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La verdadera reforma minera chilena ocurrió en silencio Opinión Archivo

La verdadera reforma minera chilena ocurrió en silencio

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Jessica Cuadros Ibánez
Por : Jessica Cuadros Ibánez Economista, consultora internacional y ex consejera del BID
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La pregunta decisiva ya no es quién tiene pertenencias mineras, sino quién tiene capacidad real de sobrevivir institucionalmente dentro del nuevo sistema, porque mientras Chile discute sobre litio, transición energética y crecimiento, el verdadero cambio minero ya comenzó silenciosamente.


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Hay algo extraño en el debate público chileno. Discutimos intensamente litio, transición energética, permisología, royalty, crecimiento e inversión. Pero casi nadie está hablando de una transformación mucho más profunda: está cambiando silenciosamente el criterio acerca de quién puede seguir existiendo dentro del sistema minero chileno. Y eso podría redefinir la pequeña minería, el poder territorial, los presupuestos municipales y buena parte del equilibrio político del norte chileno durante la próxima década.

La paradoja es enorme. La minería representa cerca del 14% del PIB chileno y más de la mitad de las exportaciones del país. En regiones como Antofagasta, Atacama o Tarapacá, la continuidad extractiva no es un asunto sectorial: es una condición de estabilidad territorial. Sin embargo, mientras el país discute el precio del cobre o las oportunidades del litio, ocurre otra cosa mucho menos visible. Las recientes reformas al régimen de patentes mineras están aumentando drásticamente las exigencias de acreditación, trazabilidad, continuidad documental y activación efectiva de pertenencias.

En teoría, la lógica parece razonable: evitar especulación pasiva y activar concesiones improductivas. El problema es que el nuevo régimen no selecciona solamente según productividad o capital. Selecciona crecientemente según capacidad de sobrevivir burocráticamente. Y eso cambia completamente el mapa del poder minero chileno, porque las grandes compañías poseen abogados, compliance, especialistas tributarios, gerencias ESG, equipos regulatorios y capacidad prácticamente infinita para absorber complejidad administrativa. La pequeña minería territorial, no.

Ahí aparece la verdadera fractura emergente del sistema: ya no entre minería y ambientalismo, ni siquiera entre Estado y privados. La nueva línea de división pasa por otro lado: quién tiene capacidad institucional para seguir funcionando dentro del nuevo régimen extractivo.

Eso explica algo muy interesante del actual Gobierno de José Antonio Kast, quien no está desmontando completamente las reformas mineras impulsadas en años anteriores: está intentando hacerlas políticamente viables. Y eso cambia completamente la lectura simplista del conflicto, porque el problema ya no es solamente más regulación o menos regulación. El problema es cuánto estrés administrativo puede soportar el sistema antes de comenzar a expulsar territorialmente a ciertos actores.

Eso incluye pequeña minería, asociaciones regionales, exploración de baja escala y comunas completas que viven indirectamente de continuidad extractiva, especialmente después del royalty. Ese, probablemente, es el cambio político más subestimado de todos.

En 2025, más de 218 mil millones de pesos fueron distribuidos a distintos municipios mediante fondos asociados al royalty minero. En Andacollo, los recursos del royalty aumentaron el presupuesto municipal en más de 40%. En Tierra Amarilla representaron cerca de una cuarta parte de los ingresos propios municipales. Es decir, la minería dejó de sostener solamente empleo, inversión o exportaciones. Comenzó también a sostener estabilidad presupuestaria territorial.

Y ahí aparece la paradoja más incómoda de todas. El royalty nació como mecanismo redistributivo, herramienta de justicia territorial y compensación para comunas mineras, pero al integrarse crecientemente a presupuestos municipales, empieza también a generar dependencia estructural de continuidad extractiva. Así, los municipios mineros comienzan lentamente a transformarse en actores interesados no solo en compensar externalidades, sino también en mantener producción, sostener inversión y evitar paralización del sistema.

Por eso el conflicto minero chileno ya no puede leerse de manera simple. No es Boric versus Kast. No es minería versus ambientalismo. No: es Estado versus privados. Es algo mucho más profundo. Chile está transitando hacia un régimen extractivo crecientemente basado en compliance, trazabilidad, acreditación y continuidad administrativa permanente.

Y en ese contexto, la pregunta decisiva ya no es quién tiene pertenencias mineras, sino quién tiene capacidad real de sobrevivir institucionalmente dentro del nuevo sistema, porque mientras Chile discute sobre litio, transición energética y crecimiento, el verdadero cambio minero ya comenzó silenciosamente. Y probablemente sobrevivirá quien logre sostener burocráticamente el futuro.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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