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El invierno antártico se salió del mapa: Chile debe tomar nota Opinión

El invierno antártico se salió del mapa: Chile debe tomar nota

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Juan Carlos Pastene
Por : Juan Carlos Pastene Analista del Instituto Geográfico Militar (IGM) e Investigador de la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos (ANEPE)
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La falta de hielo observada este invierno no permite establecer por sí sola cómo será la Antártica de las próximas décadas. Sí muestra por qué planificar únicamente con las condiciones habituales del pasado puede resultar insuficiente.


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Con el frío avanzando sobre el Chile tricontinental, al sur del paso Drake ocurría algo extraordinario: una superficie del océano semejante al tamaño de Francia continuaba sin cubrirse de hielo, pese a que el invierno antártico ya estaba en marcha.

El fenómeno se concentra en el Mar de Bellingshausen, al oeste de Tierra de O’Higgins. Al 11 de junio, imágenes del National Snow and Ice Data Center (NSIDC), de Estados Unidos, mostraban que faltaban cerca de 650.000 km2 de hielo marino respecto del promedio de 1991-2020.

Se trata de la cubierta estacional que se forma sobre el océano durante el otoño, continúa expandiéndose en invierno, suele alcanzar su máxima extensión hacia septiembre y luego retrocede en verano. Lo inusual este año es que una zona tan extensa no haya seguido ese ritmo.

Copernicus, el programa de observación de la Tierra de la Unión Europea, informó que en mayo de 2026 el hielo marino antártico cubrió, en promedio, 9,7 millones de km2, un 8,7% menos que el promedio de 1991-2020 y la séptima cifra más baja para mayo desde el inicio del registro satelital, en 1979. La mayor anomalía se localizaba precisamente en el Mar de Bellingshausen, que permanecía en gran parte sin hielo.

La Antártica no se comporta de manera uniforme. Mientras algunos sectores presentan menos hielo de lo habitual, otros pueden registrar valores normales o incluso superiores. Esa diversidad impide generalizar, pero no reduce la importancia de lo observado.

Parte del Mar de Bellingshausen se encuentra dentro de los límites longitudinales del Territorio Chileno Antártico y se extiende frente a Tierra de O’Higgins. La anomalía ocurre, por tanto, en una geografía directamente vinculada con la presencia, el conocimiento y la planificación antártica de Chile.

¿Por qué importa que el océano no se congele como suele hacerlo?

Porque el hielo marino no es solo la superficie blanca que vemos en mapas y documentales. Regula el intercambio de calor entre el océano y la atmósfera, refleja parte de la energía solar y sostiene ecosistemas completos. Bajo él crecen algas que alimentan al kril, del cual dependen peces, aves y mamíferos marinos.

En 2022, el British Antarctic Survey (BAS) documentó mediante imágenes Sentinel-2 el fracaso reproductivo total de cuatro de las cinco colonias de pingüino emperador estudiadas en esta región: el hielo se rompió antes de que los polluelos desarrollaran plumaje impermeable.

El impacto del hielo marino no se limita a lo que ocurre en la superficie del océano, pues su importancia también se entiende por lo que protege. Al disminuir, el oleaje puede alcanzar con mayor fuerza las plataformas de hielo unidas al continente, que ayudan a contener glaciares asentados sobre tierra firme. Si esas plataformas se debilitan, el flujo de hielo continental hacia el océano puede acelerarse y contribuir al aumento de su nivel.

Menos hielo podría parecer, a primera vista, una ventaja para navegar. En determinados lugares y momentos puede abrir accesos, pero no convierte, directamente, el entorno antártico en más seguro ni más sencillo de operar. Una mayor superficie de agua libre queda expuesta al viento y permite que se formen olas más grandes; además, pueden cambiar las rutas, las ventanas de acceso y las condiciones previstas para una campaña. En la Antártica, la accesibilidad importa, pero la previsibilidad es decisiva.

Para Chile, esa diferencia tiene consecuencias concretas. Desde Punta Arenas y Puerto Williams se organizan vuelos, navegaciones, campañas científicas y apoyos logísticos.

Mantener y abastecer bases, proteger ecosistemas y operar con seguridad exige experiencia, pero también información territorial actualizada, registros comparables y capacidad para integrar lo que observan satélites, estaciones, buques y equipos en terreno.

La mirada geográfica aporta aquí algo más que la ubicación del fenómeno. Una imagen satelital muestra dónde falta hielo; la cartografía permite dimensionar el cambio y relacionarlo con otros elementos del territorio; los datos ambientales ayudan a comprender sus efectos; y la información operacional permite anticipar consecuencias. Cuando esas piezas permanecen separadas, cada institución observa una parte del problema. Cuando se integran, el país puede decidir mejor.

La falta de hielo observada este invierno no permite establecer por sí sola cómo será la Antártica de las próximas décadas. Sí muestra por qué planificar únicamente con las condiciones habituales del pasado puede resultar insuficiente. Los cambios pueden ser rápidos, desiguales y producir efectos ambientales y operacionales distintos en cada sector.

La superficie de hielo que no se formó este invierno no es solo una cifra llamativa. Es una señal de que el escenario antártico puede cambiar y de que las referencias construidas bajo otras condiciones deben actualizarse de manera permanente.

Para Chile, observar ese cambio, interpretarlo y convertirlo en decisiones oportunas es parte del ejercicio efectivo de su presencia antártica. En el extremo sur, conocer el territorio no es una tarea posterior a la presencia: es una de sus condiciones.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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