qué perfiles se contratan, qué se delega en la IA— serían en realidad apuestas sobre qué tipo de empresa va a sobrevivir a esta transición.
Quizá lo más importante no sea qué podemos hacer con IA, sino qué sucederá con organizaciones construidas sobre principios que la IA está dejando obsoletos.
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