Opinión
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Ritos y leyendas del aniversario y las exequias
El propio Trump, por medio de la operación “furia épica”, contribuyó a endurecer un régimen nacido de la revolución islámica en 1979, que renovó su antiamericanismo desplegando miles de banderas rojas durante el sepelio.
Un cuarto de milenio de una sociedad en la historia es un acontecimiento resonante que todo gobierno intentará realzar para exponer diversos valores antes sus miembros y el exterior.
Puede relevarse la unidad nacional, la resiliencia ante la adversidad o las virtudes excepcionales de un pueblo.
Algo de aquello ensayó el Presidente Trump en la conmemoración de los 250 años vida independiente estadounidense, aunque colocándose en el centro de todo y enfatizando la narrativa adversarial con aquel -a esta altura- mitológico enemigo de la Guerra Fría.
Del Monte Rushmore a Washington la fraseología fue contundente, cuando no ampulosa: “El sueño americano ha vuelto”, “nuestra república estadounidense es el máximo logro de la historia de la humanidad”, “este país es el hogar de la libertad, y esta bandera es el estandarte de la nación más extraordinaria, excepcional e increíble que jamás haya existido sobre la faz de la tierra”. “En ninguna crónica a lo largo de las eras ha habido jamás una nación que haya celebrado un triunfo de manera tan magnífica como esta. A sus 250 años, somos el pueblo más libre de la tierra”. Todo ello, bajo la promesa de que “lo mejor está por venir”.
Pero el Presidente no se quedó ahí. Como en todo historia o cuento hay que tener un antagonista y si no existe hay que crearlo: Al igual que en los tiempos del senador por Wisconsin Joseph Raymond McCarthy, quien durante su decenio en la Cámara Alta del Congreso de Estados Unidos (1947-1957) destacó por iniciar la “caza de brujas” sobre todo lo que oliera a comunismo -acusando a sus perseguidos de ser agentes encubiertos soviéticos-, Trump apuntó a un viejo enemigo.
Aunque el muro de Berlín cayó hace casi 37 años atrás, a los pies del Monte con las efigies esculpidas de cuatro expresidentes, el mandatario aseveró que el comunismo seguía siendo la amenaza mortal para la forma de vida estadounidense. Describió dicha ideología como “el enemigo de la gente libre en todo el mundo”, agregando que “Nunca funciona. Es el enemigo de la Constitución, pero, sobre todo, es el enemigo del 4 de julio de 1776″, rematando: “en vísperas del 250 aniversario de la libertad estadounidense, resolvemos y juramos que los ciudadanos de Estados Unidos expulsarán al comunismo de nuestras orillas… ¡Estados Unidos nunca será un país comunista!”.
De esta manera, cuando las elecciones de medio término están apenas a cuatro meses, el estilo narrativo “Flautista de Hamelin” ofreció una fórmula/respuesta a los miedos y preocupaciones de una parte de los ciudadanos estadounidense, mediante el relato de crisis con héroes y villanos, pero mientras en los años ’50 del siglo XX los sospechosos eran funcionarios gubernamentales, científicos y artistas acusados de colaboracionismo y espionaje soviético, hoy son los candidatos progresistas del partido demócrata y, en general, todo quien se le oponga, cuyo emblema inequívoco es el alcalde de la Gran Manzana, Zohran Mamdani.
En la narración tampoco faltó la situación internacional contingente, al hacer un parangón entre el triunfo sobre España en la Bahía de Manila de 1898 y el fuego sobre los navíos iraníes en las afueras de Ormuz.
Sus fieles oyentes fueron un público proveniente desde sectores paleo y neoconservadores hasta miembros del plurimovimiento MAGA –incluso algunos de ellos, ataviados con los uniformes confederados que enfrentaron a la Unión en la Guerra de Secesión (1861-1865)-, así como fundamentalistas cristianos renacidos y simpatizantes del líder juvenil Charlie Kirk, asesinado hace ya casi un año.
