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Las contradicciones emocionales del Mundial de fútbol Opinión

Las contradicciones emocionales del Mundial de fútbol

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Nicolás M. Somma
Por : Nicolás M. Somma Profesor Titular del Instituto de Sociología, Pontificia Universidad Católica de Chile; Investigador Asociado del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES) e Investigador Adjunto del Núcleo Milenio sobre Crisis Políticas en América Latina (Crispol).
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El Mundial también funciona como un engranaje de reproducción y transformación del orden global en los ámbitos económico, geopolítico, cultural y tecnológico.


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El Mundial de fútbol actual encierra una paradoja. Por un lado, buena parte del público y del periodismo lo ha condenado por una larga lista de pecados: entradas prohibitivamente caras, proliferación de apuestas, estafas, redes mafiosas, acuerdos entre la FIFA y Trump, maltrato a la selección iraní, impedimentos de ingreso a Estados Unidos para algunos participantes y enriquecimiento de una pequeña minoría.

Muchos activistas también protestaron en las redes sociales y las calles. Desde la mirada crítica, el Mundial saca a la superficie los rasgos más condenables de la sociedad contemporánea: materialismo, frivolidad, hedonismo y desigualdad – solo una minoría afluente tiene el dinero y tiempo para viajar y asistir a los partidos.

Por otra parte, incluso muchos de quienes condenan el Mundial terminan cautivados apenas comienzan los partidos. El moralista indignado se transforma rápidamente en un aficionado que sigue los encuentros, comenta las actuaciones de las grandes figuras y toma partido por sus equipos favoritos. La crítica no necesariamente desaparece, pero queda momentáneamente suspendida. ¿Qué tiene el Mundial para provocar una transformación tan rápida y profunda en tantas personas?

Más allá del placer que producen los goles y el arte de los grandes jugadores, hay algo más profundo. El Mundial es uno de los pocos espacios de la vida moderna en los que se revive una experiencia humana elemental: la fiesta episódica. Consiste en suspender temporalmente las exigencias de la rutina para compartir con otras personas momentos y actividades orientados al disfrute, la distensión y la celebración. Ahí emana lo que el sociólogo Randall Collins denomina energía emocional: un estado colectivo de entusiasmo, confianza y conexión social producido cuando las personas participan en rituales centrados en un mismo objeto de atención, como un partido o el desarrollo del Mundial.

La fiesta episódica tiene orígenes remotos. En las sociedades cazadoras-recolectoras de hace miles de años, pequeños grupos que permanecían dispersos durante buena parte del año se reunían periódicamente en encuentros estacionales. Cuando abundaban los recursos, varias bandas convivían durante algunos días para comer, cantar, bailar y realizar rituales. Esas reuniones también facilitaban la formación de parejas y la creación o renovación de alianzas entre grupos. Producían comunión y efervescencia colectiva, pero de manera transitoria: concluido el encuentro, las bandas volvían a dispersarse y los vínculos reactivados quedaban latentes hasta el siguiente encuentro.

El Mundial es un equivalente contemporáneo de aquellos encuentros estacionales. Es festivo (incluso si el equipo propio es eliminado), es episódico (cada cuatro años) y conecta temporalmente a personas que en la vida cotidiana permanecen separadas. Esto ocurre porque el Mundial activa tres mecanismos que guardan paralelismos con los encuentros de cazadores-recolectores.

El primer mecanismo es la sincronización de la atención y las emociones. Como un grupo de cazadores-recolectores contemplando una danza, el Mundial coordina millones de miradas en torno a los mismos momentos y acciones de algún estadio de Norteamérica (por ejemplo, se estima que un quinto de la población mundial vio la final de Catar 2022). No solo vemos fútbol: lo vemos sabiendo que otras personas – sentadas a nuestro lado o ubicadas al otro extremo del planeta – están observando lo mismo al mismo tiempo. Esa simultaneidad produce la sensación efímera de habitar un mundo común. Producto de esta atención común, el Mundial es la mayor máquina contemporánea de sincronización emocional. Genera, en millones de personas, emociones similares ante los mismos acontecimientos y quizás incluso las mismas respuestas fisiológicas (aumentos del ritmo cardíaco o del cortisol). 

