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Bienal de Venecia 2026 y las crisis políticas Opinión Crédito foto: Samuel Toro

Bienal de Venecia 2026 y las crisis políticas

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Samuel Toro Contreras
Por : Samuel Toro Contreras Licenciado en Arte. Doctor en Estudios Interdisciplinarios sobre Pensamiento, Cultura y Sociedad, UV.
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En esta columna relataré algunos aspectos políticos de la Bienal de Venecia 2026, dejando para pronto el análisis de obras y lo “estrictamente artístico”.


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Al llegar a Venecia, me encuentro una ingente cantidad de conflictos relacionados con la geopolítica, la diplomacia y la cultura. El nuevo gobierno ultraconservador de Meloni logró que el pabellón de Israel volviera a abrir después de haber permanecido cerrado en 2024. Un año después, Anga (por sus siglas en inglés), manifestaron que no se debe compartir plataforma con un “Estado genocida”. Entonces, públicamente, el Pabellón de Israel fue calificado por muchos/as manifestantes como el “pabellón del genocidio” y se cerró en Giardini, custodiado por la policía, entre enfrentamientos físicos inéditos en la historia de la bienal. 

En abril de este año renuncia el jurado. Todas ellas tomaron la decisión días antes de la apertura, en protesta contra la presencia de los pabellones de Rusia e Israel en la muestra, pero, en realidad no fue porque estuvieran esos países representados, sino por una demanda que se desarrollaba por no considerar a esos pabellones en el premio. En los días previos a la renuncia, el presidente de la Fundación, Buttafuoco -nombrado por el mismo gobierno de Meloni- remarcaba que “el arte no debe excluir a nadie”. Para muchos artistas e intelectuales, la renuncia fue un acto de coherencia ética; para otros, fue más bien un oportunismo comunicativo, es decir, un “gesto político” en contra de la nueva dirección política italiana, pero que se convirtió en turismo político más que en acción efectiva. Lo interesante es que las renunciantes eran contratados por la Bienal -a sabiendas de la actual administración-, por lo que su dimisión hace que me pregunte si esto fue una protesta honesta o una jugada política oportunista. Buttafuoco, reaccionando rápido anunció que serían los visitantes quienes elegirían los galardones. En dos días se produjeron masivas protestas en Venecia, la primera -no tan masiva- por la presencia de Rusia, organizada por el colectivo Pussy Riot; la segunda, muy masiva y en las calles, fue pro Palestina en contra de la presencia del pabellón de Israel, apoyadas por sindicatos y colectivos de trabajadores culturales. Los llamados de ANGA también mencionaron al Pabellón de Estados Unidos como cómplice directo, pero no hubieron manifestaciones fuertes contra esto. 

Recordemos que en 2024 más de veinte mil artistas y trabajadores culturales firmaron una carta solicitando la exclusión de Israel de la Bienal, argumentando que una institución artística internacional no debía ofrecer representación estatal a un país acusado de genocidio en Gaza. La participación de Moscú sí tensó relaciones con la UE y países aliados de Ucrania, pero las fuertes polémicas y protestas de esta edición fueron la participación israelí. En todo esto -como suele suceder en tanto lugar común del sistema en qué aún vivimos- no dejé de ver, como sugería antes, mucho oportunismo comunicativo. El hecho de intentar socavar una institucionalidad, una vez aceptado y adquirido el rol, conlleva muchas contradicciones en un marco donde la relación arte-política “juega” a la geopolítica, a sabiendas de que las jurados, una vez en sus respectivos países, no solo se llenarán de entrevistas, y otras cosas, sino que regresarán a sus respectivos trabajos en museos, galerías, puestos de otras instituciones, etc., sin alterar el status quo, o sea, continuando con un tipo de convencionalidad donde no se ponen en riesgo grandes cosas. Ni siquiera han explicitado lo concerniente a un boicot institucional desde dentro. Todo esto es un debate, sea de consecuencia o no, pero que ha incluído una impulsividad oportunista. 

Sumado a lo anterior, más de la mitad de los/as artistas retiraron sus nombres de los premios en “solidaridad con el jurado”, sin embargo la fundación no los/as ha borrado de las opciones de votación por parte del público, lo que llevó a que muchos/as firmantes amenacen a la Bienal con acciones legales. En medio de todo esto llega, “inesperadamente” Björk con una sesión de DJ rave, generando una gran distracción fiestera.   

En esta confusa vorágine, en Chile, de forma muy apresurada e irresponsable, se mencionaba, por parte de algunos “agentes” locales (como Natalia Arcos), que Norton Maza, el representante chileno, no había firmado la carta, lo cual era completamente falso. En fin, entre cartas abiertas, amenazas de demandas y “shows mediáticos”, ya sabíamos que con Meloni esto era muy probable. Por su parte, la Fundación Bienal recalca que su misión es la “inclusión”, para sostener a ultranza la participación de todos. Esto levanta preguntas como, ¿hasta qué punto debe un evento de arte ser un espacio neutral?, ¿no ha quedado la Bienal convertida en la plataforma artística institucional más ruidosa del mundo, donde se libran disputas globales, en lugar de ser la instancia de reflexión crítica y encuentro a través de las artes? 

De Venecia y sus contradicciones 

La Bienal de Venecia nació en 1895, como acto celebratorio, y para incentivar turismo. Hoy, en 2026, ese legado proto-industrial tiene un fuerte giro “ciudadano”, pues los propios venecianos protestan contra el abuso turístico permanente. La gentrificación y la masificación han hecho de Venecia un lugar insostenible para sus habitantes, mientras estamos permitiendo (o incluso provocando) que el certamen “simbolice al extremo” un mundo fracturado. Este debate debiese ser, necesariamente, más profundo que lo considerado “correcto” o “incorrecto” de cada renuncia o “boicot institucional”, mientras desplazamos un ecosistema urbano veneciano. Pienso que se debe dejar a un lado el “espectáculo mediático” y discutir con seriedad si la Bienal debe revisar su narrativa institucional, o si continuaremos permitiendo, históricamente, que los poderes políticos definan los límites del arte. 

La exposición In Minor Keys abre sus puertas con una censura implícita, donde el arte se hace parte de las contradicciones y horrores del mundo. Y nosotros/as debiésemos reflexionar críticamente sobre qué consecuencias “reales” (pues se trata de política) generan estas convulsiones en el campo. Estas breves reflexiones terminan siendo pequeñas instancias en el aporte al debate de las bienales, y el arte “global” como entramados de conflictos que nos interpelan como lo que queda de las diversidades culturales.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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