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El Niño 2026: por qué el invierno puede importar más que la intensidad Opinión Crédito foto: Agencia Uno

El Niño 2026: por qué el invierno puede importar más que la intensidad

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Cristian Araya Cornejo
Por : Cristian Araya Cornejo académico Departamento de Geografía U. Alberto Hurtado.
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No se trata de una costa intacta capaz de absorber eventos extremos, sino de líneas litorales erosionadas, comprimidas por la urbanización y con menos margen para amortiguar el golpe.


El evento El Niño que se está configurando para 2026 importa, ante todo, por su temporalidad. No es solo una cuestión de intensidad. Si su peak coincide con el invierno austral, el impacto sobre los litorales arenosos de Chile no será el de un fenómeno aislado, sino el de un sistema que llega cuando la zona costera ya está sometida a su máximo estrés estacional.

Hoy existe una señal consistente en los principales sistemas de pronóstico climático. NOAA, el Centro Europeo de Predicción (ECMWF) e IRI-Columbia convergen en un escenario de desarrollo de El Niño durante 2026, con altas probabilidades de consolidación en el segundo semestre. Una onda Kelvin oceánica, un pulso de agua cálida que se desplaza bajo la superficie del Pacífico, ya está en propagación. La discusión sobre su intensidad exacta sigue abierta, pero hay algo más relevante: el momento en que ese calentamiento alcanzaría su máxima expresión.

En los grandes episodios históricos de El Niño (1982-83, 1997-98, 2015-16), el peak ocurrió en verano austral, cuando el régimen de oleaje ya había reducido su energía estacional. El escenario proyectado para 2026 es distinto. Si el fenómeno madura entre junio y agosto, coincidiría con la fase más energética del clima de oleaje en el Pacífico suroriental.

El punto crítico es claro: en invierno, los litorales arenosos ya están siendo erosionados por oleaje más energético, con menor tiempo de recuperación sedimentaria entre eventos. Si a eso se suma un nivel medio del mar más alto, el resultado no es lineal, sino acumulativo.

Lo preocupante es que ese sistema llega debilitado. De todo el litoral chileno, solo el 2% corresponde a litorales arenosos (playas y dunas), y el Centro UC Observatorio de la Costa ha documentado que cerca del 86% de estos ya presenta erosión . En varias playas urbanas de la zona central las tasas superan el metro por año, y en sectores como Algarrobo, Santo Domingo u Hornitos son considerablemente mayores. Dicho de otro modo: no se trata de una costa intacta capaz de absorber eventos extremos, sino de líneas litorales erosionadas, comprimidas por la urbanización y con menos margen para amortiguar el golpe.

Hay antecedentes concretos de esta combinación. El 8 de agosto de 2015, en pleno invierno y con El Niño aún en desarrollo, un sistema frontal extremo afectó la zona central. La coincidencia entre oleaje de alta energía, vientos intensos y un nivel del mar ya elevado generó inundaciones, daños y pérdida significativa de sedimentos en pocas horas.

El riesgo no es homogéneo. La mayor vulnerabilidad se concentra en Chile central, donde convergen alta energía de oleaje, litorales erosionados y fuerte presión urbana sobre la zona costera.

Lo que falta no es información sobre el problema, sino decisión para actuar sobre él. Chile sigue debatiendo una Ley de Costas moderna y adecuada a nuestras necesidades, mientras la urbanización y un sistema extractivista avanza sobre sistemas que deberían entenderse como dinámicos, no como superficies fijas. Ese marco ha demostrado ser insuficiente para proteger dunas, humedales y franjas de playa que funcionan como defensa natural. Mientras esa mirada no cambie, seguiremos autorizando usos intensivos en una franja que el mar puede reescribir de un invierno a otro.

El punto no es alimentar alarma, sino anticipación. Si bien la resiliencia de nuestros sistemas costeros se construye en el mediano y largo plazo, en el corto plazo aún hay margen para preparar sistemas de alerta y monitoreo, y para fortalecer la comunicación pública con base científica en las zonas costeras. Si el episodio de 2026 se fortalece, Chile no debería sorprenderse por marejadas más agresivas ni por playas más estrechas. Debería haberlas previsto.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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