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La patria de los elementos
Vivimos entre opiniones. La política produce una controversia tras otra. Las redes sociales convierten cada hora en una nueva indignación. El mundo virtual interpone imágenes entre el ser humano y las cosas. La atención queda absorbida por lo que nosotros mismos fabricamos y pierde de vista aquello de lo cual las obras humanas viven.
Chile comienza en otro lugar.
Todo pueblo recibe primero una tierra; sobre ella se funda una historia. Antes de leyes, gobiernos, partidos e ideologías existe un mundo que ningún ser humano creó. La nación no se da su suelo. Lo encuentra. Vive de él antes de pensarlo. La naturaleza no pertenece al pueblo; el pueblo pertenece a la naturaleza.
Esa dependencia suele permanecer oculta. La costumbre la encubre. La prosperidad la adormece. Pero terremotos, maremotos, erupciones volcánicas, incendios, sequías, temporales y avulsiones rasgan ese velo. No llegan desde fuera. Constituyen el país mismo. Cada generación recibe entonces la misma enseñanza: la voluntad encuentra un límite. El ser humano transforma muchas cosas; nunca controla completamente el suelo del cual toda transformación vive.
Rolando Mellafe advirtió que esa repetición constituye una dimensión permanente de la experiencia chilena. Es también uno de sus vínculos más profundos. Las constituciones distinguen unas épocas de otras; los elementos las atraviesan todas. La ciudad reconstruida, el río desbordado, la costa devastada y el pueblo que vuelve a levantarse permanecen con mayor firmeza que las controversias de cada período. La tierra conserva aquello que las opiniones olvidan.
Gabriela Mistral expresó esa verdad con una sencillez que rara vez alcanza la filosofía: «En el comienzo era la tierra». No describía un paisaje. Nombraba una condición. La nación nunca comienza en sí misma. Comienza en aquello que la sostiene. La libertad no rompe ese vínculo. Vive de él. Sólo quien olvida su origen imagina haberse dado a sí mismo su propia existencia.
Luis Oyarzún reconoció la misma ley. La naturaleza no halaga. Tampoco consuela. Restituye la medida. Obliga a distinguir entre ilusión y existencia, entre lo accesorio y lo fundamental.
El terremoto no admite consignas. El océano no distingue entre mayorías y minorías. El incendio no pregunta por doctrinas. Allí termina la frivolidad. Calla el incesante murmullo de las opiniones. El ser humano deja de contemplarse a sí mismo y vuelve la mirada hacia aquello de lo cual vive. No porque el peligro necesariamente ennoblezca, sino porque destruye la ilusión de bastarse a sí mismo. Entonces la existencia recupera su gravedad.
Nuestra época invierte ese orden. Concede mayor realidad a las representaciones que a las cosas, mayor importancia a las imágenes que a la experiencia. Entretanto, la cordillera permanece, el océano permanece y los ríos recuperan su cauce. La tierra prosigue silenciosamente su obra mientras nosotros consumimos nuestras fuerzas movimientos de ardillas locas.
Toda política que pierde aquel suelo pierde también su medida. Las instituciones dejan de brotar de la vida compartida y comienzan a obedecer abstracciones. La comunidad ya no puede reconocerse en ellas. El mismo extravío debilita el trabajo. Ningún pueblo desarrolla plenamente sus fuerzas cuando olvida su base elemental.
Los elementos no responden a nuestras teorías. Las juzgan. El dogma termina donde la tierra tiembla. La ficción acaba donde el mar avanza. Ninguna ideología contiene el fuego ni desvía el curso de un río. Ante los elementos desaparece la ilusión de soberanía sobre la propia existencia. El ser humano descubre que no se da la vida a sí mismo, que no se da la tierra sobre la cual vive ni el suelo sobre el cual actúa. Toda obra humana vive de una realidad que ella no ha producido.
La geografía, el clima, el mar, la cordillera, el agua y el fuego pertenecen a la historia tanto como las instituciones. De ellos nacieron oficios, costumbres, caracteres y formas de convivencia. La patria no comienza cuando el ser humano ocupa una tierra, sino cuando reconoce que él mismo pertenece a ella.
Partidos, gobiernos, discusiones de gestión y maquinación son de corto aliento. Los elementos pertenecen al tiempo largo, al que se remonta al origen inmemorial. Mientras las opiniones pasan, la tierra continúa formando silente pero persistentemente el carácter de la nación (sobre este asunto, recomiendo leer “La tierra”, del libro “Octubre en Chile”, descargable en este enlace).
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