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Polonia y Chile: el Washington Consensus (pragmático) funciona Opinión

Polonia y Chile: el Washington Consensus (pragmático) funciona

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Pablo Paniagua Prieto
Por : Pablo Paniagua Prieto Economista. MSc. en Economía y Finanzas de la Universidad Politécnica de Milán y PhD. en Economía Política (U. de Londres: King’s College). Profesor investigador Faro UDD, director del magíster en Economía, Política y Filosofía (Universidad del Desarrollo).
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El Consenso de Washington pragmático funciona. No como catecismo, sino como arquitectura que debería orientar la creación de instituciones para el desarrollo.


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Durante décadas, el llamado “Consenso de Washington” ha sido tratado en América Latina como una especie de pecado original del neoliberalismo: privatizar, liberalizar, estabilizar y abrir la economía al mundo. Para sus críticos, este programa “neoliberal” habría sido una receta abstracta, tecnocrática y socialmente insensible que generó desastre. Para sus defensores más dogmáticos, bastaba con aplicar el manual a pie juntillas y esperar que los mercados hicieran el resto para generar “milagros económicos”. Ambas lecturas son bastante incompletas y contraproducentes. Las experiencias “neoliberales” o “pro-mercado” de Polonia y Chile a inicios de los años 90’ muestran algo más interesante: el Consenso de Washington funciona cuando deja de ser una consigna ideológica y se convierte en un programa pragmático y serio de liberalización, construcción institucional, credibilidad y liderazgo político.

Polonia y Chile son casos distintos pero que tienen bastantes cosas en común. Polonia tuvo que construir un capitalismo democrático después del colapso del socialismo real y del fracaso del socialismo planificado (Boettke et al. 2023). Chile, en cambio, tuvo que democratizar, corregir y legitimar un capitalismo parcialmente heredado de la dictadura de Pinochet (Edwards 2023). Polonia enfrentaba el colapso de una economía planificada, con precios distorsionados, empresas estatales ineficientes, inflación rampante, escasez y una sociedad que venía de décadas de comunismo. Chile, en 1990, ya tenía una economía de mercado, pero su modelo estaba políticamente contaminado por el autoritarismo, incompleto institucionalmente y socialmente tensionado. Sin embargo, pese a esas diferencias, ambos países convergieron hacia una misma fórmula durante varias décadas: mercados abiertos, instituciones serias, credibilidad macroeconómica y un amplio consenso político reformista. 

El primer elemento común fue la liberalización pro-mercado de forma radical, lo que se conoce como “la doctrina del shock”: asegurar propiedad privada, promover las fuerzas empresariales, liberalizar los controles de precios y reducir drásticamente la inflación. En Polonia, esto significó restaurar los precios, la competencia, la convertibilidad, el comercio exterior, el emprendimiento y las restricciones presupuestarias duras. No podía haber prosperidad mientras la asignación de recursos siguiera dependiendo de burócratas, subsidios, monopolios estatales y precios distorsionados. La economía polaca necesitaba pasar desde una lógica de “escasez administrada” hacia una lógica de coordinación mediante precios y competencia. En ese sentido, el Plan Balcerowicz fue una ruptura decisiva con el socialismo (Balcerowicz 2002). En Chile, la liberalización post-1990 tuvo otra forma: no se trataba de abolir la planificación central, sino de preservar y profundizar una economía abierta bajo nuevas condiciones democráticas (Toni et al. 2026). Los gobiernos de la Concertación no revirtieron la apertura comercial ni destruyeron los incentivos de mercado. Al contrario: profundizaron la integración global, firmaron muchos tratados de libre comercio, reforzaron la estabilidad macroeconómica, consolidaron la independencia del Banco Central y adoptaron políticas fiscales más responsables. La centroizquierda chilena envió una señal poderosa: la democracia no implicaría volver al populismo latinoamericano, al proteccionismo o al intervencionismo irresponsable (Foxley 1993).

El segundo factor en común fue la construcción institucional. Aquí está la diferencia entre un Consenso de Washington “vulgar” y uno “pragmático”. El mercado no funciona en el vacío, sino que requiere de bancos competitivos, tribunales imparciales, reglas fiscales creíbles, impuestos recaudables, derechos de propiedad estables, administración pública seria, supervisión financiera y capacidad estatal. Polonia no se limitó a decir “menos Estado”; tuvo que construir un nuevo tipo de Estado compatible con el capitalismo. Creó y reformó bancos comerciales, reguladores, sistema tributario, mercado de capitales, instituciones locales y marcos legales compatibles con la Unión Europea. Chile, por su parte, construyó instituciones que hicieron más creíble y sofisticado su capitalismo. La independencia del Banco Central, las metas de inflación, la regla fiscal estructural, la política de libre competencia, la flotación cambiaria y la expansión focalizada de políticas sociales hicieron que el modelo dejara de ser simplemente un esquema de mercado heredado de la dictadura y pasara a ser un régimen democrático de desarrollo (Toni et al. 2026). Chile no abandonó el mercado post-1990; lo institucionalizó mejor y lo rodeó de instituciones democráticas, responsables y pro-competencia.

