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Hablar de moral: entre pisar huevos y pisarse la cola Opinión

Hablar de moral: entre pisar huevos y pisarse la cola

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Alejandro Reyes Vergara
Por : Alejandro Reyes Vergara Abogado y consultor
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No necesitamos santos para debatir sobre la ética, la política o la religión. Sólo necesitamos personas honestas y bienintencionadas, conscientes de sus propias limitaciones y fragilidades, dispuestas a someter sus convicciones al examen de la razón.


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Hay conversaciones que antes comenzaban con curiosidad y hoy comienzan con cautela o, derechamente, no se hacen. Hablar de moral, política o religión parece un ejercicio de equilibrio: basta una palabra desafortunada para que el diálogo se transforme en juicio y el mayor pecado ya no sea equivocarse sino pensar distinto.

Sin embargo, ninguna sociedad ha progresado evitando las preguntas incómodas ni menos las esenciales.

En 1967 se realizó el primer trasplante de corazón del mundo y, un año después, el primero en Chile. No fue solo una revolución médica. También abrió un profundo debate moral. ¿Cuándo muere realmente una persona? La medicina comenzó a hablar de muerte cerebral en lugar de paro cardiorrespiratorio. En muchas tradiciones religiosas, el corazón se consideraba el asiento del alma. ¿Trasplantarlo significaba también trasplantar aquello que nos hace únicos? ¿Quién podía consentir la donación del corazón de alguien que vive pero está inconsciente? ¿Era un experimento médico que usaba dos cuerpos humanos o realmente buscaba la salud del receptor? La ciencia había abierto una puerta; la ética debía ayudar a responder las preguntas morales.

Desde entonces han surgido nuevos dilemas: divorcio, aborto, eutanasia, derechos humanos, fertilización asistida, edición genética e inteligencia artificial, por ejemplo. Cada generación enfrenta preguntas distintas porque cambia la realidad, la ciencia, la técnica o la cultura. Lo verdaderamente novedoso no es que existan dilemas, sino nuestra creciente dificultad para discutirlos.

Hoy confundimos el desacuerdo con la agresión y la discrepancia con la descalificación. Dejamos de buscar la verdad para intentar derrotar al adversario y “tener la razón”. Las redes sociales han perfeccionado ese deporte: abundan los acusadores y fusileros morales; escasean quienes aún están dispuestos a escuchar antes de condenar.

La moral es acción; consiste en tener costumbres o hábitos que nos permitan vivir bien, y para eso hay que elegir. La ética no nos ofrece respuestas definitivas: es la reflexión permanente sobre cómo deberíamos vivir. Suponen una convicción: los seres humanos nos equivocamos y nunca dejamos de aprender.

Hablar de moral exige prudencia o cautela porque toca las convicciones más íntimas, la conciencia, la historia personal, las costumbres, la identidad de cada cual. Entonces, hay que caminar como “pisando huevos”. Pero una cosa es caminar con cuidado y otra, muy distinta, es renunciar a caminar. Al caminar, inevitablemente romperemos huevos. Pero cuando el temor a incomodar al otro hace que guardemos silencio y omitamos el diálogo, ese vacío es ocupado por la consigna, la intolerancia, la superficialidad y la cancelación.

Existe otro riesgo: la moralina. Esa que, desde un pedestal, reparte certificados de buena conducta y condenas por doquier. Su discurso suele ser más severo y estructurado que reflexivo y profundo. Habla mucho de los defectos ajenos y poco de los propios. La moralina niega la fragilidad humana; en cambio, la moral la acoge. La moralina termina revelando su incoherencia: mientras pretende enseñar a todos cómo vivir, acaba, tarde o temprano, pisándose la cola.

Entonces surge una pregunta inevitable: ¿Quién puede hablar de moral si nadie es perfecto?

Hace dos mil años, Séneca recibía críticas por incoherencias entre su pensar y su actuar, y respondió con honestidad a esa pregunta. Escribió: “Hablo de la virtud, no de mí; y cuando clamo contra los vicios, lo hago en primer lugar contra los míos: cuando pueda, viviré como es debido… pero nada me impedirá que adore la virtud, aunque la siga a rastras desde lejos”. Y añadía que no debemos despreciar las buenas palabras y los corazones llenos de buenos pensamientos. ¿Es extraño que no lleguen a la cima los que escalan pendientes escarpadas? Incluso quien cae merece admiración si se esfuerza por concebir planes mayores y aspirar a cosas elevadas.

Esa respuesta conserva su vigencia. No necesitamos santos para debatir sobre la ética, la política o la religión. Solo necesitamos personas honestas y bienintencionadas, conscientes de sus propias limitaciones y fragilidades, dispuestas a someter sus convicciones al examen de la razón.

Porque el debate moral nunca ha consistido en decidir quién es puro y quién no. Consiste en preguntarnos, una y otra vez, cómo vivir un poco mejor.

El día en que renunciemos a esa conversación por miedo a incomodar y nadie se atreva a formular las preguntas difíciles, habremos construido una sociedad que dejó de pensar.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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