Opinión
Archivo
Corromper lo público
Cuando una sociedad acepta que lo público es un recurso disponible para el uso personal del gobernante (aunque pague el menú) está dando el primer paso hacia algo más grave: la naturalización de que el poder otorga privilegios sobre lo común.
El pasado 10 de abril, el Presidente José Antonio Kast recibió en el Palacio de La Moneda a cerca de 70 excompañeros de Derecho de la Universidad Católica. En una reunión que el Gobierno calificó como “privada”, se citó al Palacio de Gobierno a los amigos del Mandatario a disfrutar de un almuerzo. Plateada al jugo, vino tinto, pavlova de frutos rojos en horario de jornada laboral y atendidos por personal de La Moneda.
El asunto llegó a la Contraloría y ya veremos qué dice, pero hay una pregunta más profunda que hacerse que la factura: ¿puede el Presidente usar como espacio privado el espacio público simplemente pagando la cuenta?, ¿qué consecuencias tiene en la cultura cívica?
Hannah Arendt, en La condición humana (1958), distingue con precisión entre lo público y lo privado. Lo público no es solo lo que financia el Estado: es el espacio de aparición compartida donde los ciudadanos se reconocen como iguales y donde el poder se ejerce ante todos. Lo privado, en cambio, es el retiro del mundo común, el ámbito de los afectos, donde la arbitrariedad es posible, las amistades, los vínculos particulares.
Los almuerzos con amigos personales o excompañeros no pertenecen al mundo público, sino al privado. La tensión entre ambos no se resuelve pagando: se resuelve entendiendo que ciertos espacios pertenecen estructuralmente a la comunidad y, por lo mismo, las actividades que en ellos se realizan (en horario y con personal funcionario público) deben apuntar al interés general, independientemente de quién cubra el costo del menú.
Por otra parte, La Moneda es un espacio patrimonial que simboliza el Poder Ejecutivo. Ese carácter no se suspende por decreto presidencial ni por el uso de la tarjeta de crédito personal. Cuando el Presidente convierte los salones del Palacio en comedor de reunión universitaria, no está ejerciendo un derecho doméstico, aunque resida allí, sino poniendo su privilegio íntimo personal por sobre lo común.
El problema no es solo legal, sino también político: Kast había argumentado vivir en La Moneda para “no generar más gasto al Estado”, pero lo que estamos viendo, por el contrario, es el uso de esos espacios para celebraciones y actividades que nada tienen de austero.
Esto da cuenta de una confusión categorial entre el mandato y la persona, entre la función pública y la vida privada. Este tipo de confusiones nos recuerdan un Estado premoderno, donde el poder y el abuso no son distinguibles. Arendt llamaba a esto la corrupción del espacio público: la indiferencia ante la distinción.
Y esa indiferencia tiene consecuencias. Lo que hoy parece una anécdota de mal gusto puede convertirse, con el tiempo, en precedente. La corrupción más grave no siempre se encuentra en actos escandalosos: se instala en los márgenes, en gestión y prácticas que se normalizan sin debate, en las fronteras que se desdibujan con la complicidad del silencio.
Cuando una sociedad acepta que lo público es un recurso disponible para el uso personal del gobernante (aunque pague el menú) está dando el primer paso hacia algo más grave: la naturalización de que el poder otorga privilegios sobre lo común.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Inscríbete en el Newsletter +Política de El Mostrador, súmate a nuestra comunidad para informado/a con noticias precisas, seguimiento detallado de políticas públicas y entrevistas con personajes que influyen.