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Desafíos nacionales y locales: el rol de la academia regional Opinión

Desafíos nacionales y locales: el rol de la academia regional

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Luperfina Rojas Escobar
Por : Luperfina Rojas Escobar Rectora de la Universidad de La Serena y Presidenta Alterna AUR
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Fortalecer a las universidades regionales significa fortalecer las capacidades de los territorios para generar conocimiento, formar talento, impulsar la innovación y construir respuestas pertinentes a sus propias necesidades.


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Las transformaciones que experimentan nuestras regiones y el país plantean escenarios cada vez más complejos, que demandan reflexión, colaboración y visión de futuro. En este contexto, resulta indispensable analizar cuáles son las prioridades que debemos impulsar y qué instituciones están llamadas a contribuir de manera decisiva al progreso de nuestras comunidades.

Las sociedades contemporáneas enfrentan múltiples retos, profundamente interconectados entre sí. Seguridad, crecimiento económico, innovación, empleo, salud, educación, sustentabilidad ambiental, infraestructura, arte, cultura y patrimonio forman parte de una agenda que incide directamente en la calidad de vida de las personas y en las oportunidades de cada región. Aunque las necesidades varían según las características de cada realidad local, existe una aspiración compartida: avanzar hacia una sociedad más próspera, inclusiva y sostenible.

Para alcanzar ese propósito se requiere de instituciones capaces de generar conocimiento, formar capital humano, aportar evidencia para la toma de decisiones y mantener una estrecha vinculación con la ciudadanía. Precisamente allí radica el aporte histórico de las universidades, a través de la docencia, la investigación y su permanente compromiso con el entorno.

En Chile solemos observar a las instituciones de educación superior bajo una lógica relativamente homogénea, en parte impulsada por los estándares y exigencias de aseguramiento de la calidad establecidos por la Comisión Nacional de Acreditación (CNA). Sin embargo, esa mirada resulta insuficiente cuando se considera la diversidad geográfica, social y productiva que caracteriza al país.

Quienes recorren Chile pueden constatar que existen casas de estudio cuya identidad está profundamente arraigada en los lugares donde nacieron y se desarrollan. Son instituciones que no surgieron únicamente como proyectos académicos, sino también como una respuesta a las aspiraciones de sus habitantes. Fueron vecinos, organizaciones sociales, gremios y diversos actores locales quienes comprendieron que el crecimiento económico, social y cultural de sus regiones requería contar con entidades capaces de formar profesionales, generar conocimiento pertinente y proyectar las potencialidades de sus comunidades hacia el resto del país y el mundo.

La historia de las universidades agrupadas en la Agrupación de Universidades Regionales (AUR) constituye una muestra elocuente de ello. Su origen no está marcado por iniciativas comerciales, sino por la movilización y el protagonismo de la ciudadanía. Desde sus inicios, estas instituciones han estado estrechamente vinculadas a la reducción de brechas territoriales, al fortalecimiento de las capacidades regionales y a la promoción de una descentralización efectiva.

La experiencia internacional confirma esta realidad. Los países que integran la OCDE muestran que no existe progreso sostenible sin instituciones académicas sólidas, comprometidas con la excelencia y con una profunda pertinencia respecto de las necesidades de su entorno. Su contribución se expresa en la formación de profesionales, la generación de conocimiento, la innovación y el desarrollo de soluciones para problemáticas complejas.

No es casual, entonces, que muchas iniciativas públicas encuentren dificultades para alcanzar plenamente sus objetivos cuando prescinden de elementos fundamentales para su implementación. Toda política requiere personas con capacidades técnicas y sólidos valores; necesita sustentarse en evidencia científica y demanda la participación activa de la ciudadanía en su diseño, ejecución y evaluación. En cada uno de estos ámbitos, la academia constituye un aliado estratégico irremplazable.

A pesar de las dificultades que históricamente han enfrentado las universidades regionales —expresadas en el centralismo, en condiciones de competencia desiguales respecto de instituciones metropolitanas, en mercados más limitados y en esquemas de financiamiento insuficientes—, estas continúan siendo motores fundamentales del crecimiento de sus regiones. Son, además, fuente de identidad, orgullo y reconocimiento para las comunidades a las que sirven.

Por ello, resulta indispensable que las autoridades nacionales, regionales y locales reconozcan plenamente el valor estratégico de estas instituciones. Los grandes objetivos del país requieren una articulación efectiva entre el Estado, la sociedad y la academia. Sin esa colaboración será difícil fortalecer la descentralización, consolidar políticas públicas exitosas y avanzar hacia un desarrollo más equilibrado y sostenible.

En definitiva, el futuro de las regiones y el futuro de Chile forman parte de una misma ecuación. Fortalecer a las universidades regionales significa fortalecer las capacidades de los territorios para generar conocimiento, formar talento, impulsar la innovación y construir respuestas pertinentes a sus propias necesidades. Allí radica una de las claves para avanzar hacia un país más equitativo, descentralizado y con mayores oportunidades para todas y todos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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