Opinión
Papá también cambia
Hay algo del encuentro con un bebé que modifica la percepción del tiempo, del cuerpo y de los vínculos. Muchos hombres comienzan a experimentar formas nuevas de sensibilidad precisamente cuando se ven obligados a cuidar de otro completamente dependiente.
Son las tres de la mañana y un papá camina en círculos por la habitación con su bebé en brazos. Lleva veinte minutos intentando dormirlo mientras prueba fórmulas absurdas que jamás imaginó usar en su vida adulta: moverlo suave, cantar canciones antiguas, balancearse al ritmo de una melodía improvisada. Afuera todo parece igual, la ciudad, el trabajo, las cuentas pendientes, pero algo en él -que no sabe- ya comenzó a modificarse silenciosamente.
Durante mucho tiempo pensamos la paternidad como una función social más que como una experiencia de transformación. El hombre “aprendía” a ser padre, pero en lo esencial permanecía intacto. La madre cambiaba; el padre acompañaba. La biología parecía ocurrirle únicamente a ella.
Sin embargo, hoy sabemos algo profundamente incómodo para ciertas ideas tradicionales de masculinidad: el nacimiento de un hijo también transforma el cuerpo, las emociones y hasta el cerebro de un hombre. Y quizás esa constatación no sólo habla de neurociencia. También dice algo importante sobre la subjetividad contemporánea y sobre la dificultad cultural que todavía tenemos para pensar a los hombres desde la vulnerabilidad, el cuidado y la dependencia afectiva.
Durante décadas, la ciencia sostuvo que únicamente el cerebro materno atravesaba modificaciones importantes con la llegada de un bebé. El padre quedaba reducido a una especie de aprendizaje social: acompañar, proveer, ayudar. Pero investigaciones recientes muestran algo muy distinto. Cambios hormonales, disminución de testosterona, aumento de prolactina y oxitocina, reorganizaciones cerebrales asociadas al cuidado y una mayor sensibilidad emocional forman parte también de la experiencia paterna.
Lo interesante es que muchas de estas transformaciones no ocurren automáticamente. Se activan en la experiencia del vínculo. En el contacto repetido. En las noches sin dormir. En cargar al bebé, mudarlo, jugar, contenerlo, improvisar formas de calmarlo. Es decir, la paternidad no aparece simplemente porque nace un hijo/a; se va construyendo en la experiencia cotidiana de contener y cuidar. Y quizás ahí exista algo profundamente movilizador para muchos hombres. Porque cuidar transforma.
No solamente porque reorganiza hábitos o prioridades, sino porque altera la forma en que un hombre se relaciona consigo mismo. La experiencia de un bebé introduce dependencia, vulnerabilidad, incertidumbre y una intensidad afectiva difícil de controlar. Algo particularmente complejo en una cultura que históricamente ha educado a muchos hombres para funcionar desde la autonomía, el rendimiento y la autosuficiencia emocional.
Tal vez por eso algunos padres describen la llegada de un hijo como una experiencia difícil de nombrar. Hay amor, por supuesto, pero también cansancio, miedo, desconcierto e incluso momentos de profunda fragilidad subjetiva. Sin embargo, todavía hablamos poco de eso. Persisten ciertos modelos silenciosos de masculinidad donde el hombre debe sostener emocionalmente a otros sin mostrar demasiado cuánto lo afecta a él mismo la experiencia. Como si la sensibilidad paterna fuera aceptable sólo mientras permanezca controlada, eficiente y funcional.
Pero un bebé rara vez funciona bajo esas coordenadas. Un/a hijo/a pequeño/a interrumpe horarios, rompe rutinas, altera el sueño y obliga a convivir con niveles de incertidumbre que muchas veces desarman la fantasía de control. De algún modo, la experiencia de cuidar confronta a los hombres con aspectos de sí mismos que no siempre habían necesitado mirar: la paciencia, la dependencia emocional, la ternura, la frustración, el agotamiento o incluso “el miedo a no estar a la altura”. Quizás por eso resulta tan significativo que hoy la neurociencia comience a mostrar algo que muchas experiencias cotidianas ya intuían: el padre también cambia.
Y aunque podría parecer una obviedad, culturalmente no lo es tanto. Porque durante mucho tiempo la masculinidad fue pensada como una identidad relativamente fija, resistente a la transformación emocional profunda. El hombre debía adaptarse a las circunstancias, pero no ser afectado demasiado por ellas. Hoy hay una paternidad que viene a desmentir silenciosamente esa idea.
Hay algo del encuentro con un bebé que modifica la percepción del tiempo, del cuerpo y de los vínculos. Muchos hombres comienzan a experimentar formas nuevas de sensibilidad precisamente cuando se ven obligados a cuidar de otro completamente dependiente. Y quizás ahí aparece una paradoja interesante de nuestra época: mientras culturalmente seguimos premiando la productividad y el rendimiento individual, la experiencia de un/a hijo/a obliga a detenerse, esperar, repetir, tolerar frustraciones y aceptar que no todo puede resolverse rápido. Cuidar a un bebé implica entrar en un tiempo distinto.
Un tiempo donde dormir tres horas seguidas puede sentirse como un triunfo, donde una canción repetida veinte veces adquiere sentido y donde el cuerpo empieza a organizarse en torno a las necesidades de otro. Algo de esa experiencia desarma también ciertas fantasías narcisistas contemporáneas. Porque un bebé no reconoce, logros profesionales ni éxitos personales. Sólo necesita presencia, disponibilidad y cuidado.
Tal vez por eso algunos hombres sienten que la llegada de un/a hijo/a los vuelve más sensibles, más vulnerables o incluso más temerosos. No necesariamente porque se debiliten, sino porque la experiencia afectiva comienza a ocupar un lugar más central en sus vidas. Y quizás esa sea una de las transformaciones menos visibles, pero más importantes, de la paternidad contemporánea.
Porque hablar de padres presentes no debería reducirse únicamente al reparto de tareas o a quién “cambia más pañales”. También implica reconocer que los hombres pueden ser profundamente afectados por la experiencia de cuidar y que esa transformación merece ser pensada, hablada y acompañada.
Tal vez ahí exista una oportunidad distinta para nuestra época. No la de construir padres perfectos ni modelos idealizados de masculinidad sensible, sino la posibilidad de aceptar algo mucho más simple y humano: que cuidar a otro también transforma a quien cuida.
Y que, a veces, un hombre comienza verdaderamente a convertirse en padre mientras camina de madrugada por la pieza intentando hacer dormir a un bebé que no deja de llorar.
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