Opinión
Kast y el fascismo
Cuidar el lenguaje es defender la herramienta con que una democracia distingue el peligro real del fantasma, y protege al ciudadano del abuso de los poderosos.
La crisis de polarización política es un fenómeno global. La izquierda desplazó el eje del debate con su agenda posmaterialista y la derecha respondió, allá afuera y luego aquí, con una versión sin matices, descarnada, que dejó a su paso en la irrelevancia a los proyectos políticos de centro. En Chile, ese movimiento condujo a la desaparición (o casi) de Evópoli, del Partido Radical y de la Democracia Cristiana, Partido Liberal, entre otros habitantes del centro.
Pero la desesperación no es buena consejera. Para quienes tenemos vocación democrático-liberal, la respuesta a la polarización no puede ser más polarización. Y la primera trinchera de esa disputa, aunque parezca menor, es el lenguaje. Tres ejemplos recientes lo ilustran.
En el podcast de Daniel Matamala se entrevistó al director de El Faro, el medio independiente salvadoreño en el exilio que lleva años denunciando sistemáticamente los crímenes del régimen de Bukele. El lenguaje preciso para describir ese régimen es “iliberal”: Bukele rompió con las instituciones liberales de limitación del poder (intervino tribunales, ejército, policías, fiscalía y parlamento, y cambió las reglas constitucionales para reelegirse) y con las instituciones que nos protegen del poder: el habeas corpus, el debido proceso, la libertad de prensa y de asociación. A su exjefe de seguridad lo detuvo, lo encarceló sin juicio y se lo entregó muerto a su madre, con la cabeza cosida (se presume una lobotomía) y un parte médico que consigna “edema pulmonar”. Y aunque Bukele siga eligiéndose mediante procedimientos democráticos, con votaciones altamente participativas y un respaldo popular innegable, su régimen es iliberal: las urnas legitiman el origen del poder, pero no dicen nada sobre sus límites.
Hay algo que en ciencia política es básico, pero que en épocas de polarización ya nadie respeta: José Antonio Kast es un populista de derecha —eso explica su triunfo electoral y probablemente explique, más adelante, su derrota—, pero gobierna en un régimen liberal y democrático. Confundir a esta versión populista, y muchas veces incompetente, de la derecha con un régimen fascista revela una tremenda falta de cultura cívica: acá existen división de poderes, tribunales independientes y libertades de prensa, asociación y culto, entre otras. El fascismo es la categoría que creamos para nombrar a los regímenes genocidas del siglo XX —la Italia de Mussolini, la Alemania de Hitler—, iliberales, antidemocráticos y totalitarios. Usarla como insulto de contingencia es no entender nada. Y las víctimas de aquel horror tampoco merecen que, por banalizar el concepto, tengamos que inventar otro para nombrarlo.
Para esto también con las etiquetas económicas. Se ha instalado que Kast sería un “neoliberal ortodoxo” por proponer reducir el impuesto corporativo. Pero el guarismo que propone es similar al que planteó el propio Mario Marcel, como ministro de Hacienda del gobierno de Boric, en el marco de su pacto fiscal. Si esa rebaja convierte a alguien en neoliberal ortodoxo, entonces habría que colgarle la misma etiqueta al gobierno anterior, lo que muestra el absurdo del ejercicio. Y se propone, además, en un Chile donde la gratuidad cubre al 60% de los estudiantes de la educación superior y donde existe una Pensión Garantizada Universal. Un neoliberalismo ortodoxo no convive con gratuidad ni con pilares solidarios universales; convive con un Estado mínimo que en Chile ya no existe.
¿Por qué importa todo esto? Porque la gente recurre a los Bukele —como bien se lo aclaró a Matamala la politóloga que entrevistó— cuando pierde lo más básico: la libertad de vivir sin que la maten las pandillas. Los salvadoreños compraron seguridad al precio de todas las demás libertades. Y cuando la violencia, la delincuencia, los medios, las redes sociales y las conspiraciones a lo Peter Thiel encierran a los ciudadanos en el miedo, no es extraño que un país que hoy llamó a un Kast termine mañana llamando a un Bukele. El miedo llevó a Hitler y a Mussolini al poder. El miedo empuja a sacrificar libertades: lo muestran las encuestas mes a mes.
Frente a eso, la peor estrategia de quienes creemos en la democracia liberal es regalar las palabras. Si llamamos fascista a un demagogo, ¿cómo llamaremos al fascista cuando llegue? Si llamamos neoliberal ortodoxo a quien propone lo mismo que propuso Marcel, ¿con qué vocabulario discutiremos, en serio, el tamaño y la calidad del Estado que queremos? El demagogo incompetente se combate llamándolo demagogo incompetente, con evidencia y sin estridencia.
Cuidar el lenguaje es defender la herramienta con que una democracia distingue el peligro real del fantasma, y protege al ciudadano del abuso de los poderosos. En una época en que todas las verdades se banalizan y deforman, esa distinción vale más que nunca.
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