Opinión
Crédito foto: Agencia Uno
Gobernar sin convicción
Boric y Kast son los presidentes más ideológicamente definidos que ha tenido Chile en décadas, y los dos moderaron su programa apenas empezó a costar.
Este año José Antonio Kast asumió con una aprobación alta, como suele ocurrir con cualquier presidente entrante. A los pocos meses, las encuestas muestran un descenso marcado, con repuntes parciales asociados a momentos puntuales como la Cuenta Pública, sin que el gobierno logre todavía recuperar el respaldo inicial de forma sostenida.
Cuidado con la lectura de ese dato: Kast lleva apenas un cuarto del tiempo que gobernó Boric, así que lo que para uno puede ser un balance casi cerrado, para el otro es todavía un proceso en marcha.
Ese vaivén revela algo más de fondo que una curiosidad de las encuestas: un gobierno que entra con una convicción declarada y que, apenas el costo político empieza a sentirse, busca cómo administrar la caída en lugar de sostener lo que prometió
La tentación es buscar la explicación en los errores de gestión: el alza del combustible, los recortes presupuestarios mal comunicados, la promesa migratoria que no se pudo cumplir. Todos esos factores existen y tienen peso. Pero hay una pregunta anterior, más incómoda: ¿estaban Boric y Kast realmente dispuestos a gobernar con el programa con que ganaron, o los programas sirvieron para ganar y luego fueron otra cosa?
La explicación institucional es la más frecuente y la más cómoda: Chile tiene un Congreso fragmentado, quórums supra mayoritarios, un Tribunal Constitucional activo y una arquitectura política que premia el empate, y en ese marco cualquier presidente con un programa ambicioso va a encontrar resistencia.
El argumento es cierto, pero no explica por qué los presidentes ceden antes de que esa resistencia se materialice.
Boric moderó su programa económico durante la campaña, no en el gobierno, cuando las encuestas mostraron que el electorado de centro y los mercados se incomodaban con algunos de sus compromisos más radicales, presionado más por sus propios asesores —que le advirtieron del costo electoral— que por el Congreso o el Tribunal Constitucional.
Algo similar ocurrió con la Convención Constitucional: cuando el proceso comenzó a perder apoyo ciudadano, el gobierno tomó distancia del texto en lugar de salir a defenderlo, y la derrota del plebiscito de salida terminó siendo también, en parte, la derrota de un gobierno que no se atrevió a apostarlo todo por su propio proyecto.
Y sin embargo, hay que ser justos con un episodio anterior que muestra que Boric sí fue capaz de jugarse por una convicción cuando le tocó. El 15 de noviembre de 2019, siendo diputado, firmó el Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución a título personal, en contra de la posición de su propio partido, Convergencia Social, que decidió no suscribirlo. La decisión le costó caro: provocó una crisis interna, la renuncia de decenas de militantes, y él mismo puso su continuidad en el partido a disposición del tribunal interno para que decidieran si lo expulsaban.
Liderar es eso, en parte: estar dispuesto a pelear con el propio sector cuando uno cree que la decisión correcta lo exige, y asumir el costo en lugar de esquivarlo. El problema es que, ya en el gobierno, esa misma disposición a jugársela por sus convicciones aparece con mucho menos frecuencia que en aquel noviembre de 2019.
Kast repite el patrón desde el otro extremo ideológico. La promesa de expulsar 300 mil migrantes el primer día de gobierno es hoy, casi insólitamente y según sus propias palabras, una metáfora. El equilibrio fiscal que iba a demostrar la seriedad del ajuste fue descartado por el propio presidente antes de que terminara el primer trimestre. Los recortes que iban a mostrar la motosierra en acción generaron cacerolazos y una caída de aprobación que el gobierno no supo ni quiso absorber, y en todos esos casos la respuesta fue parecida: matizar el relato, suavizar la promesa, buscar una salida comunicacional en lugar de salir a defender el programa con el que había ganado.
