Opinión
Informalidades femeninas: más allá de las cifras
Mirar las informalidades femeninas exige reconocer esas combinaciones sin romantizarlas ni castigarlas. Formalizar es importante, pero no basta.
Hablar de informalidad femenina en singular simplifica una realidad mucho más heterogénea.
Bajo esa categoría conviven trayectorias laborales distintas: mujeres asalariadas sin contrato, trabajadoras por cuenta propia, emprendedoras de subsistencia, trabajadoras de casa particular y cuidadoras no remuneradas. Todas comparten algún grado de desprotección, pero no enfrentan los mismos riesgos ni requieren las mismas respuestas.
Por eso, más que hablar de “la informalidad”, conviene hablar de las informalidades femeninas.
Las cifras ayudan a dimensionar el problema, pero no explican por sí solas las trayectorias. Un porcentaje no muestra por qué una mujer deja un empleo formal, por qué vende desde su casa, por qué acepta ingresos inestables o por qué permanece años sin cotizaciones. Detrás de muchas de estas decisiones aparece una realidad concreta: el cuidado de hijos, personas mayores o familiares dependientes sigue recayendo, en gran parte, sobre las mujeres.
En ese sentido, la discusión no debiera reducirse a si las mujeres quieren o no quieren formalizarse. Muchas veces la informalidad no es una elección ideal, sino una forma de compatibilizar ingresos, tiempos familiares y ausencia de apoyos.
La flexibilidad puede ser una oportunidad, pero también puede esconder precariedad cuando no hay protección social, redes de cuidado ni corresponsabilidad.
La reciente cuenta pública del Presidente José Antonio Kast volvió a situar en la agenda un punto que resulta central para comprender las informalidades femeninas: la relación entre participación laboral, sala cuna universal y conciliación entre trabajo y cuidados.
Más allá de la coyuntura política, la relevancia de este énfasis radica en que confirma una cuestión de fondo: el empleo femenino no puede analizarse únicamente desde la disponibilidad de puestos de trabajo, sino también desde las condiciones sociales, familiares e institucionales que hacen posible sostener una trayectoria laboral.
En ese sentido, hablar de informalidades femeninas exige mirar no solo el ingreso al mercado del trabajo, sino también las barreras que empujan a muchas mujeres hacia formas laborales más flexibles, discontinuas o desprotegidas.
El desafío, entonces, es ir un paso más allá del anuncio general. Si las políticas de formalización no conversan con las trayectorias reales de las mujeres, seguirán llegando tarde.
La seguridad social fue pensada históricamente para recorridos laborales más estables, continuos y asalariados; muchas mujeres, en cambio, transitan entre empleo formal, trabajo independiente, cuidado no remunerado y microemprendimiento.
Mirar las informalidades femeninas exige reconocer esas combinaciones sin romantizarlas ni castigarlas. Formalizar es importante, pero no basta. También se requiere sala cuna universal, servicios de cuidado, protección social adaptable y reconocimiento del trabajo no remunerado.
Las cifras importan; sin embargo, para diseñar buenas políticas públicas hay que mirar lo que ocurre detrás de ellas: las distintas formas en que las mujeres trabajan, cuidan y sostienen sus hogares.
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