Opinión
Incendio en Viña del Mar: Una oportunidad para repensar nuestra noción de progreso
Mucho se ha escrito por estos días respecto al reciente incendio que afectó a Viña del Mar. Como manda la ortodoxia se han tratado de establecer y explicar los nexos causales y la repetición de patrones que nos han llevado una vez más a esta situación de catástrofe.
Lo sucedido, a la vez que es profundamente doloroso, es una fuerte evidencia de que la creencia respecto a que “siempre” aprenderemos de nuestros errores se esta transformando en una ilusión cada vez más peligrosa.
Cómo señala Walter Benjamin en sus tesis sobre el concepto de la historia, bien quisiéramos detenernos, despertar a los muertos y recomponer tanta destrucción. Sin embargo, nos encontramos inmersos en una tempestad llamada progreso que nos empuja al futuro, al que le hemos dado la espalda.
El presidente, coincidiendo con algunos expertos que se han referido al tema, ha señalado que está es una oportunidad para mejorar nuestra planificación y el ordenamiento territorial. No obstante, desde una perspectiva más amplia y profunda, acaso esta ¿no debiese también ser una oportunidad para repensar nuestras noción de progreso, en especial lo qué esconde, las ruinas que acumula, y al futuro al que se encuentra arrojada?.
La evidencia muestra que una vez que el dolor y el sufrimiento pasan, y las cosas parecen volver a la normalidad, un acelerado regreso a la conformidad con frecuencia significa que hemos comenzado a crear las condiciones para repetir los mismos errores.
Como seres humanos, debiésemos ser conscientes de que nuestro mayor potencial de cambio está en activar colectivamente nuestra capacidad para reformular nuestras perspectivas y trascender paradigmas. Necesitamos con urgencia rehumanizar nuestra noción de progreso, elaborar una nueva versión que no sea autocomplaciente con la contradicción que implica que el bienestar y la prosperidad de algunos conviva con la miseria y el sufrimiento de otros, en que la empatía opere como una brújula ética que nos oriente hacia la construcción de futuros más justos, equilibrados y sostenibles para todos.
Si bien como señalan Ravetz y Funtowizc no importa cómo percibamos el progreso, cuán beneficioso podamos pensar que es, siempre tiene efectos secundarios -“no hay logro del bien sin alguna producción del mal”-, poner el énfasis en que una idea de progreso sin humanidad, sin empatía, que no se desafié a distribuir equitativamente las condiciones para prosperar, es una contradicción existencial en sí misma que debiésemos superar.
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