El tercer elemento fue la credibilidad política. Las reformas económicas fracasan cuando los actores no creen que serán sostenidas en el tiempo. Polonia resolvió parte de este problema mediante un ancla externa: Europa. La entrada a la OTAN y luego a la Unión Europea no fue solo geopolítica; fue una arquitectura de compromiso en donde se generó credibilidad a través de unirse a la unión. La promesa del “retorno a Europa” disciplinó a las élites, redujo el margen para errores de política, impulsó reformas legales y dio a inversionistas y ciudadanos un horizonte claro y creíble. Chile no tuvo una Unión Europea que lo disciplinara, por eso fabricó credibilidad internamente, a través de la—hoy vilipendiada—Concertación. La Concertación promovió: el Banco Central autónomo, la regla fiscal, los tratados comerciales y la moderación política para que funcionarán como mecanismos domésticos de compromiso y de credibilidad. Si Polonia importó credibilidad desde Europa, Chile la manufacturó mediante reglas, tecnocracia y coaliciones democráticas disciplinadas.

El cuarto factor fue el liderazgo político y el consenso pro-mercado reformista. Ninguna transición exitosa se sostiene solo con buenos papers de economía o con visitas de Milton Friedman. Se requiere una coalición política capaz de asumir costos, explicar reformas y resistir presiones populistas. En Polonia, la ventana extraordinaria de 1989-1991, el legado de Solidaridad, la sociedad civil y el liderazgo reformista hicieron posible una transformación que en circunstancias normales habría sido bloqueada por intereses creados. En Chile, la Concertación cumplió un papel equivalente: hizo creíble desde la centroizquierda que las reformas pro-mercado podían convivir con democracia, gradualismo, políticas sociales y responsabilidad fiscal, profundizando el sistema pro-mercado pero acompañado de políticas sociales.

De esta manera, Polonia y Chile no prueban que cualquier versión del Consenso de Washington funciona, sino que nos señalan algo más importante: el Consenso de Washington funciona cuando es pragmático, flexible y creíble políticamente (Grier et al. 2021). Funciona cuando combina liberalización con instituciones; apertura con estabilidad; competencia con reglas; disciplina fiscal con legitimidad social; tecnocracia con liderazgo político. Fracasa cuando se aplica como dogma, cuando se confunde mercado con ausencia de Estado, o cuando se implementa sin coalición política ni mecanismos de credibilidad. La similitud de fondo es que Chile y Polonia representan victorias del capitalismo abierto, pero no de un laissez-faire ingenuo. En ambos casos, los mercados funcionaron porque fueron acompañados por credibilidad macroeconómica, reformas institucionales y legitimidad política. La lección para América Latina es incómoda pero clara: el problema no fue que el Consenso de Washington fuera demasiado “noliberal”, sino que muchas veces fue aplicado de manera parcial, incoherente, oportunista o sin instituciones suficientes (Goldfajn et al. 2021). La lección que dejan Chile y Polonia no es simplemente que los mercados funcionan, sino que funcionan mejor cuando están respaldados por instituciones creíbles y legitimados políticamente por la democracia y por grandes consensos políticos e ideológicos que respaldan a dicha economía de libre mercado.

La conclusión es simple: el Consenso de Washington pragmático funciona. No como catecismo, sino como arquitectura que debería orientar la creación de instituciones para el desarrollo. No como mercado contra instituciones, sino como mercados dentro de instituciones. No como tecnocracia contra política, sino como buena economía sostenida por liderazgo democrático. Polonia y Chile muestran que las reformas pro-mercado, cuando se combinan con instituciones serias, credibilidad y consenso político, pueden transformar países para promover el bien común. Finalmente, una de las claves menos comprendidas del éxito de Chile y Polonia es que ambas transiciones fueron estabilizadas por una izquierda moderada y pro-mercado. La Concertación chilena demostró que el retorno a la democracia no implicaría una recaída populista ni una revancha contra el mercado. La izquierda postcomunista polaca, por su parte, aceptó progresivamente la economía de mercado, la democracia liberal y la integración con Occidente. Así, en ambos países, el capitalismo dejó de ser visto como el proyecto exclusivo de la derecha o de una élite tecnocrática, y se convirtió en parte de un consenso democrático transversal. Es de esperar que las nuevas generaciones de izquierda tomen nota de estos casos. 

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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