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Altitud y actitud Opinión

Altitud y actitud

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El otro en pantalla no puede devolverme la mirada, y en esa asimetría se disuelve la obligación. Conmoverse del otro requiere algo más que verlo, es estar al alcance de su mirada. 


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Esta mañana, mientras me tomaba un café, vi a un padre abrazar a su hijo muerto. Deslicé el dedo y apareció el video de un gato, después una oferta de vuelos. Nunca una generación había visto tanto sufrimiento ajeno. Y sin embargo, nada indica que seamos más compasivos. 

Mi intuición dice lo contrario. Si la gente viera lo que pasa en Gaza, en Ucrania, en Venezuela, actuaría. Durante décadas creímos que la indiferencia era un problema de información. Bastaba mostrar. Sin embargo, la ecuación falla: lo vemos todo y parecemos no inmutarnos. 

Tzvetan Todorov, comentando en “Frente al límite” los estudios de R. J. Lifton, señala una correlación inquietante entre altitud y actitud: es más fácil soltar una bomba desde un avión y matar a mil personas que apretar el gatillo frente a un niño. La distancia no solo facilita el acto, sino que lo absuelve. Más inquietante aún: juzgamos con más severidad al soldado que mata mirando a los ojos que al piloto que mata a mil sin ver ninguno, cuando la aritmética moral debería funcionar al revés. Así, nuestra indignación no se calibraría por la magnitud del daño sino por la proximidad del verdugo a su víctima. 

El siglo XX administró esa lógica con eficiencia. La cámara de gas no fue solo una tecnología de exterminio, fue una tecnología de distanciamiento. Matar a escala industrial exigía no mirar. 

Uno pensaría que devolver la mirada devolvería la conciencia. Pero el siglo XXI desarmó esa esperanza: el operador de drones. Está a miles de kilómetros de su objetivo y, a la vez, ve su objetivo en HD. Lo ve como ningún bombardero vio jamás a sus víctimas. Y dispara igual. La imagen no restituye lo que la distancia quitó. Porque ver no es estar. 

La pantalla es una ventana con el vidrio siempre cerrado, me muestra todo pero no me expone. El rostro del otro, frente a mí, me interpela, me exige; la imagen, en cambio, se puede pausar, silenciar, deslizar. El otro en pantalla no puede devolverme la mirada, y en esa asimetría se disuelve la obligación. Conmoverse del otro requiere algo más que verlo, es estar al alcance de su mirada. 

El operador de drones no es una anomalía militar, es el retrato exagerado de cualquier persona con un teléfono. Vemos el desastre con una nitidez sin precedentes, protegidos por el vidrio. Somos operadores de dron sin gatillo. Nuestra pasividad no mata, pero se fabrica con el mismo material: la certeza tácita de que lo que ocurre en la pantalla ocurre en otro mundo. Pero no hay otro mundo. Hay uno solo, y lo común no se construye con imágenes sino con presencias que se obligan mutuamente. Un mundo que migra entero hacia la pantalla multiplica lo visible mientras adelgaza lo común. 

Esta mañana vi a un padre abrazar a su hijo muerto. Mañana veré otro. La pantalla seguirá mostrando; el vidrio seguirá protegiendo.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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