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“Conmiseración” por la derecha dura chilena Opinión

“Conmiseración” por la derecha dura chilena

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Germán Silva Cuadra
Por : Germán Silva Cuadra Psicólogo, académico y consultor
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La derecha dura, que sigue atada al pasado y a la dictadura, homenajeó a Pinochet –ya no les da vergüenza ni siquiera el caso Riggs–, afirmó que el bombardeo a La Moneda fue inevitable, y no quiso asistir a ningún acto oficial, pese a la presencia de presidentes de derecha como Luis Lacalle o el saludo afectuoso de la ultraderechista italiana Giorgia Meloni. Una derecha dura que no estuvo a la altura, que puso marcha atrás y que, incluso, desperdició la oportunidad de despejar el camino en un tema que les va a seguir penando, quién sabe hasta cuándo. Conmiseración por la derecha dura chilena.


De un tiempo a esta parte, nuestra sociedad parece haber descubierto una serie de conceptos de los que, quizás por su desuso, no conocíamos su significado, lo habíamos olvidado o simplemente alguien lo inventó. Aprendimos que aforo era la capacidad máxima de un espacio físico cerrado; que octubrista era un personaje que idealizó el 18-O como una verdadera revolución; que todes era una forma de nombrar a todo el mundo, sin que nadie se sintiera excluido; que amarillo no era un color sino la opción de personas que se declaraban de centro, pero que actuaban como de derecha. Y, claro, que la abuela que les habla a sus nietecitos no responde a una relación de parentesco sanguíneo, sino a una diputada y sus seguidores. Pero faltaba el broche de oro: la conmiseración.

Exactamente un día después del aniversario de los 50 años del bombardeo a La Moneda que se llama golpe de Estado, pese a la amnesia repentina de la derecha dura–, el diputado Gonzalo de la Carrera, quien ya nos tiene acostumbrados a golpizas, empujones y provocaciones varias, apareció de vocero de 27 oficiales condenados por graves y atroces crímenes de lesa humanidad. El grupo, que permanece recluido en Punta Peuco, después de autorrendirse honores militares, intentó mostrarse ante el país como víctima de la historia y la obediencia del mando, pidiendo “comprensión” de la ciudadanía, aunque reconociendo, por primera vez, que sus acciones “produjeron violaciones a los derechos humanos”.

Sin duda, una confesión que debería ir acompañada de la entrega de datos precisos acerca del destino y paradero de más de mil personas que aún siguen como detenidas desaparecidas. No es claro cuál es el objetivo de esta acción comunicacional. Tal vez buscan exculpar sus responsabilidades ante la historia, apuntando al alto mando de las FF.AA. de la época, lo que, por lo demás, remata más la imagen de un Pinochet que fue “rescatado” por una parte importante de la derecha dura en estas semanas.

Sin duda, que militares reconozcan y usen la frase violaciones a los derechos humanos es algo inédito en el lenguaje de estos condenados, lo que es un pequeño avance. Es cosa de recordar la actitud sarcástica e incluso de burla hacia las víctimas de Manuel Contreras o Miguel Krassnoff. Los 27 reos rematados, pidieron –no sabemos a quién– clemencia para sus subalternos: “A la sociedad civil le pedimos el apoyo y la comprensión para hacer realidad el anhelado sueño de una justicia ‘justa’ para nuestros subalternos”. Comprensión y apoyo para quienes ejecutaron órdenes –dadas por ellos mismos–, pero ni una palabra de arrepentimiento, ni menos comprensión con las víctimas de sus acciones criminales.

Conmiseración (“sentimiento de pena y dolor por la desgracia o sufrimiento de alguien”) para con los victimarios, pero no para las víctimas. Conmiseración para quienes causaron el dolor de miles de personas, pero no con los familiares que han hecho de su vida la búsqueda del destino de sus seres queridos. Conmiseración para los que no tuvieron las agallas o valentía para no asesinar a personas reducidas y prisioneras, pero no para los que fueron capaces de oponerse a lo que estos militares llaman la obediencia del mando, como el general Bachelet o el general Prats y cientos de oficiales, subalternos e incluso conscriptos, como Michel Nash Sáez, de 19 años, ejecutado el 17 de septiembre de 1973 por oponerse a disparar a prisioneros.

Tal vez, la intención de estos condenados es terminar sus días aportando información que les permita morir en paz. Pero una declaración como la que conocimos a través de un diputado –¿qué tiene que hacer un parlamentario de vocero de condenados?– no tiene ninguna trascendencia si no va acompañada de gestos y conductas concretas, como pedir perdón a las víctimas y sus familias y aportar antecedentes sobre el paradero de los detenidos desaparecidos.

Sin embargo, la importancia de la declaración de ayer es que dejó en una posición aún más offside a una derecha dura que experimentó una regresión total, seguramente arrastrada por el espejismo del 35% obtenido por Republicanos el 7 de mayo. Veinticuatro horas antes, hubo parlamentarios de ese sector que llegaron a cuestionar el Informe Valech o los resultados de la Comisión Rettig. Una derecha dura que no fue capaz de firmar un compromiso por el “Nunca más”, pese a que el ex Presidente Sebastián Piñera lo hizo. Una derecha dura que –como en los años 80– volvió a quitar del lenguaje la palabra golpe de Estado y la reemplazó por “acontecimientos” o “pronunciamiento”.

La derecha dura, que sigue atada al pasado y la dictadura, homenajeó a Pinochet –ya no les da vergüenza ni siquiera el caso Riggs–, afirmó que el bombardeo a La Moneda fue inevitable, y no quiso asistir a ningún acto oficial, pese a la presencia de presidentes de derecha como Luis Lacalle o el saludo afectuoso de la ultraderechista italiana Giorgia Meloni. Una derecha dura que no estuvo a la altura, que puso marcha atrás y que, incluso, desperdició la oportunidad de despejar el camino en un tema que les va a seguir penando, quién sabe hasta cuándo.

Conmiseración por la derecha dura chilena.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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