Opinión
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Liderazgo político y estabilidad emocional: una urgencia silenciosa
Normalizar liderazgos con fragilidad emocional estructural pone en riesgo la posibilidad de construir proyectos colectivos estables.
Desde la psiquiatría sabemos que no toda conducta visible es sinónimo de fortaleza, ni toda seguridad discursiva expresa convicción real. Sin embargo, en la política contemporánea pareciera haberse invertido el criterio: se premia la impulsividad, la agresividad y la simplificación extrema como señales de liderazgo.
Como profesional de la salud mental, me preocupa que estemos dejando de reconocer algo elemental: que la estabilidad emocional mínima no es un lujo moral, sino una condición básica para gobernar sociedades complejas.
No se trata de patologizar la política ni de exigir líderes sin conflictos internos. Se trata de comprender que ciertos rasgos de personalidad, cuando dominan el ejercicio del poder, deterioran la capacidad de pensar en colectivo.
El psiquiatra Otto Kernberg, uno de los principales teóricos contemporáneos del narcisismo, ha descrito cómo en las organizaciones narcisistas de la personalidad el yo se estructura en torno a una autoimagen grandiosa, frágil y dependiente de validación constante, con una marcada dificultad para integrar la ambivalencia, tolerar la crítica y reconocer límites. Cuando este tipo de funcionamiento se traslada al espacio del poder, la política deja de ser un espacio de deliberación y pasa a convertirse en un escenario de autoafirmación permanente.
El narcisismo exacerbado, la intolerancia a la crítica, la necesidad constante de admiración y la tendencia a dividir el mundo entre vencedores y enemigos no solo empobrecen el debate: erosionan las bases psicológicas del bien común. Kernberg describe, además, el uso frecuente de defensas primitivas como la escisión, la idealización y la devaluación, que simplifican la realidad para proteger una identidad frágil. En el plano político, estas dinámicas se expresan en discursos que absolutizan, personalizan los conflictos y convierten al adversario en amenaza moral, bloqueando cualquier posibilidad de cooperación o construcción colectiva.
En la clínica observamos que las personas con baja regulación emocional tienden a responder a la incertidumbre con defensas rígidas: buscan culpables, prometen soluciones totales, reducen la complejidad a consignas y confunden firmeza con omnipotencia. Algo similar ocurre cuando estos estilos se trasladan al liderazgo público. El resultado es una competencia deshumanizada por recursos para unos pocos, presentada muchas veces como vía populista, pero profundamente alejada de cualquier proyecto compartido de sociedad.
En este escenario, resulta relevante observar liderazgos que se atreven a ir contra esa corriente. El reciente discurso del primer ministro canadiense, Mark Carney, en el Foro Económico Mundial de Davos, llamó la atención no por su estridencia, sino por su sobriedad psicológica. Cuando afirma que “el antiguo orden no volverá” y que “la nostalgia no es una estrategia”, está expresando algo que en salud mental conocemos bien: aferrarse a ficciones tranquilizadoras puede aliviar momentáneamente la ansiedad, pero impide adaptarse a la realidad.
Desde una lectura psicológica, su llamado a “dejar de fingir” y a “llamar a las cosas por su nombre” apunta a desmontar defensas colectivas basadas en la negación. Las sociedades, al igual que los individuos, pueden organizarse en torno a rituales vacíos para no enfrentar pérdidas y cambios. El problema es que esas defensas, cuando se cronifican, terminan debilitando la capacidad de pensar y decidir. La honestidad, en este sentido, no es cinismo: es una forma de higiene mental aplicada a la política.
Existen otros ejemplos, en contextos muy distintos, de liderazgos que han encarnado esta cualidad. Jacinda Ardern, ex primera ministra de Nueva Zelanda, mostró que la empatía no es una emoción decorativa, sino una herramienta de cohesión social cuando se combina con decisiones claras y límites definidos. Su liderazgo en momentos de crisis no negó el dolor ni lo explotó, lo integró a una respuesta racional y colectiva.
Desde otra trayectoria histórica, Rigoberta Menchú, activista guatemalteca y Premio Nobel de la Paz en 1992, representa un tipo de liderazgo ético que también desafía el narcisismo. Su voz, surgida desde la violencia extrema y la exclusión, no se construyó sobre la venganza ni la glorificación del poder personal, sino sobre la dignidad, la memoria y la persistencia en la verdad. Psicológicamente, su liderazgo es notable por su capacidad de transformar el trauma en demanda de justicia, sin convertir el sufrimiento en mercancía política.
Estos liderazgos comparten un rasgo poco celebrado hoy: toleran la ambigüedad. No prometen soluciones mágicas ni se presentan como salvadores. Reconocen límites, aceptan la complejidad y sostienen la tensión entre principios y realidad. En psiquiatría, esta capacidad es un indicador de madurez psíquica; en democracia, una condición para gobernar sin dañar.
La pregunta incómoda es qué estamos premiando como sociedad al elegir a quienes nos conducen. Porque cuando dejamos de distinguir entre liderazgo y desborde narcisista, el costo no es solo político: es social, institucional y psicológico. Normalizar liderazgos con fragilidad emocional estructural pone en riesgo la posibilidad de construir proyectos colectivos estables.
La política no necesita más épica narcisista. Necesita, con urgencia, liderazgos capaces de pensar bajo presión, empatizar sin manipular y actuar sin negar la realidad.
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