Opinión
Lo que nos convierte en padres es el bebé
La escena contemporánea de la paternidad está llena de hombres que intentan habitar un lugar para el que nadie los preparo realmente.
Hace algunos años, la escena habría parecido excepcional. Hoy es completamente cotidiana: un padre empuja el coche mientras responde correos o WhatsApp desde el celular, lleva la mochila con mamaderas, conoce el nombre del pediatra y sabe exactamente cómo dormir al bebé cuando llora de madrugada. Alguna vez escuché a un padre contar que su hijo sólo se dormía oyendo canciones de Luis Miguel. Participa. Está. Acompaña. Sin embargo, algo de su presencia todavía parece vivirse en calidad de “visita”.
La escena contemporánea de la paternidad está llena de hombres que intentan habitar un lugar para el que nadie los preparó realmente. Se les exige involucramiento emocional, disponibilidad afectiva y presencia activa en la crianza, pero muchas veces sin ofrecerles un espacio simbólico claro desde donde ejercer esa función. Entre el viejo mandato del padre distante y el ideal moderno del padre sensible, pareciera que muchos hombres quedaron suspendidos en una especie de intemperie subjetiva.
Tal vez una de las preguntas más silenciosas de nuestra época no sea solamente cómo criar a un hijo, sino desde dónde un hombre llega a convertirse en padre. Durante décadas, la experiencia perinatal fue pensada casi exclusivamente desde la relación madre-bebé. Y aunque aquello permitió comprender profundamente la importancia de ese vínculo temprano, muchas veces dejó al padre ubicado en un lugar secundario: como apoyo práctico, acompañante o figura periférica dentro de una escena emocional que parecía no pertenecerle del todo.
Sin embargo, algo ha comenzado a cambiar. Hoy vemos hombres más presentes en controles médicos, talleres prenatales, consultas pediátricas y tareas de cuidado cotidiano. Padres que mudan, alimentan, contienen y participan activamente de la crianza desde el inicio. Pero la pregunta sigue siendo incómoda: ¿basta con estar presentes para encontrar un lugar?
Porque la transición hacia la paternidad no consiste solamente en aprender tareas nuevas. Tampoco se reduce a “ayudar” en la crianza. Convertirse en padre implica una transformación subjetiva profunda, muchas veces silenciosa, que no siempre encuentra palabras ni espacios donde poder pensarse.
Hay hombres que, tras el nacimiento de un hijo, experimentan angustia, desorientación, miedo o una sensación persistente de no saber exactamente qué hacer con lo que sienten. Otros viven con culpa, cansancio, frustración o incluso la ambivalencia que puede despertar la llegada de un bebé. Pero pocas veces hablamos de eso. La cultura todavía espera de ellos seguridad, estabilidad emocional y capacidad de sostén, incluso cuando internamente también están atravesando una experiencia radical de cambio.
Quizás por eso muchos padres quedan atrapados entre dos exigencias contradictorias. Por un lado, se les pide sensibilidad, conexión emocional y presencia afectiva. Por otro, todavía persiste una idea bastante antigua de masculinidad donde el hombre debe mantenerse firme, resolutivo y emocionalmente contenido. El resultado suele ser una experiencia vivida en soledad, incluso dentro de vínculos amorosos y familias presentes.
A veces pareciera que esperamos que los hombres sepan ser padres apenas nace un hijo, como si la paternidad fuera una función natural que aparece automáticamente. Pero no es así. Nadie nace padre. Y quizás una de las ideas más importantes que podríamos volver a pensar es precisamente esa: “lo que nos convierte en padres es el bebé.”
Es el encuentro cotidiano con ese otro pequeño y absolutamente dependiente lo que va produciendo algo nuevo en un hombre. La paternidad no se inaugura únicamente con el nacimiento biológico de un hijo/a, sino también con la posibilidad psíquica de dejarse afectar por esa experiencia. Hay padres que comienzan a sentirse “padres” semanas después del parto. Otros tardan meses o años. O incluso, en el peor de los casos, cuando se separan. Aun así, algunos recién logran apropiarse subjetivamente de ese lugar cuando el bebé los mira, los reconoce o los calma con su presencia. Y tal vez ahí exista algo profundamente humano que todavía cuesta admitir: también los hombres son vulnerables frente a la experiencia de cuidar.
En una época en la que hablamos constantemente de salud mental, bienestar emocional y vínculos, resulta llamativo lo poco que todavía pensamos la subjetividad masculina en torno a la crianza. Porque acompañar a los padres no significa desplazar a las madres ni competir por protagonismos. Significa reconocer que cada función parental atraviesa transformaciones, fragilidades y necesidades distintas.
La pregunta entonces no debería ser solamente cuánto participa un padre, sino también desde qué lugar emocional puede habitar esa experiencia. Quizás por eso se vuelve tan importante construir espacios donde la paternidad pueda ser hablada más allá de la caricatura del “papá moderno” o del simple reparto de tareas domésticas. Espacios donde los hombres puedan pensar sus temores, sus contradicciones, sus historias personales y también la manera en que fueron hijos antes de convertirse en padres. Porque criar no es únicamente una práctica. También es una experiencia psíquica, afectiva y generacional.
Y en medio de una cultura que constantemente empuja hacia la productividad, la rapidez y el rendimiento, la experiencia de un bebé muchas veces obliga a detenerse. A tolerar incertidumbre. A aceptar que no todo puede controlarse. Que habrá noches sin dormir, frustraciones, torpezas y momentos en que simplemente no se sabrá qué hacer.
Tal vez por eso los bebés producen algo tan movilizador. Porque interrumpen la fantasía contemporánea de autosuficiencia. Obligan a depender, a pedir ayuda, a esperar, a improvisar. Y en ese movimiento, muchas veces transforman también la manera en que un hombre se relaciona consigo mismo. No existe un manual definitivo para aprender a ser padre. Pero sí existe algo que suele hacer la diferencia: la posibilidad de sentirse incluido emocionalmente en esa experiencia.
Porque al final, la paternidad no se juega solamente en la presencia física ni en las tareas compartidas. También se juega en la posibilidad de encontrar un lugar subjetivo desde donde cuidar, sostener y dejarse transformar por otro. Y quizás sea justamente ahí donde comienza verdaderamente un padre.
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