Hay que reconocerle a Kast, sin embargo, algo que en estos meses ha mostrado y que conviene no pasar por alto: capacidad real de manejo de agenda pública en momentos puntuales, y un manejo comunicacional de la primera Cuenta Pública que le permitió recuperar parte del terreno perdido tras el desgaste de los primeros meses.
Eso no resuelve el problema de fondo, pero sí matiza la comparación con Boric: todavía hay margen, y elementos concretos, para que el balance de Kast termine siendo distinto al de su antecesor.
Las encuestas de las últimas semanas muestran algo más profundo que desaprobación de gestión: una creciente desconfianza en la sinceridad del propio presidente. La ciudadanía empieza a percibir que buena parte de lo prometido en migración no se va a concretar, y esa percepción no es un dato cualquiera, porque Chile no está rechazando el programa de Kast principalmente por razones ideológicas sino concluyendo, encuesta tras encuesta, que el programa nunca fue del todo serio.
Esa distinción importa, porque un presidente puede recuperarse de la desaprobación cuando los resultados empiezan a ser visibles, mientras que la percepción de que prometió lo que sabía que no podía cumplir es mucho más difícil de revertir: ya no es una evaluación de gestión sino una evaluación de carácter.
El episodio del CAE de la semana pasada ilustra el problema con claridad. Las encuestas muestran a una ciudadanía dispuesta a respaldar que el Estado cobre lo que se le debe, siempre que el argumento sea claro y consistente, y el problema de Kast no es que la gente rechace el cobro de la deuda, sino que, la misma semana en que el gobierno endurece el cobro a los deudores del CAE, el debate sobre el secreto bancario muestra al sector político y empresarial cercano al gobierno resistiéndose a una fiscalización equivalente sobre la banca.
Rigor para unos, ambigüedad para otros, en lo que termina siendo exactamente el tipo de incoherencia que erosiona la credibilidad de cualquier programa, sin que haga falta una sola cifra para advertirlo.
Hay una dimensión en este fenómeno que el análisis electoral suele subvalorar. En Chile, los programas presidenciales no los leen los votantes, los sienten, y lo que la ciudadanía evalúa no es la coherencia técnica de las propuestas sino la señal que emite el candidato sobre quién es y a quién representa.
Boric representaba para su base la promesa de un Chile distinto al de la Concertación. Kast representaba para la suya la promesa de un orden que la izquierda había roto. Ambas promesas eran más culturales que programáticas.
El problema es que gobernar requiere algo más que señales: requiere defender con fuerza las ideas que se prometieron, incluso cuando defenderlas cuesta apoyo. Eso no significa imponerlas sin negociar ni hacer oídos sordos a la realidad. Significa que, cuando un gobierno cree de verdad en lo que prometió, debe sostenerlo frente a la presión de su propio sector y frente a la caída de popularidad, en lugar de abandonarlo a la primera señal de costo político.
Esa capacidad, que en ciencias políticas se llama simplemente liderazgo, es la misma que Boric mostró aquel 15 de noviembre cuando decidió firmar solo, contra su partido, sabiendo que podía costarle la carrera política que recién empezaba.
Boric y Kast llegaron con más energía transformadora que sus antecesores y con menos paciencia para absorber el desgaste, y los dos descubrieron, en sus respectivos momentos, que la convicción sin capital político construido pacientemente es, en el mejor de los casos, retórica bien intencionada.
Boric al menos defendió algunas de sus reformas hasta que el Congreso las bloqueó, y ese balance, con el mandato ya terminado, es el que es.
Kast lleva un cuarto del camino recorrido, y aunque hasta ahora cede más rápido de lo que conviene, todavía tiene tiempo y herramientas para que la historia termine siendo distinta.
Boric y Kast son los presidentes más ideológicamente definidos que ha tenido Chile en décadas, y los dos moderaron su programa apenas empezó a costar.
La diferencia es que el balance de Boric, después de cuatro años, ya está prácticamente cerrado. El de Kast, con apenas unos meses de gobierno, todavía se está escribiendo.
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