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Los riesgos de la ansiedad, las bondades de la reflexión: los dilemas del futuro universitario Opinión

Los riesgos de la ansiedad, las bondades de la reflexión: los dilemas del futuro universitario

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Juan Manuel Fierro B
Por : Juan Manuel Fierro B rector UFRO, Vicepresidente AUR
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La pregunta es si, en medio de la ansiedad por respuestas rápidas, estaremos confundiendo adaptación con superficialidad.


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Periódicamente, las sociedades reviven el saludable rito de volver a interrogarse sobre aquellas cuestiones que consideran fundamentales. En esta práctica confluyen, tanto la curiosidad intelectual, como la necesidad de renovar el sentido de vivir en comunidad, resguardar el progreso colectivo y atender los desafíos de cooperar a gran escala. Los dilemas que hoy enfrenta la educación, abordados en la privacidad del hogar, examinados por los medios, y expuestos con pasión en el debate público, hoy parecen haber adoptado la forma de una sola y fundamental interrogante: ¿puede la actual formación universitaria enfrentar las complejidades del presente y los dilemas del futuro?

Quienes se desempeñan en el mundo universitario, lideran la innovación a nivel global, se mantienen alertas a los potenciales excesos de los avances tecnológicos y tienen la enorme responsabilidad de conducir estados, no pueden sino responder afirmativamente a esta pregunta. 

Detengamos brevemente en la interrogante, su abordaje resulta tan urgente como particular. En el primer sentido, la irrupción de la inteligencia artificial, la transformación del trabajo y las nuevas opciones para certificar capacidades en formato veloz, han instalado la sensación que las formaciones tradicionales podrían haber perdido vigencia. Si ciertas habilidades pueden adquirirse rápidamente y algunas tareas comienzan a automatizarse, parece razonable preguntarse si la actual extensión de la formación universitaria sigue teniendo sentido.

La particularidad deriva del necesario escrutinio al que deben ser sometidos los argumentos de quienes han puesto en cuestión la vigencia del tiempo hoy invertido en la formación de profesionales. Cuando una sociedad comienza a medir la educación exclusivamente por su velocidad de retorno, corre el riesgo de empobrecer el debate y confundir la formación integral con la capacitación o el entrenamiento.  Hoy, lo verdaderamente decisivo no es qué tecnología reemplazará una tarea específica, sino qué capacidades humanas seguirán siendo indispensables para gestionar el cambio, cada vez más veloz, más arrollador y potencialmente deshumanizante.

Los expertos vaticinan que cerca del 39% de las competencias laborales caerán en la obsolescencia hacia 2030. Lejos de debilitar el valor de la educación superior, hoy resulta imprescindible profundizar el pensamiento crítico, la educación continua, y la integración de la diversidad, ensanchando los espacios y oportunidades para el despliegue del juicio ético y la reflexión moral. Este enfoque no constituye una reacción al tsunami tecnológico, forma parte de la idea misma de formación, del ser profundo de la universidad.

El desafío no consiste en preparar personas para una única función, sino imprimirles capacidades para vivir, con propósito y sentido, la incertidumbre. Las universidades deben formar talento adaptable, conectar con la innovación, incorporar nuevas tecnologías, abrir trayectorias formativas más flexibles, y fortalecer su conexión con el entorno productivo y social. Una universidad no existe solo para responder a demandas inmediatas del mercado; existe para ampliar horizontes intelectuales, agregar densidad valórica, producir conocimiento, formar ciudadanía y desarrollar capacidades para atender necesidades incluso antes de saber nombrarlas

En La Araucanía, esta discusión adquiere una dimensión aún más estratégica. Aquí, la educación superior no solo forma capital humano; también crea y construye capacidad territorial, investigación aplicada, innovación, salud, articulación social y oportunidades de desarrollo donde, históricamente, las condiciones han sido más desafiantes.

La pregunta, entonces, no es si la universidad debe cambiar. Por su puesto que debe hacerlo. La pregunta es si, en medio de la ansiedad por respuestas rápidas, estaremos confundiendo adaptación con superficialidad.

Cuando el futuro es incierto, la respuesta no es aprender menos, sino transformarnos para aprender mejor.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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