Publicidad
¿De verdad queremos volver al PEM? Cuando la nostalgia se convierte en política pública Opinión Crédito foto: trabajadores PEM y POHJ, del sitio Doble espacio-U Chile

¿De verdad queremos volver al PEM? Cuando la nostalgia se convierte en política pública

Publicidad
Gonzalo Bacigalupe
Por : Gonzalo Bacigalupe Sicólogo y salubrista. Profesor de la Universidad de Massachusetts, Boston e investigador CreaSur, Universidad de Concepción
Ver Más

No quisiera que Chile volviera al PEM porque recuerdo demasiado bien el país en que fue necesario. No añoro esos programas porque no añoro el Chile que los hizo inevitables.


El Mostrador Fuente Preferida

La memoria y la nostalgia no son lo mismo.

La memoria recuerda para no repetir. La nostalgia, en cambio, edita el pasado hasta volverlo soportable. Borra sus costos, atenúa sus heridas y termina convirtiendo las respuestas de emergencia en supuestos modelos de éxito.

Cada cierto tiempo, la política chilena parece confundir una con la otra. Entonces reaparecen propuestas que prometen soluciones conocidas para problemas complejos. Se presentan como muestras de pragmatismo o sentido común, cuando en realidad reflejan una preocupante incapacidad para imaginar un futuro distinto.

Entre ellas vuelve a surgir la idea de revivir el Programa de Empleo Mínimo (PEM) o el Programa Ocupacional para Jefes de Hogar (POJH), como si esas siglas representaran una política ejemplar y no el testimonio de uno de los períodos más duros de nuestra historia reciente.

Yo no conocí el PEM por los libros ni por el debate político. A fines de los años setenta y principios de los años ochenta trabajé como encuestador de la Encuesta Nacional del Empleo, dirigida por la Escuela de Economía de la Universidad de Chile.

Mi trabajo me llevó a recorrer poblaciones de Santiago, pero también pequeños pueblos del norte y del sur. A veces pasaba una semana completa en localidades a las que solo llegaba una micro un par de veces por semana.

No era el Chile que aparecía en los discursos oficiales. Era un país empobrecido, silencioso y profundamente herido. Ese trabajo fue también una escuela. Allí aprendí que el desempleo nunca es solo una cifra. Es la pérdida cotidiana de certezas, proyectos y dignidad.

Ese empobrecimiento no cayó del cielo. Fue el resultado de decisiones económicas y políticas. La rápida liberalización de la economía, la privatización de empresas públicas, la desregulación financiera y el colapso económico de 1982 dejaron a cientos de miles de personas sin trabajo.

Todo ello ocurrió bajo una dictadura que reprimía cualquier posibilidad de deliberar democráticamente sobre el rumbo del país o cuestionar las decisiones que habían conducido a esa crisis.

En ese Chile, el desempleo dejó de ser una cifra para convertirse en una experiencia cotidiana de incertidumbre, miedo y pérdida de dignidad.

Fue allí donde conocí a muchas de las personas que sobrevivían gracias al PEM y al POJH. Nunca vi en esos programas una solución al desempleo. Vi personas aceptando cualquier ocupación porque la alternativa era simplemente no tener cómo alimentar a sus familias. Vi hombres y mujeres cuya identidad ya no estaba ligada a un oficio, sino a la incertidumbre de saber si al día siguiente habría algún ingreso. Vi una enorme dignidad personal conviviendo con una profunda precariedad social.

Por eso me cuesta escuchar hoy esas siglas pronunciadas con cierta nostalgia. El PEM y el POJH no nacieron porque alguien hubiera descubierto una forma innovadora de enfrentar el desempleo. Surgieron porque el país había fracasado en generar empleo y necesitaba administrar las consecuencias sociales de ese fracaso. Eran programas de emergencia para una emergencia nacional.

Su objetivo principal nunca fue crear trabajo digno ni reconstruir la capacidad productiva del país. Fueron mecanismos de contención. Aliviaban parcialmente el sufrimiento de miles de familias, pero no resolvían las causas que habían producido el desempleo masivo. Confundir esa contención con una política de desarrollo es olvidar por qué esos programas existieron.

La experiencia de Chile y de muchos otros países muestra que el desempleo persistente no se supera multiplicando ocupaciones precarias o transitorias. Requiere inversión, fortalecimiento de la economía productiva, apoyo a las pequeñas y medianas empresas, capacitación e innovación.

El desafío no consiste en mantener ocupadas a las personas. Consiste en crear las condiciones para que puedan construir un proyecto de vida mediante un trabajo digno.

Por eso la discusión sobre el PEM es mucho más que una discusión sobre empleo. Es una discusión sobre cómo entendemos el futuro. Cuando una sociedad comienza a reciclar las respuestas de emergencia del pasado como si fueran soluciones permanentes, probablemente no está demostrando pragmatismo. Está revelando un preocupante agotamiento de su imaginación política.

Las buenas políticas públicas necesitan memoria, no nostalgia. La nostalgia recuerda las siglas. La memoria recuerda el sufrimiento que las hizo inevitables. La primera simplifica la historia; la segunda nos obliga a preguntarnos cómo un país llegó a necesitarlas.

No quisiera que Chile volviera al PEM porque recuerdo demasiado bien el país en que fue necesario. Recuerdo los largos viajes por caminos de tierra, las casas donde la incertidumbre era parte de la conversación cotidiana y las personas que hacían enormes esfuerzos por preservar su dignidad en medio de una pobreza que parecía no tener horizonte. No añoro esos programas porque no añoro el Chile que los hizo inevitables.

Las políticas de emergencia nacen para enfrentar una crisis, no para transformarse en un horizonte de país. Cuando una sociedad comienza a convertirlas en proyectos de futuro, no está ejerciendo la memoria. Está cediendo a la nostalgia. Y cuando la nostalgia reemplaza a la imaginación política, un país termina administrando, una y otra vez, las heridas de su pasado, en lugar de construir su futuro.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

Inscríbete en nuestro Newsletter El Mostrador Opinión, No te pierdas las columnas de opinión más destacadas de la semana en tu correo. Todos los domingos a las 10am.

Publicidad