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El pesimismo del Banco Central Opinión

El pesimismo del Banco Central

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Iván Rojas Bravo
Por : Iván Rojas Bravo Ingeniero Comercial MBA UC
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El Banco Central enfatiza los riesgos derivados de la crisis en Medio Oriente, pero deja en segundo plano las favorables perspectivas del cobre. Una visión más equilibrada permitiría dimensionar mejor las oportunidades y desafíos de la economía chilena.


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Por su autonomía, independencia y la calidad de sus estudios y análisis técnicos, el Banco Central de Chile es, sin duda, una institución de referencia. En él trabajan 55 doctores (PhD), principalmente en economía, estadística y disciplinas afines. Probablemente ocupa un lugar en el podio de las instituciones con mayor prestigio del país. Pero, como diría mi madre, “al que más se le da, más se le exige”.

En su último Informe de Estabilidad Financiera, correspondiente al primer semestre de 2026, el Banco Central expone su visión sobre los principales riesgos y vulnerabilidades para la estabilidad financiera chilena. En síntesis, sostiene que el mayor riesgo radica en que las condiciones de financiamiento se vuelvan más restrictivas como consecuencia de una intensificación del conflicto en Medio Oriente o de sus efectos sobre la inflación y el crecimiento mundial.

Ese énfasis queda reflejado en el propio lenguaje del informe. En sus 49 páginas, la palabra “conflicto” aparece 21 veces; “Medio Oriente”, 16; y “crisis”, 10. En cambio, “cobre” o “términos de intercambio históricos” no aparecen. El resultado es un diagnóstico predominantemente gris, con escasos contrastes y pocos matices.

La bonanza del cobre debería ocupar un lugar mucho más relevante. ¿Que no corresponde porque se trata de un informe de estabilidad financiera? A otro perro con ese hueso.

¿Y qué ocurre en el Informe de Política Monetaria? En el IPoM de marzo de 2026 (46 páginas), la palabra “guerra” aparece 38 veces; “Medio Oriente”, 16; y “conflicto”, 10. Si bien el cobre se menciona en 22 ocasiones —ya sea en el texto o en gráficos—, menos de la mitad de esas referencias lo hacen en un contexto favorable. Se echa de menos, por ejemplo, un comentario, aunque sea breve, sobre las perspectivas que hoy manejan las principales instituciones internacionales respecto del metal rojo. Todas coinciden en que el mercado mundial del cobre enfrenta una tendencia estructuralmente alcista en el mediano y largo plazo, impulsada por un crecimiento sostenido de la demanda y crecientes restricciones de oferta. Existe un amplio consenso respecto de que los precios se mantendrán significativamente por encima de los promedios históricos de la década anterior.

Así, pese a un contexto geopolítico complejo —es decir, pese a la “crisis” que el Banco Central enfatiza—, las principales instituciones han revisado al alza sus proyecciones. Goldman Sachs, por ejemplo, elevó su estimación a US$6,80 la libra hacia 2035, mientras que JP Morgan proyecta un promedio de US$5,50 para la próxima década.

En el IPoM de marzo, el análisis sobre la oferta y la demanda mundial de cobre queda relegado a un párrafo de un anexo en la página 34. Sin embargo, resulta difícil sostener que antecedentes como los siguientes sean irrelevantes: S&P Global proyecta que la demanda mundial aumentará desde 28 millones de toneladas en 2025 a 42 millones en 2040, mientras la oferta primaria alcanzaría solo 32 millones, configurando un déficit cercano a 10 millones de toneladas. La International Energy Agency (IEA), por su parte, estima que, con la cartera actual de proyectos, podría producirse un déficit de oferta cercano al 30% hacia 2035.

A ello se suma que solo el 5% de los grandes yacimientos descubiertos en los últimos 35 años fueron encontrados durante la última década y que el desarrollo de un nuevo proyecto minero demora, en promedio, 17 años desde su descubrimiento hasta la producción. Todo apunta, por tanto, a un mercado estructuralmente más estrecho y a precios persistentemente elevados.

Todos estos antecedentes, ausentes en los informes del Banco Central, aportarían un mayor equilibrio al escenario predominantemente gris que describen. La prosa del instituto emisor parece dominada por un exceso de cautela. A ello cabría agregar una mirada más optimista sobre los términos de intercambio y el tipo de cambio real de largo plazo. Cuando las perspectivas estructurales son favorables, las dificultades coyunturales adquieren una dimensión distinta.

En economía pareciera existir la convicción de que un error por sobreestimación es más grave que uno por subestimación. Quizás eso explique el exceso de cautela del Banco Central. Pero la subestimación puede ser igual o incluso más peligrosa, especialmente cuando proviene de una institución cuya influencia pesa sobre las decisiones de inversión del sector privado.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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