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El proceso de investigar en una sociedad impaciente Opinión Imagen referencial

El proceso de investigar en una sociedad impaciente

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Rocío Mayol Troncoso
Por : Rocío Mayol Troncoso Psicóloga, Doctora en Ciencias Biomédicas, Académica, Fundadora @cientificamente_mujeres y Experta Hay Mujeres
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Una sociedad que evalúa el conocimiento exclusivamente por su rendimiento económico inmediato no está siendo pragmática: está aplicando lógica de mercado a procesos que operan en una temporalidad radicalmente distinta.


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En esta columna quiero hablar de lo que significa investigar, porque creo que hay una imagen completamente equivocada de lo que ocurre cuando alguien hace ciencia. Investigar es un proceso reflexivo tremendamente complejo, incluye leer todo lo que se ha dicho antes, diseñar una metodología, recolectar datos, equivocarse, volver a empezar, someter el trabajo al juicio de pares. Es un proceso riguroso, lento, y frecuentemente frustrante.  Cuando termina en un libro, ese libro no es el fin del camino: es una contribución a una conversación colectiva que lleva décadas, a veces siglos. Esa conversación es la que produce, con el tiempo, las vacunas, los tratamientos, las tecnologías, las políticas públicas que sí se pueden fotografiar e inaugurar. El problema es que entre la pregunta y la aplicación pueden pasar veinte años, y ningún gobierno quiere esperar ese tiempo para mostrar resultados. Entonces se recorta lo que no tiene retorno inmediato, sin entender que estás cortando la raíz para que la ignorancia ocupe el lugar que dejó el conocimiento

Es imposible no referirme a la tan citada frase del presidente Kast durante uno de los encuentros ciudadanos “Presidente Presente”, realizado en Puerto Montt: “A veces 100 millones, 500 millones, para una investigación que termina en un libro precioso, empastado, en la biblioteca. ¿Cuántos trabajos generó? Ninguno.” Y señaló: “Puede ser un gran estudio, pero no se tradujo en nada, en trabajo concreto para las personas.”

La pregunta revela una confusión que vale la pena tomarse en serio, porque no es solo del presidente. Es una confusión cultural profunda sobre qué es el conocimiento, para qué sirve y cuándo se supone que debe rendir frutos. Escribir —investigar— no es producir un objeto. Es recorrer un proceso. Y ese proceso tiene etapas que, vistas por separado, parecen inútiles. La observación sin conclusión todavía. La hipótesis que aún no se confirma. El dato que contradice todo lo anterior. El marco teórico que obliga a repensar la pregunta inicial. Ninguna aparece en un titular. Ninguna tiene aplicación inmediata ni transferible. Y, sin embargo, sin cada una de ellas, no existe lo que viene después.

Miremos la historia. Era 1961, en un curso de la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile, un alumno levantó la mano para hacer una pregunta a su profesor Humberto Maturana: “Usted dice que los seres vivos comenzaron a existir en la Tierra hace 3.800 millones de años. Pero ¿qué comenzó hace 3.800 millones de años, de modo que usted puede decir ahora que los seres vivos comenzaron entonces?”

En lugar de improvisar una respuesta para salir del paso, Maturana contestó: “Si usted viene el próximo año, le propondré una respuesta.” No era evasión. Era honestidad intelectual: la pregunta no tenía respuesta todavía, y Maturana lo sabía. La pregunta básica que se hizo fue qué es lo vivo y qué muere. No cómo funcionaba un organismo, sino algo más radical: qué lo distingue de lo inerte. La pregunta no tenía aplicación industrial evidente. No generaba empleos. No producía patentes. Era, en el mejor sentido posible, una pregunta pura.

Maturana tardó años en contestarla. Se dio cuenta de que lo que ocurre en los seres vivos es que todas las moléculas que los componen se producen allí. Entran y salen, formando un remolino de producciones moleculares, de manera que las que se van produciendo anticipan la producción de las mismas. A eso lo llamó autopoiesis (sepan disculpar lo reduccionista que he sido en esta explicación) .

Por entonces Maturana trabajaba con el biólogo y ex alumno Francisco Varela. Juntos publicaron De máquinas y seres vivos. Autopoiesis: la organización de la vida (1973), un libro sofisticado y complejo que tuvo repercusiones que trascendieron la biología y alcanzaron la filosofía, la sociología y la teoría de sistemas, entre otras áreas el conocimiento. Aquellas reflexiones desembocaron en una nueva pregunta: ¿qué es el conocer? En El árbol del conocimiento (1984), Maturana y Varela entregaron una conclusión audaz: no vemos el mundo tal cual es, sino que nuestra experiencia del mundo está determinada por nuestra propia estructura. “Todo hacer es conocer y todo conocer es hacer”, escribieron, en una frase que condensa décadas de observación paciente, de experimentos con el sistema visual de la rana y de discusiones filosóficas.

