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La democracia entre las metáforas y las hipérboles Opinión

La democracia entre las metáforas y las hipérboles

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Juan Pablo Mañalich R
Por : Juan Pablo Mañalich R Profesor de Derecho Penal en Universidad de Chile
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Creo que no se ha prestado debida atención a lo que significa que, aunque después rectificara el lapsus, el Presidente de la República haya considerado apropiado etiquetar su compromiso de campaña como puramente metafórico.


En un acto organizado por la Cámara Chilena de la Construcción, el Presidente de la República declaró que su anuncio de campaña acerca de la velocidad con la que se haría efectiva la expulsión de inmigrantes irregulares habría consistido en una metáfora. Al día siguiente, en una conferencia de prensa, el Jefe de Estado volvió sobre el asunto para corregir esa caracterización, observando que, más que una metáfora, ese anuncio de campaña tendría que haber sido tomado como una hipérbole. Esto quiere decir que él habría simplemente exagerado la nota al hablar de ese modo. Así, al anunciar que trescientos mil inmigrantes en condición irregular serían expulsados apenas su gobierno entrara en funciones, el entonces candidato Kast se habría estado tomando una licencia retórica, presumiblemente consistente en sobredimensionar tanto la cantidad de las personas que serían expulsadas como la prontitud con la que ello ocurriría.

Creo que no se ha prestado debida atención a lo que significa que, aunque después rectificara el lapsus, el Presidente de la República haya considerado apropiado etiquetar su compromiso de campaña como puramente metafórico. El punto es importante, porque una metáfora consiste en algo que se dice para sugerir figurativamente algo distinto, que resulta solo evocado, pero no estrictamente connotado, por lo dicho. Una consecuencia de ello es que, cuando alguien habla metafóricamente, no lo hace con la pretensión de que su oyente tome lo que le está siendo comunicado según el significado que habría que atribuir a las palabras empleadas. Por eso, quien capta que algo que otro le está anunciando tiene que ser tomado metafóricamente, no puede después quejarse de que las cosas no hayan terminado siendo como el hablante le anunció que serían.

Dado esto, lo que vale la pena destacar no es que el anuncio en cuestión no tuviera que ser tomado literalmente. Lo notable es, más bien, que el ahora gobernante se haya permitido explícitamente admitir que la promesa electoral por él repetida hasta el cansancio a lo largo de la campaña fue emitida a través del uso de palabras cuyo significado no podría ser hoy esgrimido por sus gobernados para controlar si el actuar del gobierno que él encabeza es o no congruente con esa promesa. Esto, porque en realidad no hubo promesa alguna.

En una serie de columnas de opinión, José Joaquín Brunner ha advertido de la orientación políticamente autoritaria que se deja atisbar desde la instalación del actual gobierno. En esta reciente coyuntura lingüística aparece una muestra suficientemente clara de esa orientación. El Presidente Kast nos acaba de decir —asumamos que de manera no metafórica— que, al emitir la tal vez más enfatizada de sus promesas de campaña, él habría estado hablando de un modo que no lo dejaba sometido a la posibilidad de que sus gobernados le cobrasen la palabra. Esto equivale a observar que él entiende estar exento de la forma más elemental que puede asumir el control democrático del comportamiento gubernamental: las razones que él ofreció a sus potenciales electores para que estos le brindaran su confianza, y así su respaldo, no serían razones que ahora puedan ser invocadas para evaluar el cumplimiento de su mandato. Pero si esto es así, entonces la conclusión solo puede ser que nuestro uso de la palabra “mandato”, en referencia al quehacer del actual gobierno, también parece ser metafórico.

No creo que sea una hipérbole decir que esta es la primera vez, desde el término de la dictadura de Augusto Pinochet, en la que quien nos gobierna abiertamente pretende no estar sujeto al control de sus gobernados. La diferencia es que los gobernados por Pinochet nunca fueron sus electores.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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