Opinión
Las guerras de Arturo Pérez-Reverte
El mundo no conoce la paz, solo pausas. Períodos de tregua en que las grandes potencias -por un motivo u otro- evitan enfrentarse directamente. El mundo conoce conflictos lejanos que apenas observamos y otros que, durante meses, parecen capaces de arrastrar al planeta hacia una catástrofe mayor.
Hubo un tiempo en que la guerra estuvo en Chipre. Después se trasladó al Sahara, al Líbano, a Eritrea y a Nicaragua. Más tarde llegó a las Malvinas/Falkand, al golfo Pérsico y a los Balcanes. Cada una ocupó titulares, abrió informativos y llevó corresponsales hasta el otro extremo del mundo. Sin embargo, después desaparecieron de las portadas. No siempre porque hubiese llegado la paz, sino simplemente porque había comenzado otra guerra.
El renombrado periodista y escritor español Arturo Pérez-Reverte -autor de la celebrada saga del capitán Alatriste, entre otras muchas obras- publicó hace poco Enviado especial. Una biografía de guerra (Alfaguara, 616 páginas), un libro en el que reconstruye buena parte de sus 21 años como reportero y los 18 conflictos armados que cubrió de primera mano. “Caminé por un mundo en guerra intentando comprender. No me lo contaron. Estuve allí, y esto es lo que vi”, escribe el novelista español.
Su primera guerra de verdad fue Chipre, en 1974. Entonces tenía 22 años y vio el cielo de Nicosia llenarse de paracaidistas turcos. En 1975 llegó al Sahara Occidental para una cobertura prevista por quince días y permaneció allí casi nueve meses. Desde 1976 regresó una y otra vez al Líbano. Después vendrían Eritrea, El Salvador, Nicaragua, la guerra entre Irán e Irak, Angola, Mozambique, Chad y las Malvinas/Falkland. Y en los últimos años de su carrera como corresponsal fue testigo de la revolución rumana, la Primera Guerra del Golfo y la desintegración de Yugoslavia.
El mapa de las guerras de Pérez-Reverte pertenece al último tercio del siglo XX, pero resulta inquietantemente familiar para quienes observamos el mundo del siglo XXI.
Afganistán. Irak. Siria. Libia. Yemen. Ucrania. Gaza. Sudán. Irán. Algunos de estos conflictos dominaron durante años la agenda internacional. Otros apenas consiguieron abrirse paso entre las noticias del día. Y varios continúan, aunque las cámaras y los enviados especiales hace tiempo se marcharon a otra parte.
Pérez-Reverte lo comprendió hace décadas. Al recordar sus regresos a Beirut durante los años ochenta, reconoce que terminó convencido de que todas las guerras eran “la misma historia repetida una y otra vez”. Las guerras cambian de nombre, pero lo que también cambia -y mucho más rápido- es nuestra atención.
Tal vez uno de los grandes errores de la Posguerra Fría fue confundir el final de una confrontación con la llegada de una era de paz. La caída del Muro de Berlín en 1989 y la desaparición de la Unión Soviética dos años después alimentaron la convicción de que el planeta había cambiado para siempre. Pero los conflictos siguieron allí: Somalia, Ruanda, Bosnia, Sierra Leona, Congo o Kosovo. Desde Occidente parecían lejanos. Terribles, sin duda, pero periféricos. Eran las guerras de otros.
El siglo XXI terminó destruyendo aquella ilusión. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 llevaron a Estados Unidos y sus aliados a Afganistán. La invasión de Irak en 2003 abrió un conflicto cuyas consecuencias todavía atraviesan Medio Oriente. La Primavera Árabe dio paso a guerras civiles, Estados fragmentados e intervenciones extranjeras. Y la invasión rusa de Ucrania, el 24 de febrero de 2022, trajo de vuelta a Europa las trincheras, la artillería, las ciudades sitiadas, los civiles huyendo y las movilizaciones militares que muchos europeos creían confinadas a los libros de historia.
Los datos confirman que no se trata solo de una percepción. En 2025, el Programa de Datos sobre Conflictos de la Universidad de Uppsala registró 65 conflictos armados en los que había Estados involucrados en uno o ambos bandos. Es la cifra más alta desde el inicio de la serie, en 1946. Trece alcanzaron la categoría de guerra y alrededor de 244.600 personas murieron como consecuencia de la violencia organizada.
El mundo no conoce la paz, solo pausas. Períodos de tregua en que las grandes potencias -por un motivo u otro- evitan enfrentarse directamente. El mundo conoce conflictos lejanos que apenas observamos y otros que, durante meses, parecen capaces de arrastrar al planeta hacia una catástrofe mayor. Pero mientras uno termina, otro comienza. Y cuando una guerra deja de ocupar las portadas, eso no significa necesariamente que haya terminado. A menudo, solo quiere decir que hemos comenzado a mirar otra.
Por eso, las memorias de Arturo Pérez-Reverte llegan en un momento especialmente oportuno. No solo porque permiten conocer al periodista que existió antes del novelista, sino porque sus 18 guerras forman también una especie de mapa de una época que guarda demasiadas semejanzas con la nuestra.
Cada generación parece convencida de vivir un tiempo excepcionalmente violento. Quizás porque las guerras presentes siempre resultan más amenazantes que aquellas que ya ocupan los libros de historia. Pero basta recorrer las páginas de “Enviado especial” para recordar que el mundo por el que caminó Pérez-Reverte tampoco conoció demasiados silencios entre una guerra y la siguiente.
Sus guerras pertenecen al siglo XX. Algunas terminaron, mientras que otras simplemente desaparecieron de las portadas. Después llegaron nuevos conflictos, nuevos corresponsales y nuevos nombres en los mapas. Pérez-Reverte caminó durante 21 años por un mundo en guerra y nosotros aún seguimos viviendo en él.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Inscríbete en el Newsletter +Política de El Mostrador, súmate a nuestra comunidad para informado/a con noticias precisas, seguimiento detallado de políticas públicas y entrevistas con personajes que influyen.