Opinión
Graham Platner
El Partido Demócrata de EEUU ha perdido el norte
Cuando un partido comienza a privilegiar la intensidad ideológica sobre la prudencia institucional, cuando la necesidad de entusiasmar a una minoría movilizada pesa más que la responsabilidad de presentar candidatos preparados, deja de construir mayorías.
Después de meses de confrontaciones con los tribunales, ataques a universidades, amenazas contra medios de comunicación, una Corte Suprema maleable, una guerra que no sabe cómo terminar y una creciente concentración del poder, que le ha permitido ganar unos US$2 mil millones desde que regresó a la Casa Blanca, Donald Trump nunca ha tenido más poder.
Tanto poder, que la posibilidad de que los demócratas recuperen el Senado constituye el principal mecanismo institucional para intentar controlarlo. Las elecciones de medio término que se realizarán en noviembre podrían ser la última oportunidad de restablecer un equilibrio político en Washington.
Pero el Partido Demócrata ha conseguido convertir una de sus mejores oportunidades electorales en una crisis autoinfligida. Maine es uno de los pocos estados en que una senadora incumbente, la republicana Susan Collins, podría perder, abriendo un espacio para que la cámara alta pase a control de la oposición. Sin embargo, esta semana el candidato elegido por el Partido Demócrata para enfrentarla tuvo que retirarse. La abrupta caída de Graham Platner como candidato al Senado es una advertencia, no solamente de la posibilidad de que el Congreso siga en manos de los republicanos, sino también de un Partido Demócrata en crisis.
Platner era, en teoría, el candidato ideal para el momento actual de rabia y desafección política. Veterano de guerra, productor de ostras, ajeno al aparato partidario y con un discurso marcadamente antiestablishment, Platner simbolizaba el tipo de figura que muchos estrategas demócratas creen necesaria para competir en una época dominada por el populismo.
Desde el comienzo, el entusiasmo del partido lo encegueció frente a las señales de alerta. Mucho antes de la reciente denuncia de abuso sexual (que Platner niega), ya habían salido a la luz algunas publicaciones agresivas en redes sociales, acusaciones de comportamiento misógino, un tatuaje con simbología nazi y diversas controversias personales que hubieran descalificado a cualquier otro posible candidato. Su historia personal nunca calzó cien por ciento: se presentaba como una persona de clase trabajadora, pero estudió en un colegio privado.
Sostenía una fuerte crítica a la participación militar estadounidense en Medio Oriente, pero, después de haber servido con las Fuerzas Armadas en Irak y Afganistán, regresó a Kabul en 2018 como contratista de seguridad. Dice que no suscribe las ideas del nazismo, pero solo borró su tatuaje de un Totenkopf una vez que lanzó su campaña política.
¿Cómo, entonces, un partido que durante años ha convertido la conducta personal, el lenguaje inclusivo y la sensibilidad frente a las minorías en elementos centrales de su identidad política terminó apostando por un candidato con tantos defectos?
La explicación es política. El Partido Demócrata está enfrentando una creciente rebelión desde su ala progresista. Empezó con el éxito de Alexandria Ocasio-Cortez y sigue con Zohran Mamdani, ambos de Nueva York. Estos liderazgos jóvenes, que combinan un discurso económico radical con sintonía generacional y gran habilidad comunicacional, han convencido a muchos dirigentes de que existe una nueva base electoral cuya energía resulta indispensable para ganar elecciones.
Pero esa energía tiene costos. Primero, lo que vende bien en Brooklyn o en amplios sectores del progresismo no necesariamente apela a las preferencias políticas de Iowa o Texas. Esto significa que el éxito electoral local difícilmente se traduciría en una estrategia para ganar elecciones nacionales. Segundo, el partido ha transformado el conflicto israelí-palestino –uno de cientos de temas de política exterior– en un clivaje principal de la política doméstica, un marcador de identidad ideológica. No se trata solo de discrepar sobre determinadas políticas del gobierno israelí, sino de demostrar públicamente una determinada identidad moral.
Esto lleva al tercer punto: el fervor identitario ha contribuido a desplazar otros criterios tradicionales de evaluación política y ha generado profundas divisiones dentro del propio partido. Platner lo comprendió y construyó buena parte de su campaña alrededor de esa nueva sensibilidad política, presentándose como un candidato dispuesto a desafiar tanto al establishment demócrata como al consenso de Washington. Al hacerlo, nadie se preocupó de las cosas más básicas de una campaña electoral: si era una persona adecuada para ser candidato.
Por lo visto, el Partido Demócrata estaba dispuesto a aceptar casi cualquier riesgo mientras el candidato lograra movilizar a un electorado joven, radicalizado y cada vez menos comprometido con la democracia (en un reciente estudio internacional de la Open Society, solo el 57% de los jóvenes (18 a 35 años) consideraba que la democracia era preferible a cualquier otra forma de gobierno, comparado al 71% de los mayores de 56 años).
El resultado es paradójico. En su intento por apelar más a votantes obsesionados con la identidad, el partido ha dejado atrás uno de los principios básicos de su identidad política: tanto en Maine como en Israel, creerle a las mujeres cuando acusan haber sido abusadas debería ser un fundamento del compromiso feminista. Al mismo tiempo, en su deseo por caerles bien a jóvenes anti-institucionales, el partido ha abandonado una de sus principales funciones institucionales: saber elegir, vetar y filtrar candidatas y candidatos para altos cargos. En su aspiración por ganarle a Donald Trump, optó por copiarle al presidente su estrategia de reclutamiento como si fuera un casting, ignorando no solo defectos personales, sino también la aptitud profesional, en pos de la pureza ideológica.
El costo para el país y el mundo puede ser enorme. Maine representaba probablemente la mejor oportunidad demócrata para dar vuelta un escaño republicano en el Senado. Ahora, con la campaña destruida y el partido obligado a buscar un reemplazante (con un plazo de una semana), esa oportunidad parece mucho más incierta. Si los demócratas fracasan en Maine, Donald Trump gozará de un margen considerablemente mayor para confirmar jueces, avanzar en su agenda legislativa y consolidar un Ejecutivo cada vez más poderoso. Paradójicamente, quienes buscaban una candidatura más confrontacional para enfrentar al establishment podrían terminar facilitando precisamente aquello que pretendían evitar.
El caso Platner constituye, entonces, una advertencia. Cuando un partido comienza a privilegiar la intensidad ideológica sobre la prudencia institucional, cuando la necesidad de entusiasmar a una minoría movilizada pesa más que la responsabilidad de presentar candidatos preparados, deja de construir mayorías. Es difícil ganar así, y aún más difícil gobernar.
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