El segundo mecanismo es la alteración ritual de la vida cotidiana. Así como los cazadores-recolectores interrumpían sus actividades habituales para reunirse, durante el Mundial se flexibilizan los horarios y se tolera la modificación de rutinas rígidas. Ante ciertos partidos, se acortan o se suspenden jornadas laborales, se duerme menos, se consume más comida rápida y aumentan los pedidos a domicilio. También se improvisan reuniones familiares, encuentros en bares o concentraciones frente a televisores en oficinas. La naturaleza episódica del Mundial permite que estas perturbaciones laborales, familiares y alimentarias sean toleradas y absorbidas sin mayores consecuencias. A ello se suman numerosos micro-rituales: conversaciones de pasillo sobre los resultados, apuestas, intercambio de memes, bromas y pronósticos. Incluso las masas anónimas y poco expertas pueden jugar legítimamente a ser técnicos, árbitros y estrategas. Ese escape lúdico es atractivo hasta para los más ácidos detractores de la FIFA, Trump o Infantino.

El tercer mecanismo es la activación de identificaciones globales efímeras. Acá aparece la principal diferencia con los encuentros de los cazadores-recolectores. Mientras estos generaban pertenencia entre grupos relativamente pequeños – algunas decenas o, a lo sumo, unos pocos cientos de personas reunidas en un mismo espacio – las identificaciones que activa el Mundial pueden involucrar a millones dispersos por todo el planeta. Como las selecciones representan países, la identificación más inmediata se da con la selección del país propio. Pero también surgen adhesiones globales más impredecibles. Una latinoamericana puede apoyar a una selección africana porque enfrenta al equipo europeo que eliminó a la suya. Un chileno puede hinchar por Croacia porque de allí vinieron sus abuelos. Un niño congoleño puede apoyar a Argentina porque admira a Messi. Y un espectador sin equipo propio puede inclinarse por la selección más débil o carismática aunque no pueda ubicar al país en el mapa. Estas identificaciones pueden ser débiles o efímeras, pero la experiencia de pertenecer imaginariamente a una comunidad transnacional genera energía emocional y constituye uno de los hilos invisibles que nos atan al Mundial.

Finalmente, la festividad episódica – tanto la de los cazadores-recolectores como la del Mundial – se entrelaza con dimensiones más estructurales del funcionamiento social. Son procesos que la burbuja experiencial de los participantes de la fiesta ignora, pero que la imaginación sociológica (expresión de C. Wright Mills) detecta. Los encuentros en torno a una fogata eran vitales para la reproducción de las pequeñas bandas cazadoras-recolectoras. Aunque no necesariamente lo advertían quienes se entregaban a la danza y la fiesta, allí se formaban parejas entre miembros de distintas bandas, lo que reducía los riesgos de la endogamia. También se forjaban alianzas entre líderes, circulaba información y se coordinaban actividades colectivas, como cazar grandes animales o migrar a territorios más favorables.

El Mundial también funciona como un engranaje de reproducción y transformación del orden global en los ámbitos económico, geopolítico, cultural y tecnológico. Todo ello ocurre, en buena medida, a espaldas de las masas de espectadores absorbidas por la fiesta episódica. Las grandes empresas aprovechan la atención mundial para publicitar sus productos en televisión, redes sociales y estadios. Los hoteles, aerolíneas, empresas de autobuses y restaurantes capitalizan la llegada masiva de visitantes a las ciudades sede. Los gobiernos involucrados en conflictos políticos o militares intentan mejorar su imagen internacional y presentarse ante sus ciudadanos como abiertos y solidarios. Las empresas tecnológicas prueban sistemas de reconocimiento facial y pelotas con sensores, y acumulan información sobre audiencias y consumidores. Los organismos de seguridad ensayan nuevos protocolos de vigilancia y control de multitudes. Los alcaldes aceleran obras de infraestructura y buscan legitimarse ante los residentes locales. Hasta los activistas aprovechan la atención mundial para reactivar sus redes y probar nuevas tácticas de protesta al cuestionar a la FIFA, a los gobiernos y al lucro.

Por eso el Mundial es tan contradictorio. La experiencia real de fiesta episódica neutraliza los ataques morales y refuerza la inmensa maquinaria que lo hace posible. 

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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