Lo que hace valiosa la investigación no es sólo su producto final sino su proceso. Un investigador, una investigadora, que escribe no solo está produciendo conocimiento: está entrenando una forma de mirar. Está aprendiendo a sostener la incertidumbre sin abandonar la pregunta. Está construyendo la capacidad de distinguir entre lo que parece evidente y lo que realmente puede demostrarse. Esas habilidades no se improvisan y no se compran: se cultivan, lentamente, en conversaciones, en laboratorios, bibliotecas, aulas y trabajos de campo que rara vez aparecen en los noticieros. Ahí reside también parte del problema: lo que no se ve, difícilmente se defiende, que este proceso investigativo cada cierto tiempo se cuestione, también habla de un desafío que la propia academia no puede eludir. La pregunta por la utilidad del conocimiento no solo viene del presidente, también emerge, desde la sociedad civil, que observan con desconfianza universidades que se repliegan sobre sí mismas, que publican para sus propios pares y que pocas veces traducen sus hallazgos en soluciones concretas para problemas reales. Varela lo sabía. Pasó años construyendo puentes entre la neurociencia y la meditación budista, entre la biología y la filosofía continental, entre el laboratorio y la práctica clínica. Su trabajo en el Mind and Life Institute — junto a Adam Engle y el Dalái Lama— no fue una concesión al mercado sino una convicción profunda: el conocimiento que no dialoga con otros ámbitos se empobrece a sí mismo.

La academia tiene la responsabilidad de salir de sus cuatro paredes, de conectar con la industria sin perder independencia crítica. De hablar con la sociedad civil sin simplificar hasta el punto de vaciar el contenido. De demostrar, con hechos y no solo con argumentos, que la investigación no es un lujo de élites sino una infraestructura colectiva. Y ahí la comunicación científica y la prensa cumplen un rol que no es accesorio: es estructural. Cuando una científica o un científico no sabe explicar su trabajo a quien no comparte su jerga, y cuando un o una periodista no tiene las herramientas para traducir ese trabajo sin distorsionarlo, el conocimiento queda atrapado en un circuito cerrado que se vuelve invisible para la sociedad. Esa invisibilidad tiene un costo político concreto: alimenta la sospecha de que la investigación es un privilegio de pocos, un gasto sin retorno, un lujo. La divulgación no es un gesto de generosidad hacia el público. Es una obligación democrática. Y la prensa, cuando ejerce periodismo científico riguroso, no está haciendo un favor a la academia: está construyendo el puente sin el cual ninguna política de ciencia puede sostenerse en el tiempo. Cuando ese puente no existe, el cuestionamiento externo tiene algo de legítimo, aunque sus soluciones sean equivocadas.

Porque una cosa es recortar por necesidad fiscal y otra muy distinta es recortar porque se cree que el conocimiento que no genera empleo inmediato no vale. Lo primero es una decisión difícil que cualquier gobierno puede verse forzado a tomar. Lo segundo es una declaración sobre qué tipo de sociedad se quiere construir. Una sociedad que solo mide lo que produce en el corto plazo es una sociedad que difícilmente podrá avanzar. Los países que lideran la economía global no lo hacen por casualidad: invierten sistemáticamente en conocimiento básico décadas antes de ver el retorno. Algo muy distinto de lo que ocurre en Chile, en nuestro país se invierte el 0,4% de su PIB en investigación y desarrollo. El promedio de los países de la OCDE, el club al que aspiramos pertenecer, es el 2,7%. Esa brecha no es un problema de eficiencia ni de burocracia universitaria. Es una decisión acumulada de no tomarse en serio lo que no rinde en el corto plazo. 

Maturana advirtió en más de una ocasión que vivimos en una cultura que privilegia la competencia por sobre la colaboración, la eficiencia por sobre la comprensión, el resultado por sobre el proceso. Hemos construido una cultura fundada en la negación del otro, y esa negación nos aleja de la única condición que hace posible la convivencia humana. Una sociedad que evalúa el conocimiento exclusivamente por su rendimiento económico inmediato no está siendo pragmática: está aplicando lógica de mercado a procesos que operan en una temporalidad radicalmente distinta. Maturana no sabía que estaba reconfigurando la forma en que el siglo XXI entendería la vida, la cognición y el aprendizaje. Solo sabía que había algo en la pregunta de ese estudiante que no podía ignorar, y que valía la pena tomarse años para responderla. Eso es investigar. Y eso es, exactamente, lo que este gobierno deja de priorizar cuando anuncia recortes y cuestiona públicamente a quienes investigan, como si una sociedad pudiera permitirse dejar de pensar sin pagar ningún precio por ello. 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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