A más de 10 mil kilómetros, casi al mismo tiempo, comenzaba otra ceremonia: el rito mortuorio de un líder religioso y civil que debió esperar 126 días para tener las garantías de seguridad suficientes que permitieran un acto solemne sin interrupciones ni sorpresas. No se olvidaba que en la capital iraní fue asesinado el 31 de julio de 2024 el jefe político de Hamas, Ismail Haniyeh, poco después de haber participado de los actos de investidura del actual Presidente, Mazoud Pezeshkian.
El frágil memorándum de acuerdo con Estados Unidos –ya superado por estos días-, sumado al aniversario de dicho, país aportó una ventana de oportunidad para al menos iniciar un colosal rito fúnebre, haciendo gala de la unidad del país.
El cortejo contempló una trayectoria que inició en Teherán, para continuar a Qom, albergue de los centros de estudios religiosos chiitas. De ahí prosiguió a las urbes iraquíes de Náyaf y Kerbala, este último centro sagrado devocional para dicha variante islámica, que rinde culto al martirio del Iman Hussein Ibn Ali –nieto del profeta Mahoma- a manos de tropas omeyas en el 680.
Aquel fue el original movimiento religioso de protesta socio-política que con el tiempo consolidaría en una escuela jurídica islámica no admitida como ortodoxa por los musulmanes sunníes. Finalmente, este jueves 9 de julio, el sepelio concluirá en el sitio iraní donde nació el Ayatolah Jamenei, Mashhad.
Las primeras ceremonias en Teherán fueron multitudinarias, alejándose de la perspectiva del iraní como un régimen completamente impopular. El propio Trump, por medio de la operación “furia épica”, contribuyó a endurecer un régimen nacido de la revolución islámica en 1979, que renovó su antiamericanismo desplegando miles de banderas rojas durante el sepelio, un símbolo chiita que apela a la sangre injustamente derramada de un líder asesinado.
Así, el histórico lema “Ya Latharat al-Hussein” (Vengadores de Hussein) de época del tercer Imán (siglo VII) se funde con la actual “Ya Latharat al-Jamenei” (Vengadores de Jamenei) para demandar la lucha contra la opresión y tiranía.
Asimismo, el nuevo artilugio de la guerra asimétrica, los drones, fueron también usados en los funerales, formando en el cielo un puño en alto justo sobre la gigantografía del Ayatollah.
La presencia de altos dignatarios civiles, militares, religiosos y extranjeros no soslaya una cuestión: ¿dónde está Mojtaba, el hijo de Jamenei y nuevo líder supremo? La pregunta puede ser pertinente para Occidente y sus periferias, pero hay que preguntarse si es útil para una población que cree fervientemente en la Ocultación, concretamente del duodécimo Imán, que en el 873 desapareció de la vida pública como medida preventiva respecto de un califato “usurpador”.
Según dicha creencia, el Imán sigue vivo y reaparecerá como Mahdi para restaurar la justicia en un mundo extraviado tras la batalla de Kerbala (680).
Y si para la razón moderna aquello no es más que un mito, clasificado según el catálogo de Aarne-Thompson como leyenda religiosa de héroes durmientes, es sentido y vivido como un advenimiento inminente por la Shía, de la misma manera que algunos fundamentalismos cristianos milenaristas subrayan la llegada del fin de los tiempos.
En época de aflicción, en este caso un conflicto bélico con dos potencias nucleares, esta promesa es más fuerte que nunca.
Complementariamente, y como dijo el propio Trump en enero de 2020, después de ejecutar la operación donde murió el general iraní Qasem Soleimani: “Irán nunca ganó una guerra, pero nunca ha perdido ninguna negociación”.
Habría que agregar que mientras lo primero es relativo y básicamente depende de la sobrevivencia del régimen iraní –cosa que ha hecho-, lo segundo se confirma en Ormuz, aunque la reanudación de hostilidades coloca una cuota de suspenso.
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