Opinión
¿Por qué Santiago debe apostar a lo internacional?
Utilizar nuestro capital político para abrir Santiago al mundo significa traer talento, inversión, conocimiento y oportunidades a nuestras comunas para construir una ciudad más equitativa y próspera.
A comienzos de junio, la Región Metropolitana fue galardonada en México con el LATAM Smart City Award 2026, uno de los reconocimientos más prestigiosos en innovación urbana.
No lo obtuvimos gracias a presupuestos descomunales, sino por la capacidad de articular a municipios, sector privado, sociedad civil y academia en torno a una estrategia común de justicia territorial, como los Bosques de Bolsillo, hoy observados con interés desde distintas ciudades del mundo.
Ahora bien, ¿De qué sirve este reconocimiento? ¿De qué manera una capital que cruza fronteras puede mejorar la vida de las personas?
Cuando hablamos del futuro de Santiago, tendemos a pensar en transporte público, seguridad o áreas verdes, esperando que las soluciones desciendan desde el gobierno central. Pero esa no es la única ni necesariamente la mejor forma de conseguir resultados.
Hoy, la agilidad de las grandes metrópolis contrasta con el ritmo más aletargado de la gestión de los estados. En ese contexto, conectar a Santiago con el mundo es una herramienta para nivelar la cancha y ampliar las oportunidades.
Vamos por partes.
En nuestra región, las oportunidades siguen estando, en buena medida, determinadas por el lugar donde se nace. A ello se suma una metrópolis históricamente fragmentada en 52 comunas y múltiples ministerios que tienen pocos incentivos para coordinarse.
Sin embargo, estamos aprendiendo a trabajar colaborativamente, como lo evidencia el esfuerzo para reconstruir nuestro eje cívico en la Nueva Alameda, con el Gobierno Regional como articulador y mirando hacia afuera para aprovechar nuevas alternativas de desarrollo.
En el exterior podemos encontrar parte de la respuesta. Si queremos romper la inercia de la desigualdad, debemos salir a buscar la innovación que nos falta en bancos de desarrollo, organismos multilaterales, redes internacionales de ciudades e, incluso, en experiencias de políticas públicas que fracasaron en otros lugares para aprender de sus errores antes de repetirlos.
El premio obtenido en México —que también podrá servir de referencia para otras ciudades— responde precisamente a ese desafío. No es exagerado afirmar que el futuro de Santiago depende, en parte, de ello.
El Consejo Nacional de Inteligencia de Estados Unidos proyectó que las ciudades están mostrando una capacidad creciente, incluso superior a la de muchos gobiernos nacionales, para liderar alianzas multilaterales frente a retos como el cambio climático o la migración.
Recuperar la ciudad para las personas, el propósito encomendado por el gobernador Claudio Orrego, exige reconocer que las fronteras nacionales son demasiado estrechas para enfrentar todos nuestros desafíos. Y también exige capitalizar una ventaja: en medio de la crisis de legitimidad que afecta a muchas instituciones nacionales, los gobiernos locales mantienen mayores niveles de confianza ciudadana.
Esa confianza abre la puerta a una cooperación global más activa entre ciudades y gobiernos subnacionales. Y debemos aprovecharla.
En definitiva, la diplomacia urbana es la nueva política social. Así como otras ciudades pueden aprender de nuestros Bosques de Bolsillo y de Nueva Alameda, nosotros también debemos mantener la mirada puesta en lo que ocurre más allá de nuestras fronteras, en políticas públicas innovadoras, en soluciones creativas.
Utilizar nuestro capital político para abrir Santiago al mundo significa traer talento, inversión, conocimiento y oportunidades a nuestras comunas para construir una ciudad más equitativa y próspera.
Porque, en un mundo donde las urbes compiten, cooperan e innovan entre sí, el mayor riesgo para nuestra región es perder la oportunidad de traer el mundo a nuestras comunas, para que la ciudad vuelva a ser, por fin, de quienes la habitan.
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