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El Metro: miserias y bondades Opinión

El Metro: miserias y bondades

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León Délano G.
Por : León Délano G. Ingeniero comercial de la Pontificia Universidad Católica de Chile y cuenta con un máster en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid.
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Andar en Metro es un acto eminentemente social. En él se aprende más sobre cómo comportarse en la ciudad que en cualquier curso de ética o educación cívica.


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Mi actitud en el Metro suele ser la de pelearme con el primero que se me cruce. No me siento orgulloso de ello, pero el Metro tiene unas estrictas reglas sociales escritas en ninguna parte que todos debemos respetar, y cuando alguien las incumple resulta imposible no tomárselo personal: ¿Si yo dejo bajar antes de subir, no debería usted —señora que se abalanza atropelladamente sobre un asiento— hacer lo mismo?

Claro que esta actitud reprochadora y moralizante transcurre solo en mi cabeza. Y creo no ser el único, ya que las pocas veces que la gente interactúa en el Metro suelen hacerlo con una cordialidad aplastante, generando un esquizofrénico quiebre entre la crispada actitud imperante y lo que sale de nuestras bocas; disculpas, explicaciones y palabras de buena crianza camuflan lo que hubiéramos querido decir. Quizás esto responda, como sentenció Andrés Bello, a que “el chileno aunque inmoral, es dócil”.

Mi actitud atrabiliaria emerge cuando ando apurado y por ende ansioso, que son las más de las veces que me subo al Metro. El hábito es irracional por donde se lo mire; se está tranquilo en la casa, se alarga un poco más el café, terminamos el capítulo de un libro o aprovechamos de ordenar algo antes de salir, pero nada más cerrar la puerta de la calle comienza la tiranía del reloj y cada minuto, cada segundo cuenta para no llegar tarde. Es entonces cuando odiamos a los escolares que caminan de a tres por las combinaciones sin dejarnos adelantarlos, o a las personas que se chantan con toda calma frente al torniquete a buscar su tarjeta bip en el bolso.

Mi ansiedad subterránea tiñe la realidad convirtiéndolo todo en pequeñas perversiones. Como el otro día, en que había una mujer sentada a mi lado que no se podía estar quieta. Cuando se subió un señor mayor se levantó, atravesó el pasillo, le tocó el hombro y le indicó el asiento que le ofrecía. El señor, en un arranque de amor propio negó con la cabeza y le dio la espalda. La mujer miró a su alrededor con actitud provocadora, como diciendo “a ver, quién se atreve a reírse” y se volvió a sentar. Fue un placer sostenerle la mirada. A la estación siguiente se subió una señora no tanto mayor que ella y esta vez no tuvo la delicadeza de los toquecitos en el hombro y derechamente la agarró y la depositó en su asiento. Hecho esto me miró con una sonrisa de triunfo.

Otra actitud que detesto es cuando un músico interrumpe unos preciados minutos de lectura sin pedirle permiso a nadie y luego, al terminar de hacer ruido, con altanería anuncia algo del tipo “gracias a todos los que prestaron atención y que saben valorar la música”, como si todos los que no le dimos plata fuéramos unos filisteos egoístas.

Mi decálogo de odiosidades —solo por mencionar algunas de las miserias de un día cualquiera en el Metro— termina cuando, al subir apurado una de las infinitas escaleras mecánicas de las nuevas líneas me encuentro a gente tapando el paso. Nadie nunca nos explicó que nos debíamos parar a la derecha para dejar la izquierda libre a quienes van con prisa, pero un mínimo de racionalidad y preocupación por lo que nos rodean lo hacen evidente. Es ahí cuando escondo mi irritación tras una fachada de buen ciudadano y, con toda la corrección y superioridad de las que soy capaz suelto un: “disculpe, ¿me podría dejar pasar por favor?” Invariablemente los aludidos reaccionan avergonzados, como niños pillados en falta por sus padres y se apretujan del lado derecho de la escalera. Probablemente en unos segundos más esa docilidad de la que hablaba Bello dará paso al rencor, pero no importa, uno ya estará caminando lejos de ahí, sintiéndose un héroe por haber aportado a la educación pública del Metro.

El Metro como reflejo y canalizador del estado de ánimo: cuando uno anda ansioso lo odia, pero cuando anda de buena y con tiempo es de lo mejor de la ciudad. En sus memorias, Elías Canetti cuenta que iba a los cafés vieneses a observar a la gente y escuchar sus conversaciones, y que así había aprendido a distinguir gestos, acentos y expresiones.

El Metro se presta para algo parecido, allí conviven una mezcla improbable de gente, de todas las clases sociales, edades y culturas.

Hace pocos días, viajando por la línea 3 se subió una venezolana joven, de unos veinte años. Vestía de un sobrio negro y era muy atractiva. El Metro iba casi vacío y cuando partió pidió disculpas por la interrupción y dijo que quería compartir un pasaje de la Biblia. Leyó un versículo del evangelio de San Juan elegido aparentemente al azar y terminó diciendo que si alguien quería le podía compartir el pasaje. Nos deseó buen día y como nadie le dijo nada siguió al siguiente vagón, donde repitió el proceso.

El Metro como terapia colectiva; todo santiaguino tiene cientos de historias como estas en el Metro. De alguna manera, en los días buenos, me reconforta cuando la característica voz femenina anuncia por los altoparlantes: “Entre todos nos cuidamos”.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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