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El juicio no se delega Opinión magnific.es

El juicio no se delega

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El terreno donde hoy se juegan la información, el análisis y buena parte del trabajo intelectual está mediado por sistemas algorítmicos. Formar pensamiento crítico de espaldas a esos sistemas es preparar a las personas para un mundo que ya no existe.


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En Chile y en buena parte de América Latina se ha instalado una fiebre formativa en inteligencia artificial. Universidades, consultoras y plataformas ofrecen cursos para dominar las herramientas: cómo redactar instrucciones eficaces, qué aplicación conviene para cada tarea, cómo automatizar un informe.

En paralelo corre otra conversación que lamenta, con razón, el deterioro del pensamiento crítico: estudiantes que no distinguen una fuente confiable de una dudosa, deliberación pública capturada por la desinformación.

Lo notable es que ambas conversaciones casi no se tocan. Avanzan por carriles separados, como si aprender a usar la inteligencia artificial y aprender a pensar fueran asuntos distintos. Esa separación es, precisamente, el problema.

El primer carril confunde destreza con criterio. Los cursos de botones y atajos caducan con cada actualización: lo que hoy se enseña como truco, mañana es obsoleto. Pero su límite más serio no es la obsolescencia, sino lo que dejan sin formar. Quien aprende a operar una herramienta sin comprender qué produce, ni por qué falla, queda a su merced.

Conviene decirlo sin tecnicismos. Un modelo generativo no consulta la verdad: calcula, palabra por palabra, la continuación más probable de un texto. El resultado suele ser útil y a veces notable, pero sus errores no se presentan como errores. Una cifra inventada llega redactada con la misma fluidez y el mismo aplomo que un dato correcto. La herramienta no distingue entre lo que sabe y lo que fabula, y por diseño no puede hacerlo. Esa asimetría, tanta seguridad en la superficie, tan poca garantía en el fondo, es exactamente el punto donde la destreza sin criterio se vuelve riesgosa.

El segundo carril tiene el problema inverso. Los cursos de pensamiento crítico en abstracto, los catálogos de falacias, los talleres de lógica desconectados de problemas reales, transfieren mal. Décadas de investigación educativa muestran que pensar críticamente no es una gimnasia general que luego se aplica a cualquier cosa: es siempre pensar sobre algo, con conocimiento del terreno. Y el terreno donde hoy se juegan la información, el análisis y buena parte del trabajo intelectual está mediado por sistemas algorítmicos. Formar pensamiento crítico de espaldas a esos sistemas es preparar a las personas para un mundo que ya no existe.

La separación de ambos carriles tiene, además, un costo silencioso que la investigación reciente empieza a medir. Estudios con trabajadores del conocimiento muestran un patrón incómodo: mientras más confianza deposita una persona en la herramienta, menos esfuerzo de pensamiento propio declara ejercer. El fenómeno no es enteramente nuevo, hace quince años ya se documentó que delegamos memoria en los buscadores, pero la escala cambió. Ya no externalizamos el recuerdo de un dato: externalizamos el análisis, la síntesis, la escritura, incluso el borrador de nuestras decisiones. Y a diferencia del músculo, el juicio no avisa cuando se atrofia.

Saber usar la inteligencia artificial, entonces, es algo más exigente que manejar sus botones. Es comprender conceptos y criterios que sobreviven a cualquier actualización: qué puede y qué no puede hacer un sistema de este tipo, por qué se equivoca del modo en que se equivoca. Es tratar cada salida como un borrador o una hipótesis, nunca como un veredicto, y contrastarla con fuentes independientes. Es decidir cuándo usar la herramienta y, sobre todo, cuándo no usarla, porque hay tareas cuyo valor está justamente en hacerlas uno mismo. Y es observarse: notar cuándo estamos delegando de más, cuándo la comodidad empieza a reemplazar al razonamiento.

Visto así, usar bien la IA no es lo contrario del pensamiento crítico ni su complemento: es una de sus formas contemporáneas. No hay dos alfabetizaciones. Hay una sola.

Para América Latina la distinción importa doblemente. Durante años hablamos de brecha digital como brecha de acceso, la próxima será de criterio. Con herramientas gratuitas al alcance de casi todos, la diferencia no estará entre quienes usan IA y quienes no, sino entre quienes pueden examinar lo que la máquina produce y quienes solo pueden aceptarlo.

Nuestras políticas públicas, Chile cuenta con una política nacional de inteligencia artificial y una nueva ley de protección de datos, hablan de adopción, productividad y resguardos. Falta la conversación sobre la formación del juicio. Porque en sociedades donde los algoritmos median lo que leemos, compramos y discutimos, la capacidad de contradecir a un sistema automatizado deja de ser una destreza laboral y se convierte en una condición de ciudadanía.

La pregunta ya no es si usaremos estas herramientas: ya las usamos. La pregunta es si seguiremos siendo capaces de notar cuándo se equivocan. Esa capacidad no viene instalada de fábrica. Se forma. Y no se forma enseñando botones por un lado y falacias por el otro, sino enseñando a pensar con la máquina delante, sin entregarle jamás el juicio.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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