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La crisis de seguridad y su impacto en el mundo privado Opinión Archivo

La crisis de seguridad y su impacto en el mundo privado

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Chile probablemente avanzará durante la próxima década hacia un modelo híbrido de seguridad. El Estado mantendrá formalmente el monopolio de la coerción, pero una parte creciente de la prevención, la detección temprana y la administración cotidiana del riesgo descansará sobre capacidades privadas


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Durante años, las empresas chilenas entendieron la seguridad como un problema esencialmente operativo. Una función necesaria, pero de segundo nivel. Un costo destinado a proteger activos físicos, controlar accesos o reaccionar frente a incidentes visibles. Sin embargo, la magnitud de las transformaciones sociales, económicas y criminales que atraviesa el país comienza a volver insuficiente esa mirada. La seguridad está dejando de ser un asunto periférico de operación para convertirse progresivamente en un problema estratégico de supervivencia corporativa.

La crisis contemporánea de seguridad no solo expresa un aumento de delitos violentos. Refleja algo más profundo. La creciente dificultad de las sociedades modernas para administrar incertidumbre y riesgos cada vez más dinámicos. El crimen organizado, la delincuencia fuertemente armada, las economías ilícitas, las incivilidades urbanas y la velocidad tecnológica están modificando radicalmente la forma en que empresas deben pensar su propia estabilidad operacional.

Pero además existe otro fenómeno silencioso que comienza a inquietar crecientemente a los directorios y gerencias. La aparición de riesgos que hace pocos años simplemente no formaba parte de la planificación corporativa chilena. El estallido social de 2019 marcó un punto de inflexión histórico en esta materia. Muchas organizaciones descubrieron abruptamente que sus modelos de seguridad habían sido diseñados para administrar delitos tradicionales, pero no escenarios de desorden social masivo, interrupción prolongada de operaciones, ataques coordinados a infraestructura o de colapso urbano.

Algo similar comienza a ocurrir con fenómenos antes considerados ajenos a la realidad nacional, como la extorsión, el secuestro, las amenazas violentas organizadas o la infiltración criminal sobre cadenas logísticas y economías locales. La principal diferencia es que estos riesgos no impactan únicamente el patrimonio. También afectan reputación, continuidad operacional, confianza organizacional, decisiones de inversión y estabilidad corporativa.

En ese escenario, la seguridad privada ya no puede ser concebida únicamente como una actividad auxiliar. Comienza a transformarse progresivamente en una infraestructura estratégica de continuidad operacional, gobernabilidad corporativa y administración preventiva del riesgo.

Para muchos CEO y directorios, esta transformación aún no ha sido plenamente comprendida. Persisten modelos de contratación centrados casi exclusivamente en la reducción de costos, donde la seguridad continúa evaluándose principalmente por cobertura horaria, cantidad de personal desplegado o cumplimiento mínimo operacional, más que por la calidad real de las capacidades preventivas y de gestión del riesgo que la organización necesita. El problema ya no es simplemente patrimonial. Lo que está en juego es la capacidad de sostener operaciones complejas en entornos crecientemente inciertos y expuestos.

La pregunta relevante dejará de ser cuánto cuesta la seguridad. La verdadera pregunta será cuánto riesgo están dispuestas las organizaciones a absorber sin capacidades preventivas sofisticadas.

El guardia tradicional, concebido únicamente como presencia disuasiva de baja especialización, comienza a perder eficacia frente a fenómenos criminales complejos. La seguridad contemporánea exige perfiles capaces de interpretar conductas, detectar anomalías, administrar crisis y operar tecnologías avanzadas en contextos de alta presión e incertidumbre. Eso inevitablemente implica mayores estándares de formación, procesos de selección más rigurosos, especialización permanente y mejores remuneraciones.

