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Vallejo vuelve a escena con libreto desafiante
Cercanos a Gabriel Boric reconocen que ella se mantuvo fuera de escena para no convertirse en “enemigo visible” funcional al nuevo Gobierno. Rompió ese silencio exactamente 24 horas antes de que Boric volviera a pisar La Moneda.
Cuarenta y ocho horas bastaron para que la izquierda exhibiera su guion. El miércoles, Camila Vallejo reapareció tras meses de silencio deliberado y lanzó su crítica más dura desde que dejó La Moneda: acusó al Gobierno de gobernar con la lógica de “la ultraderecha de Milei y Donald Trump”, cuestionó el fin de las vocerías institucionales y calificó la megarreforma de Kast como “otra forma de castigo” a las familias trabajadoras.
- El jueves, Gabriel Boric se paró junto a su sucesor en el Bicentenario de la Presidencia y esquivó toda contingencia, cerrando con una frase de manual estadista:“hemos sido rivales en ideas (…) pero nos une Chile”. No es contradicción. Es división del trabajo, se comenta en la interna de la oposición.
- La Moneda respondió rápido—el subsecretario Lagos replicó que gobernar también es transparentar cómo se recibió el país— y la derecha remató apuntando a la propia gestión de Vallejo como vocera.
El contexto no es casual: horas antes, el ministro Alvarado había desafiado a la oposición a mostrar “algún valiente que piense en el país”, y Vallejo le devolvió el guante intacto.
El dato que ordena todo: cercanos a Boric reconocen que ella se mantuvo fuera de escena para no convertirse en “enemigo visible” funcional al nuevo Gobierno. Rompió ese silencio exactamente 24 horas antes de que Boric volviera a pisar La Moneda por primera vez desde el cambio de mando, en una jornada donde él ensayó, sin decirlo, el temple de quien especula con un regreso en cuatro años.
El resultado: el PC, vía Vallejo, retiene la bandera combativa, justo cuando el PS se desangraba por la megarreforma; el FA, vía Boric, construye fachada de estadista disponible para todo Chile. Nadie paga el costo de la incoherencia porque no la hay: es libreto, no improvisación.
Falta ver si ese reparto de roles resiste el tranco real: el despacho de la megarreforma en el Senado, con una oposición que ya no vota en bloque. Ahí no alcanza con una vocera de ataque y un expresidente de gala. Ahí se necesitan votos.