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Envejecer sin sindicato, sin partido y sin parroquia Opinión Crédito: imagen referencial, magnific.es

Envejecer sin sindicato, sin partido y sin parroquia

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Daniel Reyes Pace
Por : Daniel Reyes Pace Daniel Reyes Pace, Universidad de Chile
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Las instituciones de socialización de la infancia y la juventud funcionan razonablemente bien en un país donde la cobertura escolar es casi total y donde cada vez más jóvenes acceden a la educación superior; las de la adultez, sin embargo, se desmantelaron sin reemplazo a la vista.


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En la consulta, hombres chilenos mayores de cuarenta años cuentan con regularidad que no tienen o no ven a sus amigos, que el trabajo concentra casi todo su contacto con otros y que las salidas se han limitado a algún compromiso excepcional.

Ninguna crisis puntual lo explica. Quienes trabajamos en clínica con población adulta venimos observando ese estrechamiento desde hace años.

Para entenderlo conviene mirar la biografía completa. Durante las primeras décadas de la vida, la familia, el colegio, la universidad, el primer empleo y otras instituciones semejantes proveen encuentros diarios, pares disponibles y rutinas compartidas, de modo que nadie necesita iniciativa relacional para tener con quién estar. Esa abundancia deja instalada la sensación de que los vínculos, una vez formados, se sostienen solos.

Esa sensación se pone a prueba en la adultez. Hacia los treinta, la energía disponible se concentra en el proyecto familiar y en el trabajo, y las amistades pasan a segundo plano bajo la premisa de que seguirán ahí cuando haya tiempo.

Entre los cincuenta y los sesenta, cuando los hijos se van de la casa y muchas parejas se separan, la premisa muestra su fragilidad. Las mujeres suelen sostener por sí mismas el contacto con la familia extendida y con las amigas.

A los hombres ese momento los encuentra con frecuencia sin agenda social propia, porque la pareja organizaba los encuentros, los hijos traían movimiento a la casa y el trabajo era la actividad principal de la semana.

La diferencia tiene un origen temprano. La crianza tradicional ha orientado a las niñas hacia la expresión afectiva y a los niños hacia la contención y la autosuficiencia.

El psicólogo Ronald Levant llamó alexitimia masculina normativa a la consecuencia de ese entrenamiento, una dificultad de origen cultural para identificar y verbalizar estados afectivos, en particular los que exponen vulnerabilidad o necesidad de otros.

Mantener una amistad durante décadas exige decir “te echo de menos” y proponer un encuentro sin pretexto, y a muchos hombres nunca se les pidió desarrollar ese repertorio, porque durante la primera mitad de la vida no les hizo falta.

Durante buena parte del siglo XX, además, el sindicato, el partido y la parroquia organizaban asambleas, campañas y liturgias donde la sociabilidad venía incluida, y cumplían así para los adultos chilenos la función que la escuela cumple en la infancia, la de poner la ocasión de encuentro sin exigir iniciativa individual.

En pocas décadas el panorama cambió: la identificación con algún partido político pasó de un 80% en 1990 a un 22% hacia 2019 (Encuesta CEP); la sindicalización bordeó un 35% a inicios de los setenta y hoy se ubica en torno al 16%; la identificación católica cayó a un 54% en el Censo 2024, desde más de un 75% a inicios de los noventa.

El politólogo Juan Pablo Luna ha descrito una sociedad estallada, con un Estado crecientemente incapaz. El proceso alcanza también, de manera notoria, a la vida de barrio, donde un 76% de los jóvenes no participa en ninguna organización (Encuesta Bicentenario UC, 2025). Este andamiaje, en suma, se desmontó sin que hubiera un reemplazo.

Probablemente hay otras variables ejerciendo presión; pienso en el uso de tecnología y redes sociales, algo aún por estudiar. Solo como ejemplo: el uso de internet entre adultos chilenos es tan intenso como el que suele atribuirse a los jóvenes —un 52% pasa más de cuatro horas diarias conectado, según Subtel— y una cuarta parte de los chilenos declara estar dispuesta a conversar con una inteligencia artificial para paliar la soledad (Cadem). Ambos elementos seguramente inciden en el cuadro, aunque todavía no sabemos de qué modo.

Las instituciones de socialización de la infancia y la juventud funcionan razonablemente bien en un país donde la cobertura escolar es casi total y donde cada vez más jóvenes acceden a la educación superior; las de la adultez, sin embargo, se desmantelaron sin reemplazo a la vista.

Un hombre de sesenta años que quiere compañía tiene que reconocer que la necesita y poner en palabras el deseo de ver y ser visto, sin que nadie lo haya entrenado para eso y en un momento de la vida en que ninguna institución se lo propone.

La psicoterapia para hombres adultos tiene que estar atenta a ello, y permitir a los hombres explorar nuevos modelos de masculinidad, abiertos a otra gestión de los afectos.

Chile, por su parte, si quiere abordar la soledad adulta masculina, debe desarrollar políticas públicas que ofrezcan espacios de encuentro para la segunda mitad de la vida con la misma seriedad con que las provee para la primera.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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