El verdadero desafío para las empresas será exigir que mayores inversiones se traduzcan efectivamente en capacidades superiores de prevención, análisis y respuesta. La próxima década probablemente obligará a distinguir entre empresas de seguridad que simplemente proveen cobertura y aquellas capaces de ofrecer inteligencia preventiva, continuidad operacional y gestión avanzada del riesgo.

Pero esta transformación también abre interrogantes que exceden al mundo corporativo y comienzan a convertirse en preguntas estratégicas de país. La primera es cómo articular la seguridad privada con el sistema de seguridad pública sin generar fragmentación territorial ni formas silenciosas de privatización del orden. La expansión de capacidades privadas podría derivar en “islas de seguridad”, donde ciertos espacios corporativos, urbanos o comerciales logren altos niveles de protección mientras otros territorios permanezcan crecientemente expuestos y precarizados.

La segunda interrogante apunta al propio mercado de la seguridad. El desafío regulatorio de los próximos años probablemente no consistirá únicamente en fiscalizar cumplimiento administrativo. También deberá desarrollar mecanismos capaces de evaluar calidad real, inteligencia preventiva, estabilidad operacional, formación especializada, integración tecnológica y efectividad práctica de los sistemas de protección.

La tercera tensión es probablemente la más delicada. Si la profesionalización avanzada queda reservada únicamente para grandes corporaciones con alta capacidad financiera, la seguridad privada podría transformarse en otro factor de segmentación estructural de la sociedad chilena. Grandes empresas accederían a sistemas sofisticados de prevención y análisis, mientras pequeñas organizaciones, comercios o espacios urbanos periféricos operarían bajo esquemas crecientemente vulnerables. La discusión, entonces, dejará de ser exclusivamente empresarial, tensionando aún más el equilibrio entre capacidades privadas y responsabilidad pública.

En los próximos años, una industria que podría acercarse a las 9 mil empresas de seguridad, si mantiene el ritmo de crecimiento de la última década, enfrentará una profunda redefinición estructural de su negocio. Las compañías que continúen ofreciendo únicamente dotaciones masivas y vigilancia reactiva tenderán a perder relevancia frente a aquellas capaces de integrar inteligencia preventiva, análisis delictual, tecnologías predictivas, monitoreo avanzado y gestión adaptativa de incidentes. Ahí comenzará a concentrarse el verdadero valor estratégico de la seguridad privada.

Las salas de control dejarán progresivamente de ser espacios de simple observación para convertirse en verdaderos nodos de análisis operacional. La incorporación de inteligencia artificial, analítica de comportamiento, integración de alarmas y otros sistemas electrónicos permitirá anticipar eventos antes de su materialización. La seguridad comenzará a transformarse en una arquitectura de predicción y anticipación.

Esto producirá además un cambio cultural. Los gerentes de seguridad tenderán a incorporarse cada vez más a discusiones estratégicas vinculadas a continuidad operacional, reputación corporativa, resiliencia organizacional y gestión de crisis. La seguridad dejará de habitar exclusivamente el espacio operativo para integrarse al núcleo de las decisiones corporativas relevantes.

Paradójicamente, mientras más compleja se vuelve la sociedad, menos viable parece administrar la seguridad únicamente desde la reducción de costos. La vieja idea de la seguridad como gasto comienza lentamente a colapsar frente a una realidad donde la estabilidad operacional depende crecientemente de capacidades preventivas sofisticadas.

Chile probablemente avanzará durante la próxima década hacia un modelo híbrido de seguridad. El Estado mantendrá formalmente el monopolio de la coerción, pero una parte creciente de la prevención, la detección temprana y la administración cotidiana del riesgo descansará sobre capacidades privadas cada vez más sofisticadas.

En ese escenario, las empresas que continúen entendiendo la seguridad únicamente como un gasto operacional probablemente descubrirán demasiado tarde que la verdadera amenaza no era el costo de invertir en seguridad, sino el impacto de operar en entornos crecientemente dominados por la incertidumbre, la disrupción y la vulnerabilidad estratégica.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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