Opinión
Archivo (AgenciaUno)
Cuando un gobierno desconoce la diferencia entre valor y precio
Lo que plantean el presidente Kast y su equipo es lo usual en un discurso orgánico a la ultraderecha en el mundo. Salvando matices, fue lo que espetó Millas-Astray a Unamuno en Salamanca, con aquello de “muera la inteligencia”; lo que hizo Orbán en Hungría y propugna VOX en España.
Las semanas que han transcurrido desde el ascenso al gobierno de José Antonio Kast y su equipo han ido marcando la vida pública chilena con una serie de actos simplones, pero no por ello inofensivos. Sean las comparecencias impresentables de la vocera, las torpezas procaces de los ministros o el presidente usando La Moneda para agasajar cuates, son, entre otros, indicadores de una degradación ética inusual en la política chilena. En su discurso tecnocrático, el gobierno de la ultraderecha está banalizando lo público, un recurso imprescindible de la democracia, al reducirlo a la triste dicotomía de buenos y malos, caro y barato. En fin, confunde valor con precio.
Y ahora, a lo que quiero referirme: las declaraciones del mismísimo presidente cuestionando el valor de la cultura expresada en una de sus quintaesencias: el libro. Se le cita denunciando un supuesto despilfarro de dinero en las universidades: “hagámosle un seguimiento a todos los recursos que se han entregado en los centros de educación y veamos cuál es el resultado de esos recursos que hemos entregado… A veces 100 millones, 500 millones, para una investigación que termina en un libro precioso, empastado, en la biblioteca. ¿Cuántos trabajos generó? Ninguno”.
Es decir, que por esta vía se declaran supernumerarios a Newton, Leibniz, Darwin, Copérnico, Rousseau, Montesquieu, Marx, Polanyi y Schumpeter, entre otros. Y por costosos, detestables, a Gabriela Mistral, Neruda, Huidobro, Faleto, Maturana, Varela y Bengoa.
Las declaraciones no asombran por dos motivos. La primera, porque ya el gobierno de estas derechas –la “cobardita” y la ultra- han venido atacando la cultura y la educación, recortando presupuestos, paralizando obras vitales, cerrando programas académicos y declarando, como ahora, que la cultura y las ciencias solo sirven cuando reportan beneficios económicos inmediatos, es decir, cuando sirven a la acumulación capitalista que el presidente Kast coloca en el centro de su programa.
El segundo motivo es que tenemos un equipo de gobierno poco dado a las sutilezas intelectuales, menos aun a los rigores de la academia, incapaz de entender la diferencia entre un humedal y un terreno húmedo. Y lo que es más grave: que no se gasta la perspicacia de callar cuando desconoce.
Lo que plantean el presidente Kast y su equipo es lo usual en un discurso orgánico a la ultraderecha en el mundo. Salvando matices, fue lo que espetó Millas-Astray a Unamuno en Salamanca, con aquello de “muera la inteligencia”; lo que hizo Orbán en Hungría y propugna VOX en España. Y es, para tenerlo más cerca, el destrozo cultural y científico que está provocando Milei en Argentina.
Pero hay una diferencia. Milei asumió el poder en una sociedad descuartizada por la corrupción y la ineptitud del gobierno peronista. Kast se benefició de una manipulación brutal de algunos temas y de un cierto nivel de defraudación de un gobierno de izquierda que, sin embargo, administró muy bien al capitalismo, cuidó la democracia, y finalmente consiguió un 42% de apoyo para su candidata comunista en unas elecciones donde votar era obligatorio.
Chile no es una sociedad derrotada, ni en bancarrota, ni postrada. Y esta condición es un activo para que, desde todos los espacios públicos legales, hagamos entender al presidente Kast que los libros, la discusión intelectual, la vida académica autónoma son componentes esenciales de la democracia, de la autonomía social y de la propia existencia de la República.
Son, cosas que cuestan, pero valen. Y, como decía el poeta Machado, solo un necio confunde valor con precio. Nuestra sociedad entiende la diferencia.
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