CULTURA|OPINIÓN
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¿Qué país queremos?
Tal vez el desafío es volver a pensar. Más allá de las diferencias políticas y de las urgencias inmediatas, pensar como comunidad porque los países no los construyen solo los gobiernos, sino las personas que se atreven a imaginar cómo quieren vivir.
Creo que una de las preguntas más urgentes que deberíamos hacernos como país es simple, pero profunda: ¿qué país queremos?
En el marco del freno a la ampliación del teatro del GAM, la pregunta aparece con más fuerza. No se trata solo de un edificio ni de una inversión puntual. Se trata de una decisión sobre el tipo de sociedad que queremos construir.
Muchas veces sentimos y escuchamos admiración por Europa, o por ciertas ciudades de Estados Unidos, Australia o Nueva Zelanda, porque valoramos su calidad de vida, su desarrollo, su cultura. Pero pocas veces nos detenemos a preguntarnos si estamos dispuestos a hacer lo que esas sociedades hacen: invertir sostenidamente en el bienestar común.
Un teatro, lejos de ser un lujo, es una herramienta concreta de desarrollo porque impacta en la calidad de vida de las personas y no solo de quienes viven cerca, sino de toda una ciudad: activa el turismo, fortalece la economía local, dinamiza la hotelería, los restaurantes y los servicios, genera movimiento, encuentro, vida.
Pero, hay algo aún más profundo: un teatro es un espacio donde se construye comunidad. Un lugar donde nos reunimos en torno a algo que nos trasciende, donde aprendemos a escuchar, a observar, a emocionarnos, a convivir. La cultura nos transforma, incluso cuando no lo notamos. Nos transforma en la experiencia de compartir un mismo espacio, en el silencio, en la emoción, en la reflexión.
Hay también un efecto que pocas veces se menciona: cuando los espacios culturales se activan, las ciudades se vuelven más seguras porque las calles se llenan de personas, de familias, de encuentros. Y cuando las calles están llenas de gente, se llenan de vida. Y cuando hay vida, hay cuidado.
Hace algunos días tenía un fuerte dolor de cabeza. Dudé si ir o no a un concierto. Finalmente fui, y algo cambió. La música hizo su trabajo: me alivió, me transformó, me devolvió el bienestar. Eso también es lo que está en juego.
No invertir en cultura es, en el fondo, siempre un mal negocio. Y es una decisión que se sostiene en la incomprensión o el desconocimiento del impacto real que tiene el arte en la vida de las personas y en la construcción de las sociedades.
Tal vez el desafío es volver a pensar. Más allá de las diferencias políticas y de las urgencias inmediatas, pensar como comunidad porque los países no los construyen solo los gobiernos, sino las personas que se atreven a imaginar cómo quieren vivir.
Y quizás ahí está la clave: en atrevernos, juntos, a imaginar un país donde la cultura no sea un lujo, sino una base.
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