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Salud mental juvenil y política social: el costo acumulado de no intervenir a tiempo Opinión

Salud mental juvenil y política social: el costo acumulado de no intervenir a tiempo

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Álvaro Jiménez, . Mauricio Avendaño, Martha Escobar Lux
Por : Álvaro Jiménez, . Mauricio Avendaño, Martha Escobar Lux Dr. Álvaro Jiménez, Universidad San Sebastián, Chile Dr. Mauricio Avendaño, Universidad de Lausanne, Suiza Dra. Martha Escobar Lux, Directora Salud Poblacional de la Fundación Santa Fe de Bogotá, Colombia
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La salud mental de los jóvenes no es solo un asunto del sistema sanitario: está profundamente entrelazada con las condiciones de vida de las personas, sus oportunidades educativas, su inserción laboral y la calidad de sus vínculos sociales.


La salud mental de adolescentes y jóvenes se ha convertido en uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo. A nivel global, la depresión y la ansiedad encabezan la carga de enfermedad, con un impacto profundo en el bienestar y el desarrollo de las nuevas generaciones. De hecho, el 75% de los trastornos mentales se inicia antes de los 25 años. En Chile, la 11ª Encuesta Nacional de Juventudes (2025) del Instituto Nacional de la Juventud (INJUV) confirma la magnitud del problema: un 34% manifiesta sintomatología ansiosa, un 27% depresiva y 1 de cada 10 jóvenes presenta síntomas ansioso-depresivos severos. A pesar de la reducción sostenida en la última década, el suicidio sigue figurando entre las principales causas de muerte entre los 15 y 29 años. Y, sin embargo, solo una pequeña parte de quienes lo necesitan accede a tratamiento, en una brecha amplificada por cobertura limitada, listas de espera, escasez de especialistas, desigualdades territoriales y barreras culturales y actitudinales como el estigma o la vergüenza. El resultado es previsible: trayectorias de atención tardías, sufrimiento acumulado y consecuencias concretas en la vida de adolescentes y jóvenes, como mayores tasas de fracaso académico o menores probabilidades de conseguir empleo.

El problema, sin embargo, no es solo de magnitud: tiene que ver, sobre todo, con la forma en que estamos respondiendo a él. La discusión en Chile ha tendido a concentrarse en las falencias de la atención especializada, pero la evidencia muestra que ese enfoque resulta incompleto si no incorpora de manera estructural la promoción, la prevención y el apoyo temprano articulado a programas sociales. El problema no es sólo cuántos servicios especializados existen, sino cuándo y cómo los jóvenes acceden a apoyo. Organismos como la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización Panamericana de la Salud (OPS) han promovido modelos de atención escalonada que buscan ampliar la cobertura mediante intervenciones de baja intensidad, accesibles y oportunas, muchas veces implementadas por actores no especializados (como pares capacitados o actores comunitarios). Estas estrategias no reemplazan la atención clínica, pero facilitan la detección temprana, la contención inicial y la derivación oportuna, reduciendo así la presión sobre los niveles más complejos del sistema.

En este contexto, el reciente anuncio del Ministerio de Desarrollo Social y Familia de reducir en cerca de un 60% el presupuesto del programa Hablemos de Todo de INJUV resulta preocupante. Más allá de las razones fiscales que puedan existir, recortar este tipo de intervenciones puede tener efectos que van en la dirección opuesta a la eficiencia del sistema. Cuando se debilitan los dispositivos de prevención y apoyo temprano, lo que ocurre no es una reducción del problema, sino su desplazamiento hacia intervenciones más complejas y menos costo-efectivas.

La salud mental de los jóvenes no es solo un asunto del sistema sanitario: está profundamente entrelazada con las condiciones de vida de las personas, sus oportunidades educativas, su inserción laboral y la calidad de sus vínculos sociales. Por eso, integrar acciones de salud mental en los programas sociales deja de ser un complemento opcional para volverse una condición indispensable: estos programas llegan a poblaciones que no buscan ayuda especializada por estigma, costo o distancia, y abordan los determinantes sociales que están en la raíz del malestar emocional. Articular programas sociales con modelos de intervención escalonados (que organizan la respuesta en niveles de complejidad creciente) e integrados a plataformas digitales permite cerrar brechas estructurales y llegar a tiempo durante una ventana crítica del curso de vida, como es el caso del chat de atención psicosocial Hablemos de Todo. En esta línea, la OMS ha destacado el valor de las tecnologías digitales en contextos donde el acceso a dispositivos móviles e internet supera al de los servicios de salud convencionales, impulsando globalmente estrategias remotas (líneas telefónicas, chats y plataformas web) que han demostrado mejorar el acceso, especialmente entre jóvenes que ya recurren naturalmente a lo digital como fuente de apoyo. Su valor no radica en reemplazar la atención presencial, sino en su capacidad de integrarse a redes más amplias, actuando como puerta de entrada, espacio de contención inicial y mecanismo de derivación.

Desde el año 2020, el programa Hablemos de Todo ha atendido a más de 80 mil jóvenes mediante un modelo digital y territorial que reduce barreras de acceso. Su chat psicosocial entrega contención, evalúa riesgos y deriva oportunamente; un 33% de consultas se vincula a ansiedad y depresión, y un 18% a riesgo suicida. Más de la mitad requiere contención o derivación. Este tipo de programas llegan precisamente a quienes no buscan ayuda en servicios especializados: jóvenes que enfrentan barreras económicas, territoriales o culturales, o que evitan el contacto con dispositivos clínicos por estigma o desconfianza.

Este tipo de programas sociales forman parte de una conversación más amplia sobre cómo reorganizar la respuesta en salud mental juvenil. La combinación de enfoques comunitarios, herramientas digitales y participación juvenil ha demostrado ampliar la cobertura, reduciendo la necesidad de intervenciones más complejas en etapas posteriores. Pero su valor no se limita a la atención individual: radica también en su capacidad de articular sectores (salud, educación, desarrollo social) e integrar dimensiones que el modelo clínico, por sí solo, no alcanza a cubrir. Por eso, alojar este tipo de programas en el ámbito del desarrollo social no es una simple decisión administrativa, sino una forma de alinear la intervención con la naturaleza del problema: los factores sociales que inciden en el bienestar de las juventudes.

El punto de fondo no es únicamente presupuestario. Tiene que ver con el tipo de arquitectura que estamos construyendo en materia de salud (mental) juvenil, y con el lugar que ocupa la evidencia en la toma de decisiones. La pregunta no es si podemos permitirnos invertir en este tipo de programas, sino si podemos permitirnos no hacerlo. En salud mental, el costo de no intervenir a tiempo no desaparece: se acumula y se desplaza hacia múltiples dimensiones del desarrollo. Porque sin salud mental no hay desarrollo social.

La evidencia muestra que los problemas de salud mental no abordados oportunamente en jóvenes erosionan el capital humano, al afectar trayectorias educativas –a través de deserción, bajo rendimiento o interrupciones formativas– y limitar la participación futura en el mercado laboral. Este deterioro no solo impacta en las oportunidades individuales, sino que también restringe el crecimiento económico. A ello se suman costos significativos para el sistema de salud, derivados de atenciones más complejas, prolongadas y tardías. En un escenario de alta demanda y recursos limitados, la experiencia internacional ofrece evidencia para sostener que invertir en prevención y apoyo temprano en salud mental juvenil reduce la necesidad de intervenciones más costosas en etapas posteriores.

La pregunta que queda abierta es si las decisiones actuales están a la altura de este conocimiento, o si persiste, una vez más, una brecha entre lo que sabemos y lo que hacemos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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