Opinión
Formar ciudadanos o culpar a electores
La centroizquierda chilena, si quiere reconstruirse, debería abandonar el confort del lamento y volver a una tarea más lenta: formar cuadros, formar ciudadanía, formar conversación pública.
Cada derrota electoral tiene su abanico de explicaciones por parte de los derrotados. Se cierran las urnas, se termina el conteo de votos y aparecen los analistas dentro y fuera de los partidos. Lo hemos visto tras la elección de Kast y el triunfo de republicanos y Partido de la Gente en el Congreso. Luego comenzó el reparto de culpas, siempre ajenas.
Por cierto que la política se juega en medio de emociones y prejuicios, con campañas profesionales y golpes comunicacionales, pero cuando la centroizquierda empieza a explicar sus derrotas principalmente por la torpeza moral o intelectual de quienes no votaron por ella, deja de hacer política y empieza a practicar una forma consolatoria de superioridad, intelectual y moral.
La centroizquierda chilena debería cuidarse mucho de ese síndrome de vanguardia incomprendida.
Un texto que he leído, señala que antes de convocar elecciones democráticas hay que formar ciudadanos. La reflexión apunta a transiciones posdictaduras y al riesgo de creer que basta con entregar una papeleta para producir ciudadanía democrática. La advertencia es clara: votar no equivale automáticamente a comprender instituciones, deliberar, distinguir y apreciar liderazgos pluralistas y separar aparatos comunicacionales con capacidades reales de gobierno.
Chile, desde luego, no es una dictadura, pero sería un error creer que por tener elecciones periódicas, padrones amplios y una institucionalidad democrática reconocible, el problema de la formación ciudadana está listo y resuelto. Nuestra democracia tiene rutinas de décadas, pero no siempre tiene espesor político. Tiene votantes, pero no siempre ciudadanos suficientemente provistos de herramientas para discernir entre gesto televisivo y proyecto de país que, si me permiten el pesimismo, es prácticamente inexistente en las fuerza políticas en competencia. Solo urgencias del presente, de horizontes, nada. En esto, la centroizquierda variopinta tiene una responsabilidad mayor que la que suele reconocer.
La derrota presidencial de 2025 fue dura no solo por el resultado, sino por lo que reveló. Para la segunda vuelta, José Antonio Kast obtuvo una ventaja amplia sobre Jeannette Jara, en una elección que terminó de marcar el giro político del país hacia la derecha. Algunos análisis la describieron, como el peor desempeño presidencial de la centroizquierda chilena desde el retorno a la democracia. Se puede cuestionar el dramatismo de esa afirmación, pero no el hecho cierto que una parte considerable del país dejó de escuchar a la centroizquierda, o la escuchó y no le creyó.
Frente a eso, la explicación fácil ha sido tentadora. “Ganó el miedo”, “Ganó la ignorancia”, “Ganó la manipulación”, “Ganó la derecha porque comunica mejor”. El término “fachos pobres” es, en ese sentido, una pequeña monstruosidad política. No solo por su clasismo evidente, sino porque revela una concepción patrimonial del pueblo: la idea de que los sectores populares le pertenecerían naturalmente a la centroizquierda y que, cuando votan distinto, cometen una especie de traición cultural. Transforma al elector en un problema, cuando el problema principal de una fuerza democrática derrotada debería ser su incapacidad de hablarle de manera creíble a ese elector.
La derecha, es cierto, supo explotar miedos reales y también miedos fabricados. Supo ordenar en pocas palabras asuntos complejos: seguridad, migración, gasto público, autoridad, orden, crecimiento. Lo hizo muchas veces con simplificaciones, análisis gruesos y fórmulas discutibles. Pero la centroizquierda no puede contentarse con denunciar la simplificación ajena si no logra construir una pedagogía propia. En esto aparece el punto central de que la centroizquierda chilena ha dedicado demasiada energía a convocar electores y demasiado poca a formar ciudadanía.
La formación ciudadana no significa adoctrinar, como se ha visto en explícitos y a veces burdos intentos formativos. Al contrario, significa entregar herramientas para que las personas puedan mirar el poder con distancia, incluido el poder de quienes dicen hablar en su nombre. Significa explicar qué hace realmente el Estado, cómo se financia, por qué ciertas políticas públicas requieren tiempo, qué puede y qué no puede resolver un gobierno, dónde termina la promesa legítima y empieza la venta de humo practicada por tanto político criollo. Significa enseñar a distinguir entre autoridad democrática y autoritarismo, entre justicia social y reparto irresponsable, entre derechos sociales y administración eficaz del Estado.
También significa aprender a escuchar. Y escuchar no es hacer focus group ni ajustar frases de campaña según las encuestas. Escuchar es sobre todo interpretar, y aceptar que una persona puede tener miedo a la delincuencia sin ser fascista; puede criticar la inmigración desordenada sin ser xenófoba; puede desconfiar del Estado no porque quiera destruirlo, sino porque lo ha conocido en su versión burocrática, humillante o ausente. El votante popular que se aleja de la centroizquierda no necesariamente ha sido engañado, a menudo ha sacado conclusiones a partir de su experiencia.
La centroizquierda chilena, si quiere reconstruirse, debería abandonar el confort del lamento y volver a una tarea más lenta: formar cuadros, formar ciudadanía, formar conversación pública. No solo candidatos, no solo vocerías altisonantes en los pasillos del poder, sino cuadros capaces de entender el Estado desde dentro, municipios capaces de mostrar gestión, parlamentarios que sea más legisladores que influencers, partidos que eduquen en civilidad democrática en vez de funcionar como ocasionales máquinas electorales.
Esto último no es una diferencia menor. Un elector puede ser seducido por una temporada y luego se decepciona. En cambio, un ciudadano exige razones, y a partir de ellas aprende y decide. Puede ser largo y complejo formar dicho componente, pero sin ese ciudadano, la democracia queda reducida a una coreografía de papeletas, encuestas y emociones transitorias.
Chile necesita una centroizquierda que sea capaz de volver a hablar con el pueblo sin paternalismo, sin superioridad y sin miedo a revisar sus propios errores y limitaciones, a resolver su carencia de visiones de largo aliento y formación de líderes solventes. Porque antes de convocar electores, hay que formar ciudadanos, y antes de formar ciudadanos, la centroizquierda debe volver a formarse a sí misma.
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