Inteligencia estratégica
Crédito imagen: magnific.es
La tecnología como política
La IA ha dejado de ser neutral y se ha convertido en el caballo de Troya de actores y cosmovisiones que quizá ni siquiera entendemos.
El mundo en el que algunos crecimos parecía seguir reglas estables. La caída del muro de Berlín nos llevó a asumir que el modelo triunfante —democracia liberal y capitalismo de libre mercado— perduraría mucho tiempo. ¿Quién nos iba a decir que, tan solo unas pocas décadas después, el principal valedor de ese modelo se convertiría en uno de sus más efectivos detractores?
El 13 de junio de este año asistimos a un claro signo de ese giro epocal. El Departamento de Comercio de EEUU ordenó a Anthropic suspender sus dos modelos más avanzados de IA para cualquier ciudadano extranjero, incluidos sus propios empleados.
La suspensión se basó en el mismo “control de exportaciones” que la Ley McMahon de 1946 usó para evitar el acceso extranjero a la tecnología nuclear estadounidense. En los últimos años, Washington ha extendido ese instrumento a la cadena completa de la IA: desde los chips hasta los modelos. ¿Cómo es posible que, en la era del libre comercio, los países restrinjan sus exportaciones en lugar de promoverlas?
El asunto es que la IA no es cualquier exportación: es la tecnología de punta con mayor potencial militar, productivo, comercial e ideológico a la vez. No resulta difícil imaginar ejércitos que dependan de ella para identificar objetivos; fábricas y hospitales que le confíen sus decisiones operativas; empresas que compitan por la ventaja algorítmica; personas que deleguen sus compras en agentes o gobiernos y multimillonarios que la usen para vigilar y moldear lo que pensamos. No resulta difícil imaginarlo porque está sucediendo ya.
Al restringir el acceso a los modelos de IA más avanzados, EEUU demostró compartir la convicción de Alex Karp, el filósofo-CEO de Palantir. Según él, la era de la globalización ha dejado paso a una nueva era de disuasión, paralela a la que EEUU y la URSS protagonizaron en la Guerra Fría. Pero la disuasión no es hoy atómica, sino algorítmica. En su libro The Technological Republic (2025), Karp defiende que, en esta nueva era, “el software es el nuevo hard power”: quien logre la ventaja decisiva en IA definirá el orden geopolítico.
Muchas empresas buscan hoy un propósito más allá del lucro. Palantir sin duda lo tiene. Fundada en 2003 por Peter Thiel, la empresa nació con una misión hasta entonces inédita para una empresa de software: “defender Occidente”. En el diagnóstico de Thiel y Karp, dos filósofos de formación, Occidente ha abdicado de un proyecto colectivo que es necesario reconstruir desde la supremacía tecnológica, militar y valórica.
Lo paradójico es que, tan pronto como empezó a hacerse pública la misión “occidentalista” de Palantir, varios gobiernos de Occidente cancelaron sus contratos. Europa tomó buena nota de lo que el propio Karp confiesa: Palantir no es un simple proveedor de software, es una agencia de inteligencia. Contratarla implica confiar datos sensibles para la seguridad nacional a un actor que responde a los intereses de Washington.
Algunos países europeos están sustituyendo a Palantir por la francesa ChapsVision. Rusia posee modelos propios, pero las sanciones restringen su acceso a chips avanzados. China cuenta con modelos como DeepSeek-V4 Pro, que ya funciona con chips Huawei y cuesta una fracción de los modelos estadounidenses.
En esta nueva carrera tecnológico-armamentística, la IA ha dejado de ser neutral —si es que alguna vez lo fue— y se ha convertido en el caballo de Troya de actores y cosmovisiones que a menudo ni siquiera entendemos.
La conversación que se abre
A la hora de elegir proveedores de IA, las organizaciones están legítimamente preocupadas por la evolución del precio de los tokens. Sin embargo, además de este criterio, conviene tener presente otro de mayor peso estratégico: la autonomía.
¿Estamos trabajando en desarrollos que podamos usar con independencia de proveedores y legislaciones imprevisibles? ¿Estamos eligiendo los proveedores que mayor autonomía nos garantizan? ¿O al menos los que mejor representan nuestra visión de futuro y nuestros valores?
Seamos o no conscientes, lo que hasta hace poco parecía un simple contrato comercial ha pasado a convertirse en una decisión política.
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