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La ciencia aplicada en Chile es una carrera de fondo que empieza a dar frutos Opinión

La ciencia aplicada en Chile es una carrera de fondo que empieza a dar frutos

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Camila Fernández
Por : Camila Fernández Directora del Centro de Investigación Oceanográfica COPAS Coastal Investigadora del Centro OCEANO Universidad de Concepción Investigadora del Observatoire océanologique de Banyuls sur Mer
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La ciencia aplicada no es una promesa futura ni una novedad en Chile. Desde hace años convive con la investigación básica, genera innovación, impulsa emprendimientos y conecta academia, Estado e industria. El desafío, es reconocer y acelerar ese proceso.


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La ciencia tiene algo de magia. Nos entretiene, nos asombra y nos hace confiar en que somos capaces de comprender el mundo en que vivimos.

Al igual que la energía, el proceso científico no se detiene ni desaparece: se transforma.

Sostengo esto desde un principio fundamental basado en la definición misma de la ciencia: un conjunto de conocimientos estructurados, objetivos y verificables sobre el universo, obtenidos mediante la observación, la experimentación y el razonamiento. En otras palabras, la ciencia es ciencia. Ya sea básica, aplicada o ciudadana, toda ella forma parte de la misma esencia.

A pesar de que esto puede parecer evidente, últimamente vemos que esa “magia” pasa casi desapercibida en el contexto nacional. Hoy se ha instalado una narrativa que mira a la ciencia aplicada como si fuera una frontera inexplorada; algo novedoso por descubrir e implementar en Chile. Esa mirada tendría sentido en un país donde dicho proceso no existiera, o en este mismo territorio hace 20 años.

Sin embargo, la ciencia aplicada ya habita en nuestro ecosistema. Lleva años existiendo y conviviendo con las demás manifestaciones del método científico. De hecho, en el sistema CTCI chileno —así como en casi todo el mundo— la ciencia fundamental y la aplicada no son disciplinas opuestas, sino que forman un continuum interconectado. Mientras la ciencia fundamental se pregunta el “por qué” y el “cómo” funcionan las cosas, la ciencia aplicada toma esos principios y responde “cómo podemos usarlos” para crear soluciones en el mundo real.

Como siempre, mi ejemplo más cercano está en la oceanografía y las ciencias marinas, donde Chile es una potencia científica cuyo epicentro se encuentra en la Región del Biobío.

Aunque usted no lo crea, centros como COPAS Coastal, el centro de investigación oceanográfica del Pacífico Sur Oriental, ya llegaron a esta misma conclusión. De hecho, llevan ya algunos años preparando el terreno, operando desde la generación de conocimiento de frontera y su aplicación; formamos capital humano, aumentamos la observación y el desarrollo tecnológico y, desde 2021, lo transferimos hacia empresas de base científica que ya abundan en Chile, especialmente en regiones.

Este año inauguramos en el Biobío el evento “Confluencia”, un espacio donde convergieron la academia, el sector privado y el sector público para hablar de algo que aún sorprende a algunos: negocios. Sí, ciencia y negocios; no como una excepción, sino como una costumbre ya instalada.

En mi rol puedo mirar el quehacer de COPAS como un todo. Al hacerlo, me doy cuenta de que somos un programa que acelera el ciclo completo de la transferencia: desde la etapa escolar hasta la salida al mundo productivo, ya sea mediante la formación de expertos o el desarrollo de productos escalables. Esto implica un contacto directo con empresas y el potencial latente para crear nuevas startups. Algo que hace 20 años era impensable, hoy resulta completamente natural. Eso es exactamente lo que el mundo conoce como un hub de innovación oceánica; solo que aquí nadie lo ha dicho con esas palabras (nosotros sí, lo llamamos MOTOR; www.copas-coastal.cl).

  • Mientras tanto, en el mundo esto ya tiene nombre, modelo y dirección postal. En Halifax, Canadá, el COVE —Centre for Ocean Ventures & Entrepreneurship— reúne en un mismo espacio físico a startups, grandes empresas e instituciones académicas para desarrollar tecnología marina con salida directa al mercado. En Estados Unidos, Woods Hole Oceanographic Institution acaba de lanzar su Strategic Hub for Innovations and Partnerships para acelerar la comercialización de sus investigaciones. En Rhode Island, el Ocean Tech Hub fue reconocido formalmente por el gobierno de Estados Unidos como hub tecnológico nacional en 2023. En el Báltico, Estonia y Letonia construyen juntas MarTe, un ecosistema transfronterizo de innovación marina financiado por la Unión Europea.

Todos estos modelos comparten una misma lógica: academia, industria y sector público trabajando en sinergia para transformar el conocimiento científico en productos, empresas y empleos. Nuestra diferencia con Halifax o Woods Hole no es de capacidad ni de vocación. Es una cuestión de escala, madurez y tiempo; pero, sobre todo, de confianza y visibilidad.

El problema, entonces, no radica en la vocación ni en las capacidades, sino en la narrativa. La ciencia básica no necesita justificarse en productos para tener valor —ese es precisamente su mérito y debe persistir para que el paso siguiente tenga sentido y una base sólida—. La percepción en los medios y en la sociedad de que la ciencia debe ser aplicada obligatoriamente a partir de ahora, o de que esto se está inventando recién, debe sustituirse por un concepto mucho más natural: el círculo completo de la transferencia efectiva lleva años girando, y nuestro desafío actual es acelerar su ritmo.

La clave está en las nuevas generaciones: científicos con visión de futuro. Eso, aunque usted no lo crea, ya está ocurriendo, pero lleva tiempo.

La propuesta es clara y comienza con los más jóvenes a través de iniciativas como el Brilliant Blue Challenge, diseñada para formar técnicos y científicos con curiosidad tecnológica. Posteriormente, centros como COPAS impulsarán su crecimiento y consolidarán su liderazgo científico-técnico, mientras que instancias como “Confluencia” los proyectarán como líderes emprendedores. Esta receta no es nueva; es simplemente una estrategia bien pensada que puede constituir un mecanismo multidecadal para asegurar el relevo en la economía azul.

Hacer ciencia aplicada en Chile no ocurre de la noche a la mañana; requiere una masa crítica. Pero, aunque usted no lo crea, esto no es una hoja de ruta por construir; es una hoja de ruta en plena ejecución.

Y si hay algo que los casos de Halifax, Woods Hole o Rhode Island nos enseñan, es que cuando la narrativa acompaña a la ciencia, el impacto se multiplica a su debido tiempo. La comunidad científica chilena es fuerte y ya tiene experiencia haciendo lo que ahora se le exige. Solo falta que el relato le haga justicia.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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