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¿Serán las licencias de inteligencia artificial el nuevo impuesto al empleo?
La combinación de mayor costo de acceso, menor poder de negociación salarial y percepción de una brecha de productividad insalvable configura un terreno fértil para el descontento social y el auge de narrativas populistas que encuentren en la IA un chivo expiatorio conveniente.
En el último tiempo, el ecosistema de la Inteligencia Artificial (IA) ha subsistido bajo un esquema de altos niveles de subsidios a su uso. Gigantes del sector como Google y Anthropic han absorbido sistemáticamente los gastos operativos para asegurar su posición de mercado, comercializando suscripciones de alto nivel a tarifas que no reflejan el costo real.
Mientras un usuario paga una fracción mínima (por ejemplo, $100 USD al mes), el gasto efectivo para las compañías escala hasta cifras que pueden bordear los $2.000 USD. Esta etapa de acceso subsidiado enfrenta un punto de inflexión inminente: plataformas líderes como GitHub Copilot recientemente anunciaron su migración hacia esquemas de cobro por demanda efectiva de procesamiento, lo que marca el fin de la era de la inteligencia artificial de bajo costo.
Este cambio de paradigma plantea un dilema económico crítico para el mercado laboral. Si una licencia premium alcanza los $200.000 mensuales, su impacto sobre el costo laboral total de una posición de entrada no es trivial. Considerando las cargas que el empleador financia sobre el sueldo bruto —salud, cotizaciones previsionales, entre otros—, mantener a un analista recién egresado con $1.000.000 líquidos implica un costo real cercano a $1.250.000.
Agregar una licencia sobre ese total encarece el presupuesto efectivo de esa posición en aproximadamente un 16%, una proporción que ningún área de recursos humanos puede ignorar al momento de aprobar una contratación.
En la práctica, un gasto adicional de $200 USD mensuales funcionará análogamente como un nuevo impuesto al trabajo para profesionales. Al aumentar el costo base para mantener a un trabajador actualizado—especialmente en áreas ligadas a las con mayor potencial de aumentación debido a la IA—, las empresas se verán forzadas a cargar este costo indirectamente al presupuesto de contratación, reduciendo el margen para negociar sueldos de entrada y ralentizando la expansión de los equipos. Investigaciones recientes de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) ya aportan evidencia sistemática sobre cómo la IA será un potenciador de múltiples ocupaciones, lo que presupone que será imposible imaginar empleos sin uso de IA.
La tendencia no es una mera observación individual. Investigaciones recientes de la Organización Internacional del Trabajo aportan evidencia sistemática sobre el rol de la IA como potenciador transversal de ocupaciones, lo que hace cada vez más difícil concebir empleos al margen de estas herramientas. Al mismo tiempo, la disminución en la contratación de recién egresados universitarios—documentada en diversas economías desarrolladas, incluida la de Estados Unidos—sugiere que esta presión ya está en curso.
El resultado previsible es un mercado laboral juvenil más estrecho, con salarios iniciales más ajustados y una barrera tecnológica de entrada que pocos podrán costear de forma individual. La combinación de mayor costo de acceso, menor poder de negociación salarial y percepción de una brecha de productividad insalvable configura un terreno fértil para el descontento social y el auge de narrativas populistas que encuentren en la IA un chivo expiatorio conveniente.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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