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El juego que los adultos estamos dejando de ver Opinión imagen referencial

El juego que los adultos estamos dejando de ver

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Tonia Razmilic, Carolina Castro, María Jesús Viviani
Por : Tonia Razmilic, Carolina Castro, María Jesús Viviani Académicas Facultad de Educación UC – Docentes Pedagogía en Educación Parvularia
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Quizás el problema no es solo que los niños jueguen menos. Quizás también nosotros hemos dejado de reconocer el juego cuando lo vemos, y lo reemplazamos por acciones que nos den resultados más visibles o habilidades más medibles.


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Durante años hemos repetido que los niños y niñas aprenden jugando. Lo decimos en seminarios, lo investigamos, lo leemos en referentes del siglo pasado. Es un tema que sigue plenamente vigente. Sin embargo, cada vez escuchamos con más frecuencia que “los niños ya no juegan”.

Las familias llegan cansadas, las ciudades tienen menos espacios seguros para el juego libre, las agendas infantiles se llenan de actividades pensadas más en la comodidad del adulto que en la necesidad del niño. Y las escuelas, incluso desde edades muy tempranas, empujan a los niños hacia rutinas sedentarias: sentados, en silencio, completando páginas, siguiendo instrucciones, respondiendo rápido. Como si la infancia fuera una preparación urgente para la monotonía y la estandarización, en lugar del tiempo más fértil de la vida.

Entonces ocurre algo paradójico: nos preocupamos porque los niños “no se concentran”, “no toleran la frustración” o “solo quieren pantallas”. Pero quizás deberíamos preguntarnos primero cuánto espacio real les estamos dejando para jugar de verdad. No para consumir entretenimiento, sino para inventar, aburrirse, construir reglas, explorar y perder el tiempo sin objetivos productivos. Porque el juego infantil rara vez se parece a lo que los adultos imaginamos.

A veces el juego consiste en trasladar objetos de un lugar a otro, en organizar con cierta lógica lo que se encuentra en el camino. Y ahí hay algo profundamente importante. Un niño o una niña que colecciona piedras, no está haciendo “nada”: está observando diferencias, clasificando, recordando dónde encontró cada una, inventando historias. Está descubriendo que el mundo tiene texturas, formas, secretos y posibilidades. Pero en una época obsesionada con medir aprendizajes concretos y rápidos, el juego libre tiene algo incómodo: sus resultados no siempre caben en una prueba, una rúbrica o una fotografía para redes sociales.

Por eso el juego que inician los propios niños y niñas —las imaginerías, los inventos, las colecciones, los juegos de roles y de fantasía— necesita hoy ser defendido activamente. Porque vivimos en una cultura que sospecha del tiempo improductivo. Incluso la infancia comienza a organizarse bajo la lógica del rendimiento: aprender antes, leer antes, lograr antes. Pero los niños y niñas no descubren el mundo únicamente cuando alguien se los explica. También lo hacen cuando inventan reglas absurdas, construyen refugios con sábanas o convierten un palo en espada, edificando estructuras de pensamiento sólidas e irremplazables que el mundo adulto, con demasiada frecuencia, no sabe ver.

Las Bases Curriculares de Educación Parvularia lo dicen con palabras simples y profundas: el juego surge espontáneamente desde los propios niños y niñas, y responde a sus motivaciones internas. No ocurre porque un adulto lo diseñó. Ocurre porque existe curiosidad, porque hay deseo de explorar. Y para que ocurra, no hacen falta juguetes costosos ni espacios perfectos. Muchos de los mejores juegos infantiles necesitan muy poco: tiempo, permiso y adultos menos ansiosos. Un poco de agua. Una caja vacía. Un rincón de tierra. Alguien dispuesto a escuchar una historia larguísima sobre dinosaurios, caracoles o seres inventados.

Quizás el problema no es solo que los niños jueguen menos. Quizás también nosotros hemos dejado de reconocer el juego cuando lo vemos, y lo reemplazamos por acciones que nos den resultados más visibles o habilidades más medibles. Porque el juego infantil no siempre hace ruido ni se ve espectacular. A veces ocurre en silencio, mientras un niño guarda una piedra en el bolsillo con absoluta seriedad, convencido de que acaba de encontrar un tesoro. Y tiene razón. Porque esa piedra es evidencia directa de algo que no deberíamos permitirnos perder: su curiosidad innata, intacta, esperando que le hagamos espacio.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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